Suele suceder que en situaciones de desgaste o de mala imagen, los gobernantes se desesperen por mostrarse en actividad permanente o recibiendo a personajes importantes. Esto, a su vez, provoca que algunos avivados aprovechen para sacar ventajas o al menos ganar sus cinco minutos de fama a costillas de la necesidad y la falta de tino de quienes les dan espacio.
El caso del “gerente de Lamborghini”, un supuesto interesado en invertir en tecnología en Paraguay y que resultó un fiasco, agregó un motivo más para reforzar la idea de que Abdo Benítez no maneja bien su agenda ni su entorno y que puede ser engañado con facilidad.
El mensaje que pretende comunicar el presidente, si creemos que hay intención de vender una imagen a la opinión pública, casi nunca es el adecuado, por los errores que comete el entorno o el mismo gobernante.
Así, por ejemplo, Abdo Benítez apeló al remanido recurso de mostrarse en el Palacio de Gobierno rodeado de niños y niñas de una escuela que lo vivaban y a quienes prometió una excursión a Itaipú. Su gesto se contrapone con el de Ana María Allen, presidenta del Instituto Nacional del Indígena (Indi), que, por resolución, prohibió a los nativos llevar a sus hijos e hijas a las manifestaciones que realicen, violando un derecho humano básico.
El presidente además no puede consigo mismo. Le cuesta ubicarse en su papel, pese a que, de a ratos, parece intentarlo.
No puede evitar, por ejemplo, que se le escape siempre su admiración por la dictadura stronista, una cuestión que, por decoro y sentido común, debería soslayar, pero que ayer nomas se ocupó de reactualizar, al bromear sobre una placa ubicada en una institución con loas a Stroessner. “Esa placa no les va a gustar”, les dijo a los periodistas, riéndose, aparentemente orgulloso de su “gracia”.
Paradójicamente, un nieto del dictador, Alfredo “Goli” Stroessner, recientemente renegó públicamente de él, lo descalificó acusándolo de traidor, lo cual muestra de alguna manera que el mandatario no conforma ni siquiera a quienes en principio lo apoyaban.
Tampoco las relaciones en el Partido Colorado y la propalada “unidad” están rindiendo algún fruto. Más bien, parlamentarios cartistas parecen empeñados en señalar los errores de la administración abdista y ahondar las diferencias internas.
La buena noticia para el mandatario es que hasta ahora se ven pocas posibilidades de que coincidan los intereses de los diversos sectores políticos para acordar su destitución. Dicho de otra manera: a la mayoría no le conviene la caída de Abdo Benítez, por ahora.
La mala noticia es que esos intereses pueden llegar a coincidir en cualquier momento, lo cual hará que mágicamente se reúnan en el Congreso los votos que no hubo hace poco para su destitución por juicio político.
Una tercera posibilidad es que la mayoría crea que le conviene electoralmente que el mandatario continúe y llegue, maltrecho, hasta el final.
El problema es que esto significará ahondar el vacío de poder y hacer que algunas instituciones, como el Parlamento y el Poder Judicial, que de hecho no funcionan adecuadamente, empeoren y retrocedamos en algunas conquistas básicas. Por ejemplo, la de que al menos algunos políticos corruptos vayan a parar donde se merecen y que los poderes político y judicial se sientan presionados por la opinión pública para actuar correctamente en casos que afectan a gente poderosa.
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