En el Día de los Fieles Difuntos, la tumba del ingeniero y diplomático paraguayo Rafael Ricardo José Gaspar Fuller Caballero (1893–1941), nos invita a recordar a uno de los hijos más ilustres de Pilar, cuya extraordinaria capacidad inventiva trascendió las fronteras del Paraguay, aunque su historia todavía es poco conocida.
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En medio de las visitas al camposanto, nos detuvimos frente a la tumba de este notable compatriota, cuya obra sigue vigente muchas décadas después de su muerte.
Cada vez que una persona acciona un control remoto para abrir el portón de su vivienda sin bajarse del automóvil, utiliza una tecnología que tiene como pionero a este ingenioso paraguayo nacido en tierra pilarense.
Rafael Fuller nació en 1893. Fue hijo del médico irlandés Adam Fuller Lamp, quien llegó a Paraguay a finales del siglo XIX y se radicó en Pilar, y de la paraguaya Marcelina Caballero.
Su padre había llegado a la Villa del Pilar durante una epidemia de tifus, cuando fue requerido para prestar asistencia médica a la población. Allí conoció a Marcelina Caballero, con quien formó una familia.
Desde muy pequeño, Rafael demostró una inteligencia extraordinaria. Realizó sus primeros estudios en Irlanda, donde vivió con sus abuelos paternos, y posteriormente regresó al Paraguay para continuar su formación en el Colegio Nacional de la Capital, donde se destacó por su brillante desempeño académico.
En 1913 obtuvo una beca de estudios y viajó al extranjero para profundizar sus conocimientos científicos y tecnológicos. Pasó por Estados Unidos y posteriormente estudió en las prestigiosas universidades británicas de Oxford y Cambridge, donde se formó como ingeniero electromecánico.
Un inventor adelantado a su tiempo
Según los datos históricos con que cuenta la Municipalidad de Pilar, la pasión de Fuller por la electricidad y las radiocomunicaciones lo llevó a desarrollar experimentos que sorprendieron a los círculos científicos de Europa.
Uno de sus primeros inventos fue un pequeño barco radiotelegráfico denominado “Payaguá”, que podía desplazarse mediante señales enviadas a distancia e incluso disparar un pequeño cañón. La experiencia fue presentada en una exposición de ingenieros experimentales en Dublín, Irlanda, en 1923.
Sin embargo, su creación más trascendente fue el sistema de apertura automática de portones mediante inducción eléctrica.
Fuller desarrolló este mecanismo durante su estadía en Montevideo, Uruguay, utilizando circuitos eléctricos que permitían accionar el portón desde un vehículo, sin necesidad de que el conductor descendiera para abrirlo.
En 1931, su invento fue registrado en Uruguay, Argentina y Paraguay. Su intención era llevar la innovación hasta Estados Unidos y obtener allí una patente que le permitiera comercializar su creación a gran escala.
Sin embargo, sufrió un duro revés: según las investigaciones históricas y los testimonios familiares, la documentación de su invento fue sustraída de la oficina de patentes de Uruguay y otras personas consiguieron registrarlo a su nombre en Estados Unidos.
Aquella situación representó un golpe económico y emocional muy fuerte para el ingeniero pilarense, quien había invertido gran parte de su patrimonio y sus esperanzas en aquel proyecto.
Una vida dedicada al conocimiento
Además de inventor, Rafael Fuller tuvo una destacada trayectoria como diplomático y docente. Representó al Paraguay en el exterior, fue profesor del Colegio Nacional de la Capital y de la Escuela Militar. También fue un apasionado estudioso del idioma guaraní, que hablaba y enseñaba con orgullo.
Falleció en septiembre de 1941, a los 49 años, en su ciudad natal, Pilar, donde pasó sus últimos días acompañado de su madre, Marcelina Caballero.
Su historia fue rescatada y documentada por el historiador y periodista Luis Verón en el libro Rafael Fuller: un genio olvidado, una obra que permite conocer la dimensión de este extraordinario paraguayo.
La Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Pilar (UNP) también rindió homenaje a su memoria al bautizar con su nombre el laboratorio industrial de la institución.
Una tumba, una historia y una deuda con la memoria
Hoy, en el Día de los Fieles Difuntos, visitar la tumba de Rafael Fuller en el cementerio de Pilar es mucho más que recordar a una persona fallecida.
Es reencontrarnos con una parte de nuestra historia, con un hombre que nació en esta tierra, estudió en prestigiosas instituciones del mundo y desarrolló una innovación tecnológica que hoy sigue teniendo enorme utilidad.
Su nombre debería ocupar un lugar destacado en la historia de la ciencia y la inventiva paraguaya. Pilar tiene motivos suficientes para sentirse orgullosa de este hijo ilustre.
Rafael Fuller murió hace 85 años, pero su ingenio sigue presente cada vez que un portón se abre automáticamente al accionar un control remoto.
Su cuerpo descansa en el cementerio de Pilar; su creación, en cambio, continúa abriendo puertas en miles de hogares.