Me viene a la memoria aquellos informes que anualmente el Gobierno de los Estados Unidos de América divulgaba cada 1 de marzo, a través de su Embajada en Asunción, sobre el tráfico ilegal de drogas en todo el mundo. Ansiosamente esperábamos los documentos en las salas de redacción allá en la década del 90, especialmente lo referido al capítulo Paraguay. La literatura no era extensa, casi sin nombres de responsables, pero sí muy contundente.
Los gobiernos de turno utilizaban como “condecoración” a su gestión algunas frases elogiosas o esperanzadoras y en contrapartida preferían guardar un silencio prudente cuando con meridiana claridad se le incluía al Paraguay en el mapa mundial del narcotráfico.
Ningún presidente de la República tenía las agallas suficientes para desmentirle a Washington, D.C. o enviar a la sede diplomática en Asunción un derecho a réplica.
En el citado informe de EE.UU., cada año Paraguay aparecía en el podio de los países sudamericanos de tránsito de drogas provenientes de Bolivia y Colombia, preferentemente con destino a Argentina, Brasil y los países de Europa. A decir del documento, los cargamentos venían en avionetas que hacían escala técnica en nuestro país. Aunque no citaba el documento, por algún motivo “nadie” veía o los pocos radares no detectaban porque alguien apagaba o no se preocupaba en reparar.
Cuando en los 90 mantuve una conversación con un embajador de EE.UU. acreditado en Asunción sobre el tema en particular (en el plano de la confianza personal) me contestó que a la noche parecía “arbolito de Navidad” el cielo chaqueño y de la zona norte del país en momentos de intenso tráfico. Y al ser preguntado qué riesgo podría significar convertirse en un simple país de tránsito (aclarando que no dimensionábamos aún este flagelo), contestó que generalmente los países que “ceden” generosamente su territorio para el tránsito, no terminan bien.
Ya en ese tiempo había pronosticado tres cosas importantes: 1. la droga que pasa por aquí finalmente queda, con lo cual se incrementará el consumo interno; 2. incentiva el lavado de dinero, factor que prostituye su economía, y 3. potencia la formación de “virreyes”. Esta última parte me llamó poderosamente la atención porque sinceramente no entendí su mensaje... en ese tiempo.
Con el transcurso del tiempo, aprendí a valorar este tipo de conversaciones con diplomáticos y entendí la real dimensión de esos informes casi apocalípticos para la vida democrática del país y que hoy se están cumpliendo. Tenían una visión de futuro enorme, motivo por el cual cada tanto desde
Washington, D.C. se da la orden para sentar posturas sobre la importancia de fortalecer las instituciones como herramienta fundamental para el bienestar de todos los habitantes del país. Parece una frase prefabricada pero en realidad te quieren decir que se debe profundizar en la independencia de los poderes del Estado, terminar con la impunidad, apostar a la seguridad jurídica y ciudadana, combatir el lavado de dinero y el narcotráfico, el contrabando, reforma del Estado, etc. Son recetas muy repetitivas pero difíciles de cumplir ahora porque los “virreyes” gozan de buena salud.