Paraguay: una economía del siglo XIX administrada con herramientas del siglo XXI

Si uno o varios economistas del siglo XIX aparecieran hoy en Paraguay, probablemente tendrían dificultades para comprender ciertos conceptos; sin embargo, reconocerían al instante de dónde proviene la mayor parte de la riqueza del país.

El país consolidó estabilidad macro, modernizó su sistema financiero y sofisticó sus herramientas de política económica. Sin embargo, su estructura productiva continúa fuertemente apoyada en materias primas, energía y ventajas naturales. El desafío consiste en transformar la forma en que el país genera riqueza.

El escritor paraguayo Helio Vera sostenía que los paraguayos poseen una extraordinaria capacidad para sobrevivir, adaptarse y seguir adelante aun cuando las circunstancias inviten al desaliento. Quizás esa misma capacidad, convertida en un exceso de resiliencia, explique una de nuestras mayores contradicciones: haber construido estabilidad macroeconómica sin transformar completamente la estructura productiva del país.

Durante las últimas décadas, Paraguay ha conseguido un bien muy preciado para las economías: la estabilidad macroeconómica. Mantuvo baja inflación, crecimiento económico, estabilidad cambiaria y un sistema financiero cada vez más moderno; hoy se puede transferir dinero en segundos desde un celular, operar con bancos digitales las 24 horas y disponer de instrumentos de política económica que hacen más previsible la economía, todo esto habría sido inimaginable para las generaciones anteriores.

Sin embargo, administrar una economía no es lo mismo que transformar su estructura productiva…

Si uno o varios economistas del siglo XIX aparecieran hoy en Paraguay, probablemente tendrían dificultades para comprender el concepto de producto interno bruto (PIB), la idea de metas de inflación, la estabilidad cambiaria y las transferencias digitales de dinero en tiempo real; sin embargo, reconocerían al instante de dónde proviene la mayor parte de la riqueza del país.

Las estadísticas básicas de exportación les mostrarían el camino, y el diagnóstico sería inmediato: comercio de granos, carne y energía eléctrica. Detrás de los números encontrarían una lógica económica que les resultaría extraordinariamente conocida: un país que aprovecha sus ventajas naturales para producir aquello que el mundo demanda.

David Ricardo, padre de la teoría de la ventaja comparativa, estaría feliz al comprobar que Paraguay se especializa en aquello que produce de manera más eficiente. Adam Smith celebraría que nuestros granos, carnes y derivados participen de una red global de comercio como manifestación del libre comercio y la división del trabajo. Thomas Malthus quedaría sorprendido al ver cómo la productividad agrícola ha logrado superar sus sombrías predicciones sobre el crecimiento poblacional y la escasez de alimentos.

Pero una vez pasada la admiración inicial, esos pensadores notarían algo inquietante: el modelo económico de Paraguay es casi idéntico al modelo de economía que ellos analizaban hace casi 200 años. La diferencia es que hoy la economía paraguaya se administra con herramientas cada vez más sofisticadas.

Y aquí surge una pregunta fundamental para nuestro futuro. ¿Estamos construyendo una economía verdaderamente moderna, basada en el conocimiento, la innovación y el valor agregado, o simplemente estamos administrando una economía cuya esencia sigue siendo la del siglo XIX?

El desafío para Paraguay no es solamente administrar su economía, sino transformarla, porque de lo contrario seguiremos gestionando con herramientas del siglo XXI una economía que genera crecimiento económico, pero limitado desarrollo.

*Economista y especialista en econometría.

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