¿Qué es peor: ir a una cárcel o recibir un boleto al infierno?

Hasta los que son encarcelados merecen un poco de dignidad, pues siguen siendo seres humanos, a pesar de sus errores.ABC Color

Las espantosas condiciones en las que se encuentran las prisiones de nuestra nación suponen un absoluto infierno para cualquier ser humano. Las personas que infringen la ley deben ser privadas de su libertad, no de su dignidad y mucho menos de su vida.

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Las prisiones son instituciones autorizadas por el Gobierno donde son encarceladas las personas consideradas o acusadas por la ley como culpables de realizar determinados delitos. El objetivo de estos centros es el de privar de la libertad a cualquier individuo que haya infringido la ley.

Pero privar de su libertad a una persona no significa permitir que sea dañada física y psicológicamente durante su tiempo de encierro. Hasta los que son encarcelados merecen un poco de dignidad, pues siguen siendo seres humanos, a pesar de sus errores. Nuestras prisiones se encuentran en condiciones deplorables.

Como ciudadanos, otorgamos al Estado la potestad de ubicar en prisión a las personas que cometen crímenes y atentan contra el bienestar de la sociedad. Pero nadie tiene el derecho de tratar a los seres humanos como animales, mandándolos al “matadero”, como podemos llamar a las cárceles superpobladas, sin un control estricto que evite la violencia y el sufrimiento en el interior de estos centros.

El pasado 16 de junio, diez reclusos del penal de San Pedro, morían a manos del grupo llamado Primer Comando Capital, un clan que opera dentro y fuera de las cárceles. Los abusos también son una constante en las penitenciarías, además de las peleas con arma blanca que estamos acostumbrados a escuchar en las noticias.

La mayoría de las desgracias que ocurren en las prisiones son a causa de la paupérrima atención de las autoridades al estado en el que se encuentran. Tacumbu recién en el último mayo cerró sus puertas a nuevos reclusos; hace años excedió la cantidad límite de presos, pero ninguna acción fue tomada y la situación siguió empeorando.

Mientras más superpoblada está una penitenciaría, peor se vuelve la calidad de vida de los reclusos; menos espacio, ambiente desprotegido tanto del calor como del frío y la lluvia, comida que no alcanza para todos y otros tratos infrahumanos que sufren los presos.

Hace días, el Congreso autorizó la construcción inmediata de cárceles, para tratar de disminuir la gravedad de la crisis penitenciaria. Esperemos que estos futuros centros cuenten con una infraestructura acorde y nunca sean excedidos en su capacidad; no se pide un “hotel 5 estrellas”, simplemente un lugar digno, donde un humano pueda vivir.

Por Diego Benítez (19 años)

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