A través de un perfil falso, un pedófilo tuvo la intención de abusar de mí

Este es un relato de ficción: No solo las apariencias físicas tienen la habilidad de mentirnos, pues los perfiles falsos en redes sociales también engañan. Soy Camila y, por culpa de un pederasta que se hizo pasar por otra persona, casi abusaron de mí.

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Esa adolescente que siempre se sentaba atrás, la muda antisocial del salón de clases, aquella chica que tenía miedo de levantar la mano para dar una opinión era yo; siempre quise ser popular, pero pensar y actuar como tal no era lo mío. Me llamo Camila y tengo 18 años, pero en aquel 2013, a los 13 años, un hecho marcó mi vida y me enseñó a no creer en la veracidad de todo lo que se publica en las redes sociales.

Hace cinco años, en el colegio, al finalizar las clases de un viernes, llegué a casa y le pregunté a mamá si podía crear una cuenta de Facebook, pero me dijo que no, fundamentando que las plataformas virtuales son peligrosas; sin embargo, pensé: “¿Por qué sería arriesgado estar sentado en tu pieza, interactuando con tus amigos?

Aquella vez, no le di importancia a lo que dijo mami y, sin permiso, al fin creé un perfil de Facebook. Las solicitudes de amistad llegaron y llegaron sin parar. Al parecer, la foto de mi portada era del agrado de muchos. Cuando vi que un tal “Sebastián” solicitó mi amistad, lo acepté sin dudar, pues era lindo y estudioso, según reflejaban sus publicaciones. Un par de horas después, entablamos una conversación y así pasó a convertirse en mi amor platónico.

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Luego de varios días de chats, una propuesta me inquietaba bastante: Sebastián, mi amigo virtual, dijo que quería conocerme cara a cara, porque, según él, teníamos todo en común. Como yo estaba tomando una cierta afectividad hacia él, la opción de conocernos en persona no estaba descartada y así fue como citamos un lugar de encuentro, el cual era una plaza poco conocida cerca de mi colegio.

Les dije a mis padres que un trabajo práctico requería que fuera a la casa de una compañera para hacerlo, cuando en realidad fui a esa placita. Llegué al lugar con miedo y ansiedad; la clave que acordamos fue que yo llevaría una blusa amarilla, para que pueda identificarme.

De repente, un hombre de edad se acercó a mí y me preguntó si me llamaba Camila y al decirle que sí con miedo, él expresó: “Tranquila, tu amigo te está esperando en el auto para ir a tomar helado". En ese momento había gato encerrado y, aun así, le seguí pero nunca llegamos al auto.

Su mirada degenerada y su expresión facial con mordidas de labios hicieron que me sintiera aterrada. El señor sostenía mi espalda mientras caminábamos hacia un añejo edificio, fue ahí cuando empezó a tocar mis brazos y, al resistirme, él demostraba más brutalidad; parecía que daba inicio a un abuso y horrorizada corrí del lugar a refugiarme en una despensa.

No había nadie en el lugar y, obviamente, me di cuenta de que Sebastián no existía y que solo era el producto de un pederasta sucio y pervertido que quería abusar de mí. En ese entonces, mi madre fue a denunciar el hecho y el pedófilo hoy día cumple su condena, pero la lección de vida y el regaño de mis padres marcaron mi vida.

Por Ezequiel Alegre (18 años)

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