Los ojos de Carlos Antonio López: una mirada a su retrato

El recuerdo del mural de un edificio del centro de Asunción da pie a esta reflexión sobre las formas de vigilancia del poder desde la larga tradición autoritaria de Paraguay hasta hoy.

Mural en el exterior del edificio donde estuvieron las oficinas del diario “Patria”.
Mural en el exterior del edificio donde estuvieron las oficinas del diario “Patria”.Archivo, ABC Color

Recuerdo que una vez en Asunción, hace ya muchos años, subiendo por la calle Tacuarí desde la Plaza Uruguaya, pasé frente a las oficinas del diario Patria. No iba a ninguna parte en particular, y así encontré por primera vez el edificio que alojaba al venerable vocero de la dictadura del general Stroessner. Supongo que en ese momento podría haberme puesto a reflexionar sobre la naturaleza de la tiranía en Paraguay y los males que produjo, entre ellos el de transformar a varios escritores inteligentes (y al menos a un maestro de ajedrez que se me ocurre) en muñecos de ventrílocuo. Pero la verdad es que no lo hice; en cambio, mis ojos se sintieron atraídos por el mural en el exterior de ladrillo del edificio. Los lectores reconocerán esta imagen de inmediato. Representa al ciudadano Carlos Antonio López, el «Gran Constructor» y fundador del periodismo en Paraguay, que estableció dos periódicos estatales, El Paraguayo Independiente y El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles.

Aunque técnicamente sea correcto, hay algo surrealista o irónico en esa descripción de don Carlos. En los países occidentales se habla de la prensa como del «cuarto poder», que defiende a la sociedad tanto ejerciendo la libertad de expresión como intentando que el gobierno sea más responsable ante el pueblo. Por supuesto, don Carlos no reflejó el espíritu de la democracia en el momento de su presidencia. El gobierno era suyo en todos los aspectos y no toleraba críticas de ningún tipo. En su Paraguay, solo una opinión contaba. Quizás el diario Patria, en ese sentido, fue digno heredero de una tradición autocrática.

Cuando me paré y miré esta imagen desde la calle con detenimiento, vi un personaje aún más surrealista. La representación le hacía parecerse más bien al retrato semi-cubista de Gertrude Stein pintado por Picasso. O, tal vez, el artista de Patria era una especie de primitivista y solo quería que el presidente pareciera verídico hasta cierto punto. O bien la insinuación de cubismo en el retrato podría sugerir un elemento no reconocido, vagamente subversivo, en esa interpretación de la realidad paraguaya. Quizás el artista nos está pidiendo que dividamos el retrato en sus partes, sus colores y ángulos constituyentes, y que luego los volvamos a ensamblar de una manera que pueda ser profundamente emotiva para los paraguayos.

Si los lectores del Suplemento Cultural esperasen de mí una arrogante muestra de desprecio de un extranjero por un retrato paraguayo mal interpretado, estarían equivocados. Para mí, aprender sobre el país y su gente es un proyecto en curso, y he encontrado detalles nuevos o inusuales para contemplar desde los lugares más extraños, incluso desde la pared exterior de las oficinas de Patria. Saltan hacia mí y me ruegan que vuelva a mirar las cosas que ya creía haber entendido antes.

Consideremos nuevamente el retrato de Stein por Picasso. Hasta principios del siglo XX, la representación de la mujer se basaba en ideales clásicos de belleza que enfatizaban su sumisión y su aceptación del papel asignado a ella en la sociedad. Picasso invierte esos presupuestos. Al construir una cara de piedra con el retrato, anima a Stein a escapar de las limitaciones en las que el arte occidental había atrapado a las mujeres. La Gertrude Stein del lienzo acaba dominando su identidad, dispuesta a ser vista como persona íntegramente completa.

¿Este retrato de Carlos Antonio López me ofrece algo similar? Parece haberse inspirado en la imagen de Carlos Antonio López - Obrero Máximo (1948) de Juan F. Pérez Acosta, que a su vez fue tomada del Álbum Gráfico (1911) de Raúl Monte Domecq. Vemos en estas imágenes un jefe de estado gordo, poco atractivo, que se esfuerza por lucir majestuoso pero no logra verse mejor que un abogado rural, que es lo que fue gran parte de su vida. Sin embargo, en el retrato del edificio Patria creí ver algo diferente: vi un estadista, un héroe de cualidades apolíneas o épicas acercándose a mí desde el interior de ese gordo. Quizás fue en sus ojos. O quizás en los míos. Y mientras caminaba calle arriba y doblaba la esquina, pensé en lo que podría significar.

Ahora que han pasado cuarenta años, vuelvo a pensar en esa imagen. El diario Patria es cosa del pasado. También lo es el general Stroessner. Pero la sensación surrealista que experimenté ante el retrato de López me acompaña hasta hoy. Y esto es lo que he concluido sobre mi pequeña obsesión: que la comprensión adecuada de ciertas obras de arte requiere una pipa de opio, y que el arte paraguayo, incluso cuando se propone ser realista, es dramáticamente surrealista. Tiene más éxito en el nivel del sueño o de la alucinación.

Tales obras aparecen como ejercicios poéticos en los que el artista utiliza su material como excusa para experimentar con el estilo manteniendo el objetivo principal de hacer propaganda. A quienes ven la imagen de Carlos Antonio López bajo esta luz se les pide que regresen a una época de explicaciones simples, a una tierra sin mal, a la afirmación de que las posibilidades materiales de la nación paraguaya no conocían límites. El hecho de que nunca haya existido un tiempo tan ideal no es importante. Tampoco es importante que el periódico que encargó ese trabajo hubiera sido más útil como revestimiento para fondo de jaulas de pájaros que como miembro del cuarto poder. Todo eso se constituye como parte del mundo real de Paraguay. Al mirar el arte, debemos preocuparnos por el mundo surreal, por si el arte nos está mirando.

Recordemos que la propaganda más efectiva en el arte latinoamericano del siglo XX fueron los murales mexicanos encargados por el estado para decorar edificios públicos. Había un propósito didáctico en pintores como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, cuyos frescos airados celebraban las glorias y logros de la revolución de 1910. Muchas de las personas que veían esas imágenes en el Palacio Nacional o el Ministerio de Educación no sabían leer ni escribir, pero entendían el poder del mensaje revolucionario que encarnaban. Y hay en esos murales una gran cantidad de elementos surrealistas, no solo detalles, sino escenas completas dominadas por conquistadores bailando con esqueletos, semidioses como Quetzalcoatl o Huitzilopochtli, y héroes con la cara roja, como el presidente indio Benito Juárez agitando una copia impresa de la constitución frente a los imperialistas franceses.

Ahora bien, no estoy diciendo que el retrato de don Carlos en la pared exterior del diario Patria tenga el mismo número o el mismo tipo de referencias surrealistas que los murales mexicanos. Es probable que el efecto que experimenté tenga una explicación más simple. Pero miren a don Carlos a los ojos y díganme si no ven algo que es a la vez viejo y nuevo, algo que han visto antes en Paraguay y no han entendido. En palabras del novelista Horace McCoy, «No hay experiencia nueva en la vida. Puede que te suceda algo que crees que nunca ha sucedido antes, que crees que es nuevo, pero estás equivocado. Solo tienes que ver, oler, oír o sentir algo y descubrirás que esa experiencia que pensabas que era nueva había sucedido antes».

Miren a don Carlos a los ojos. Él puede mirarles a ustedes, a su vez.

Profesor Emérito, Universidad de Georgia

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