Son monumentos vivientes

Varias especies arbóreas permanecen en las calles de Asunción como verdaderos monumentos vivientes. Representan una historia de sobrevivencia en la ciudad que se fue abriendo paso a través de la exuberante vegetación de quintas y villas de las afueras. Hoy requieren protección para seguir marcando presencia.

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Un enorme mango en la vereda de la Avda. Santísima Trinidad, frente a la inconclusa mansión de Freddy Stroessner, pide auxilio. Las raíces quedaron fuera de la roja tierra que las cubría, producto del desmonte de suelo y la erosión de cuando se loteó el predio.

La especie formaba parte del mangal de la quinta de don Alfredo Toja, casado con doña Asunción Odriosola Iglesias. La vivienda era conocida como “la casa de la pradera” en Campo Grande. Era una construcción rústica de campo hecha en piedras, madera y probablemente paja, pero fue desmantelada para dar lugar a la hoy ostentosa residencia levantada a inicios de los años 70, recuerda un descendiente familiar.

El yvapovó de la calle Rosa Peña es otro vestigio de la densa arboleda que rodeaba a la quinta del
expresidente Juan Gualberto González (gobernó el país de 1890 a 1894), casado con Rosa Peña.

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Actualmente, allí está asentado el Colegio de San José que abrió sus puertas el 1° de julio de 1904 con los primeros 13 alumnos.

El árbol ha sufrido los avatares del tiempo y ha registrado serios daños en el tronco, pero felizmente fue rellenado con material de construcción. Esto lo mantiene en pie.

Exalumnos del colegio San José recuerdan que jugaban a su sombra y trepaban sus ramas, incluso hacían fuego a los pies del gran árbol, lo que ha ido agrietándolo.

En la Avda. Santísima Trinidad y Río Pilcomayo, en una de las calzadas, permanece otro frondoso yvapovó, como si hubiera sido extraído del bosque. Don Gregorio Ocampos (80) es trinidense de nacimiento y asegura que cuando era niño este árbol ya estaba así, en las mismas condiciones, totalmente crecido.

Primero se mostraba sobre un camino de tierra colorada, luego permaneció en tiempos del adoquinado y finalmente ahora sobrevive al halo asfáltico. “A su sombra se quedaban para guarecerse del sol, de la lluvia e incluso en las frías noches las carretas que venían de las ciudades vecinas e iban hacia el mercado de Asunción cargados de las frutas y verduras más saludables”.

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