Punch, un mono macaco macho de siete meses, fue abandonado por su madre poco después de nacer. Pasa su tiempo sin despegarse de un peluche de orangután en el Zoológico y Jardín Botánico de la Ciudad de Ichikawa, en la prefectura de Chiba, Japón y es sensación en las redes.
Intentos de ser aceptado
Punch es rechazado por otros macacos y siempre regresa a su peluche de apego, lo que parece una imagen muy tierna.
Pero Punch no se volvió viral solo por ternura. La imagen del pequeño macaco abrazado a un peluche expone algo más profundo: en los primates, el apego no es un lujo emocional sino una necesidad biológica.
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Cuando una cría es rechazada por su madre o por el grupo, su cerebro activa los mismos circuitos del dolor que ante una herida física.
El contacto, el calor y la presencia de otro cuerpo regulan el estrés, moldean el desarrollo cognitivo y determinan la futura capacidad de vincularse. Sin ese sostén, el impacto puede ser duradero.
El caso de Punch recuerda décadas de investigación en etología y neurociencia: el aislamiento temprano altera la conducta, debilita el sistema inmune y eleva los niveles de cortisol.
En ese contexto, un objeto sustituto —aunque sea un simple peluche— puede funcionar como ancla emocional provisional. No reemplaza a la madre ni al grupo, pero amortigua el vacío.
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Más que una escena conmovedora, la historia muestra una verdad incómoda: en los primates, incluidos los humanos, el rechazo social no es trivial. Es una forma de vulnerabilidad profunda que deja huella en el cuerpo y en la mente.
Hoy, Punch ya empieza a ser aceptado por sus pares. Y bajo la etiqueta #AnimoPunch, las redes siguen alentando al pequeño en su proceso de integración al grupo, sin se separarse de su inseparable compañero de peluche.