El espejo era su templo, su hogar, donde él se sentía seguro y completo. No quería desprenderse de su reflejo y lo admiraba como si no hubiera un mañana; siempre destacaba sus facciones muy marcadas y la piel bien cuidada que tenía, pero sentía aún más satisfacción cuando llegaban los elogios de terceros.
Al recorrer algunos lugares, cualquier superficie pulida que lograba retratar su imagen era objeto de su fascinación, pues los rayos del sol lograban resaltar las líneas de su rostro, iluminando su mirada y jugando con los mechones de su lacia cabellera, lo que enaltecía su ego ya hinchado. ¿Qué hay de la opinión de las personas? Todas coincidían y repetían al unísono los halagos más hermosos para calificar su sofisticada apariencia; era inevitable quedarse absorto ante su presencia.
Su amor propio, un tanto extremista, no estaba ligado solamente a cómo se veía, ya que su capacidad intelectual también cumplía un rol predominante en su vida diaria, afirmando que todo lo sabía y todo lo podía. “No se preocupen, son afortunados al tenerme para solucionar el problema”, es una de las tantas frases que denotaban su ya conocida vanidad; sin embargo, lo que le sobraba en belleza, le faltaba en comprensión e inteligencia y esto lo compensaba con una astuta habilidad que le salvaba frente a sus absurdos.
Por supuesto que ninguno de sus fallos fueron un impedimento para él o lograron hacerle comprender la imposibilidad de desempeñarse con éxito en diferentes ámbitos, pues siempre insistía con su amplísima capacidad y desbordante potencial. Tal era su terquedad que, cuando una persona osaba corregirle, se exaltaba y quedaba ofendido ante lo que él consideraba una pueril impertinencia.
En simples palabras, nadie podía contradecir o borrar de su cabeza que poco y nada le faltaba para convertirse en un ser completamente omnipotente e impoluto, alejado de las simples características mundanas o los “envidiosos” comentarios que deseaban alejarlo de su objetivo. Vivía encerrado en un mundo completamente fantasioso, en donde se creía demasiado perfecto para esta humanidad, pues la gente no era lo suficientemente digna como para apreciar su magnificencia.
Aunque parezca una persona pedante o detestable, resulta muy difícil odiarlo porque, después de todo, representa la pura realidad del desmesurado egocentrismo humano. El pequeño desliz llega cuando uno se permite endulzar demasiado sus propias ideas, creyéndose inmortal con los focos ópticos alrededor de su imagen, pero ¿a quién no le gusta captar la atención de muchos mediante una simple mirada o movimiento? La cuestión es dejarse llevar o no por la vanidad que se presenta muy bella aunque luego te traicione al menor descuido.
Por Macarena Duarte (17 años)