Planet Love

Anticipándose a la próxima muestra de Ricardo Álvarez, que se inaugurará el jueves en la galería de arte Fábrica, Damián Cabrera nos habla de los planetas imaginarios, que despliegan posibilidades ambiguas, donde los destellos del deseo yerran entre los cráteres de sus lados oscuros, y en el terreno sólido para fundar los sueños acecha la amenaza del abismo…

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«El corazón es el órgano del deseo (el corazón puede henchirse, desfallecer, etc., como el sexo), tal como es conservado, encantado, en el campo de lo Imaginario. ¿Qué van a hacer de mi deseo el mundo, el otro? He aquí la inquietud en que se concentran todos los movimientos del corazón, todos los “problemas” del corazón». (Roland Barthes,

Fragmentos de un discurso amoroso)

Más allá de nuestro planeta, nuestra participación humana en otros cuerpos celestes se ha dado a través de mediaciones diversas: las tecnologías que han hecho de los planetas desconocidos un objeto de aprehensión a través de su captura en imagen con el auxilio de telescopios o mediante su demarcación teórica, cuya tradición se pierde en los extramuros de la Historia; tocados en su distancia aun imposible para las capacidades humanas apenas a través de prótesis robóticas, el sueño humano ya ha aterrizado en suelos extraterrestres: zurciendo los puntos luminosos que las mediaciones científicas hacen centellear en la noche de la ignorancia, los seres humanos han poblado de una vida profusa, con su imaginación, los planetas del universo; o los han inventado para alojar ahí los amados monstruos de su ilusión.

El expediente de los planetas imaginarios despliega posibilidades ambiguas. Los destellos del deseo yerran entre los cráteres de sus lados oscuros, y en el terreno sólido para la concreción del sueño se agazapa la amenaza del abismo. El esplendor de las ciudades marcianas de Ray Bradbury vela en su ruina inmediata al contacto con los astronautas el propio miedo humano a los desastres de la colonización (a la que el propio hombre ha sometido a civilizaciones de un ángulo u otro de nuestro pequeño punto azul pálido); el diminuto planeta gobernado por el Principito de Exupèry no solo es el puerto desde el cual parte para explorar mundos otros y conocer otros afectos, sino también el hogar de una responsabilidad apremiante que espera los cuidados de su soberano, quien había ignorado –pero ahora sabía– que era él el súbdito de todo lo alojado en su reino.

En un planeta otro, el ser humano llegaría al ápice de su extranjería. Fuera de nuestro planeta seríamos todos extranjeros: alienígenas. Pero ¿qué hay de los microcosmos que orbitan nuestro cotidiano? La imaginación también es capaz de consignarlos a una extraterritorialidad provisional, para revestirlos con una pintura que los vuelva –de otro modo– sensibles. Si se puede partir al viaje cósmico atravesando las formaciones estelares, se puede imaginar el viaje micro-cósmico a través de tejidos que, aunque comunes a todos, a veces son extraños; y al horadar la piel bajo la cual palpitamos se puede encontrar un planeta cuyo revestimiento simbólico tiene el espesor incauto del amor.

PLANET LOVE

En Planet Love, Ricardo Álvarez retoma un motivo añejo que forma parte de repertorios diversos de emblemas de asociaciones, clanes, Estados e iconografía religiosa a lo largo de fechas y latitudes: desde el corazón sangrante de los aztecas hasta las múltiples interpretaciones del Sagrado Corazón de María; variadas versiones de las heridas de Cristo o estandartes nobles, el corazón como símbolo concentra en su forma piramidal memorias de metáforas que en su analogía nombran angustia, tesoro u honor, y se ha constituido en albergue alegórico para significar los temples extremos.

Oliver Debroise encuentra a su vez una dualidad en la naturaleza material-simbólica del corazón representado en el arte: «órgano interno, se exhibe, sin embargo, al exterior». Así, los corazones de Ricardo Álvarez aparecen fuera del cobijo de los cuerpos, vueltos cuerpos ellos mismos y aventurados a un mundo exterior: a su vez mundo interior del artista en el que el emblema aflora reconfigurado por sus claves personales, cifradas por un humor que la cultura popular bien conoce. Sutilmente antropomórficos, androides caracterizados con las recurrentes metáforas del corazón herido, viajan a través de ciudades u ostentan sus cicatrices como adornos; algo máquinas, echando humo, son las naves de pasajeros incógnitos; aislados en sí mismos, suspendidos en el vacío, son los planetas habitados y visitables por astronautas. Con una autonomía que parece distanciar estos motivos de cualquier operación de disección post mortem, los músculos vitales de Ricardo Álvarez están vivos y dotados de su capacidad impelente con virtud animadora.

Pero el Planeta abriga más de una atmósfera, y las formas que lo habitan son plurales.

Asidos a aviones –o posados sobre éstos, como si se tratara de un aventón– hay ángeles que surcan el espacio en el que una Venus o la aparición de una Virgen María en un gimnasio son centrales en la composición. Viajan sentados en sillas sobre nubes que atraviesan el cielo de la metrópoli, con la impavidez de los usuarios del transporte público; o vuelan sobre los edificios que coexisten con la mesa de un desayuno en proporciones irreales. Asistentes y servidores de los dioses de las tres religiones monoteístas más extendidas del mundo, las labores de los ángeles de Ricardo Álvarez están signadas por una promiscuidad profana: se constituyen en auxiliares en el transporte de un automóvil abarrotado de gente –en alusión al Gran Vehículo budista (Mahayana)– o como ejecutores de un fresco descomunal en el que se representa un ángel. Las apariciones angélicas se integran a la serie de los corazones como símbolos dialogantes en tanto participan –en tradiciones litúrgicas y aun populares– de un mismo campo iconográfico; expuestos a los mismos universos cotidianos, los ángeles son impelidos a la contracara del mundo celestial: híbridos hermosos, conjugan con su parecido humano y su capacidad de volar el resumen de los deseos del hombre; pero los ángeles de Ricardo Álvarez también encantan por su proximidad sensible, ya que no aparecen en su mera función de custodios sino en la de banales habitantes, ciudadanos, viajeros, migrantes.

Planet Love está sustancialmente movido por la pulsión de los viajes y el apremio de las grandes distancias. En la obra de Ricardo Álvarez hay motivos recurrentes que se despliegan en escenas superpuestas cuya incongruencia no supone la sorpresa de sus personajes que se desplazan o permanecen inmóviles en la casa conocida. Los pequeños o descomunales barcos parecen con capacidad insuficiente para el transporte de alegres pasajeros, o se pasean por aguas poco navegables; y cuando sobre un pez gigante devenido navío un hombre con traje y maletín proyecta su sombra, los barquitos suspendidos en el agua gris tienen los colores –inútiles, bellos– de los juguetes. Los automóviles se desplazan sobre mesas, iluminan u orbitan rostros en enjambre. Y también hay gestos de apremio en los personajes que se montan a un ave inmóvil cuya posibilidad de vuelo es también el anticipo de un riesgo. Pero los desproporcionados animales de Ricardo Álvarez no solo aparecen en su potencia de transporte, sino también bajo la inquietante forma del asiento.

Las obsesiones personales del artista y su anecdotario biográfico desembocan, a través de los motivos recurrentes, en un canal de traducibilidad sensitiva. Nacido en Cuba y expelido a itinerancias previas, expone ahora una obra que se dice desde otra insularidad. La obra de Ricardo Álvarez está atravesada por devenires migrantes y extranjerías; y aun la muestra se nombra en lengua ajena.

La generalidad de los personajes en la obra del artista ocupa el espacio bidimensional en una posición que propicia la interacción con el espectador, casi en pose fotográfica, aludiendo a una complicidad entre el dentro y el fuera de la pintura. Y hay tensión entre todo el dentro y fuera de esta serie: entre la isla desde la cual se zarpa y el destino ausente; entre el lugar interno del órgano y su palpitación exótica; entre la representación y el acontecimiento biográfico.

Las proporciones en la composición de Ricardo Álvarez remiten al sistema de intensidades disímiles del sentido y de la memoria en el que las imágenes participan; dispersas en una arquitectura extranjera, las figuras son ajenas en función de un referente rígido: se expanden o profundizan en razón de una sensibilización, ora de un humor, ora del dramatismo que tiñe las escenas.

damiancabrera@usp.br

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