Rafael Barrett, anarquista y revolucionario

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Muy poco se ha escrito, no sabemos por qué, sobre Rafael Barrett, y también su obra no se ha difundido como debiera, a pesar de ser en su momento una de las plumas más lúcidas de América, especialmente del Paraguay y de la Argentina. Sin embargo, de un tiempo a esta parte han empezado a publicarse algunos libros solitarios, de pocas páginas, en donde reseñan su vida y rescatan parte de su prolífica escritura. Una escritura, dicho sea de paso, de una brillantez y un estilo revolucionario que despertaron la curiosidad y admiración de muchos intelectuales, entre ellos el de Borges, nada menos. Hubo otros no menos importantes, pero como dice el refrán popular: para muestra basta un botón. Desde luego, en la época de la actividad literaria de Barrett, Borges estaba en pleno desarrollo de su carrera, y el español era ya un monstruo del periodismo y de la literatura.

¿Quién es Rafael Barrett? ¿Quiénes fueron sus padres? ¿En dónde había nacido? ¿Se conocen a sus mentores literarios? Trataremos de responder, en la medida de nuestras posibilidades, a estas importantes preguntas. Aunque parezca repetitivo, es bueno conocer —para los que no conocen y para los que conocen también—, recordar, releer sus obras, descubrir la huella de su paso por el Río de la Plata, Buenos Aires y el Uruguay, y, en especial, el Paraguay donde caló muy hondo en su espíritu y en su pluma el carácter y el sufrimiento del pueblo paraguayo; de sus mujeres y sus hombres. De estos seres nobles y generosos, pero asimismo —cuando suena la injusticia y el atropello— bravos como leones por defender sus derechos.

Rafael Barrett Ángel y Álvarez de Toledo, hijo de doña María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, parienta directa del Duque de Alba, y de George Barrett Clarke, inglés, caballero de la Corona de Inglaterra, nació en un peñón del mar Cantábrico, en Torrelavega (Comunidad Autónoma de Cantabria) bajo el protectorado de Santander, España. Don George consiguió llevar allí a su esposa, pues así lo aconsejaron los médicos, rodeándole de todas las atenciones que exigía su delicado estado de salud. Nació Rafael y lo bautizaron bajo la bandera inglesa, rigiendo la ley de la herencia para la nacionalidad. Tenía dos patrias. Pero él eligió la española. Mejor dicho, la paraguaya. La doble nacionalidad, la británica y la española, singularidad que le salvará la vida en alguna ocasión. El estudioso Paulo López lo valoriza del modo siguiente: “Él es ante todo un sudamericano. La fuerte impresión que sobre él ejerció el ‘dolor paraguayo’, y la consecuente plena adhesión a la causa de los trabajadores, vendrían a transformar las bases intelectuales de su pensamiento político-social. Llegar a estas zonas lo convirtió completamente, y es por ello que los apartados más importantes de su producción ensayística se desarrollan sobre, y en función a la cuestión social latinoamericana. Es a partir de esta época en la que sus textos adquieren un carácter decididamente anarco-obrerista”.

Rafael Barrett ha vivido en unos pocos años todo un ciclo de experiencia, tan duro como la realidad social paraguaya, la enfermedad, el exilio, la pobreza extrema, más enfermedad, el desprecio de los suyos por tuberculoso y pobre, y al fin, cuando atisba poco más que la pequeña luz de vivir sin otra angustia que la propia, abandonando ya la necesidad, ve cómo le llega la muerte. No hay sorpresas en ese calvario creativo que son los últimos meses de su vida.

La vida de este combativo español dio un vuelco un día de abril del año 1902, cuando tenía veintiséis años. Por primera vez aparece en los periódicos y no precisamente para bien. Un escándalo. Él es protagonista de un escándalo en una sociedad donde llamar la atención es un riesgo que se puede pagar caro.

Al respecto de este episodio, Gregorio Morán, periodista y escritor español, con obra literaria muy sólida en el ensayo, célebre por sus “Sabatinas intempestivas” que semanalmente aparecen en La Vanguardia, da su punto de vista con este párrafo: “Su aparición estelar lo hace, nada menos que en un circo, el madrileño Circo Parish, la vida de Barrett puede ser más o menos historiada, sin mucho detalle, es cierto, pero al menos se la sigue y hasta se entiende, por muchas sombras que aún haya en ella. Sin embargo, lo que un hombre puede ser hasta los veintiséis años, es decir, todo; de eso, no sabemos apenas nada. A los veintisiete años se había matado Larra. El siglo XIX fue pródigo en creadores fulminantes, como estrellas fugaces; nacer, deslumbrar y morir. Y en ocasiones no esperar a deslumbrar para morir, porque el trance llegaba antes que la gloria; cuando sobrevenía la fama el artista llevaba ya tiempo dando ortigas. Ahí está abriendo el siglo literario George Buchner, que después de hacer su Woycek y su Danton, muere con veintitrés años”.

Lo poco que sabemos de Rafael Barrett hasta 1902 nace de la impresión retrospectiva de una tarde de abril, en la que un joven alto, apuesto, barbado, con toda probabilidad impecablemente vestido, llevando en la mano no bastón al uso, sino fusta de caballo, preguntaba al acomodador del Circo Parish cuál era el palco del duque de Arión. Luego se dirigía allí, y en plena función, como si el circo en aquel instante cambiara de escenario y se trasladara al palco del tal duque, le cruzara la cara de varios fustazos y al punto enmudeciera, consciente de que desde aquel momento ya todo sería diferente para él.

Hace unos años la profesora brasileña Alaiz García Diniz encontró un par de artículos firmados por Rafael Barrett, de carácter científico, en la Revista Contemporánea de Madrid. Uno, titulado “El postulado de Euclides” (1897), y otro, al año siguiente, “Sobre el espesor y la rigidez de la corteza terrestre”. Luego la vida. Se sabe que frecuentaba la sociedad galante y la bohemia bien asentada del Madrid finisecular; nada de hambrunas ni miserias. Bien vestido y viajado, conocedor de los casinos de Francia y duelista habitual en pleitos de honor, de los que sabemos que Ramón María del Valle-Inclán y el periodista Manuel Bueno ejercieron en ocasiones de testigos. Ramiro de Maeztu, que se jactó de conocerle bien, lo describe a título póstumo con un tono pretendidamente amable, no exento de esa superioridad que otorga el situado al aspirante: “…hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplia frente, pelo castaño claro, con un mechón caído a un lado. Un poquito más ancho de pecho y habría podido servir de modelo para un Apolo del romanticismo. Debió haberse traído de la provincia algunos miles de duros, porque vivió una temporada la vida del joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer. Se le veía en el Real y en la Filarmónica, pero no en el Fornos ni en el Japonés. Vestía con refinamiento, y las mujeres le admiraban a distancia…”.

Hombre con cierta fortuna que, al decir de Maeztu, dilapidó de buenas maneras. Debía de tener una experiencia, y posiblemente un problema, con el juego. Lo delata uno de sus artículos, publicado en abril de 1905, y titulado exactamente así, “El juego”, donde escribe con implacable sinceridad, difícil sin un preciso conocimiento de causa: “Delante de los cuarenta naipes la razón enmudece. Ni el alcohol ni la lujuria destruyen al hombre… El azar desnudo, reducido a sí mismo, mata el alma”. Parece obvio que el autor ha vivido con intensidad la pasión del juego, ese enmudecimiento de la razón que alcanza hasta precisar que destruye al hombre, que mata el alma, para acabar dejando sentado lo que tiene de diabólica esa hermosa expresión, “el azar desnudo”.

Copiemos de nuevo un párrafo del periodista y escritor español Gregorio Morán donde aclara las partes oscuras de los pasos de Barrett por América: “América le ofrece a todo el que quiera una oportunidad para morirse o para resucitar. La América hispana recoge entonces la inmigración económica europea y muy en concreto la española. Pero además si América es la tierra de oportunidades, la Argentina las ofrece en mayor medida que ningún otro país. Buenos Aires es la capital más europea del continente americano, sin excepción, y compite incluso con Nueva York. Tiene un censo que ronda el millón de habitantes, cuando Madrid y Barcelona apenas sobrepasan el medio millón. La emigración de Europa se deja caer en la Argentina como en ningún otro lugar, a comienzos del siglo XX.

“Pero además a Buenos Aires llega un español que se apellidad Barrett y Álvarez de Toledo. Tiene doble nacionalidad, por tanto es un ciudadano británico y los ingleses cuentan en América del Sur, y en la Argentina especialmente, incluso como paradigma al que acercarse e imitar. Pero también están los Álvarez de Toledo, bien asentados en la economía y en la política del país. En la escasa correspondencia que se ha publicado de Barrett se cita a un Fernando Álvarez de Toledo, residente en la Argentina, con el que tendrá trato frecuente en los años posteriores a su huida americana, y a “otro primo”, de familia de prosapia en la Cataluña española, Mollet, de nombre Eduardo. Los Álvarez de Toledo alcanzarán importantes cargos y regalías en la Argentina social y política del siglo XX recién iniciado. Y por contraste y atracción está el anarquismo más potente quizá del mundo, al que Barrett no debía ser ajeno en el magma ideológico de la España de comienzos de siglo. No importa demasiado si estaba al tanto o no de la eclosión anarquista porteña, lo cierto es que va hacia ella”.

En el prólogo de El dolor paraguayo, editado por la editorial Ayacucho, Augusto Roa Bastos hace esta aclaratoria sobre Rafael Barrett: “Reflexionar y escribir sobre Rafael Barrett, sobre la enorme y profunda experiencia que representó —y representa— el conjunto de su vida y de su obra en el proceso cultural de un pueblo material y espiritualmente devastado como el Paraguay por vicisitudes históricas, es hoy una tarea al par que difícil cada vez más urgente y necesaria. Dar a conocer sus textos, difundirlos, es no solamente una tarea de rescate de una de las obras más lúcidas e incitadoras que se escribieron en el Paraguay —y que quedó prácticamente desconocida por las nuevas generaciones—; es también contribuir a replantear, desde un punto de partida insoslayable, los problemas sociales y culturales de base que afronta esta colectividad y, por extensión, los del sector de la cuenca del Plata, uno de los sectores más conflictivos en la convulsionada realidad de nuestra América.

“Rafael Barrett fue un precursor en todos los sentidos. Su extraña a la vez que transparente vida, malograda prematuramente en la plenitud de sus mejores potencias, luego de la también extraña y fulminante ‘conversión’ del dandy europeo al predicador del pensamiento libertario y de las modernas ideas de liberación, en el seno de una sociedad esclavizada social y políticamente, la tornan paradigmática en un contexto lleno de fracturas, asincronías y fallas de todo orden como consecuencia de la dominación y de la dependencia, causas de nuestro atraso y subdesarrollo. Su camino de Damasco fue éste: su contacto con América y con el Paraguay, en particular.

Rafael Barrett fue un precursor, no sólo en el sentido del que precede y va delante de sus contemporáneos, sino también en el del que profesa y enseña ideas y doctrinas que se adelantan a su tiempo”.

A la llegada de Barrett a Buenos Aires, a finales de 1903, el anarquismo está en plena efervescencia y eso será importante para él y sobre todo para su influencia. Rafael Barrett va a ser más valioso para los anarquistas argentinos —o rioplatenses, para entendernos— que el anarquismo para Barrett. Porque ese anarquismo argentino formado en el aluvión de procedencias; italianos, rusos —¡adónde iban a ir los revolucionarios fracasados de 1905!—, alemanes, polacos, judíos en gran parte; restos de los castigos del hambre, del poder y de los pogromos. Carecían de figuras con notoriedad intelectual o cultural; eran militantes y sindicalistas. La cultura anarquista argentina es humilde y sin comparación con su vasta fuerza militante, en ocasiones asombrosa. No sé si el ejemplo es conmovedor o patético, pero causa perplejidad que Severino di Giovanni, el más famoso de los “anarquistas expoliadores”—atracadores— tuviera como principal incentivo para sus asaltos el de proveerse de fondos para publicar ¡las obras completas de Eliseo Reclus, geógrafo y pensador!

Por esos y otros motivos, lo cierto es que esa confluencia de desheredados de la tierra en la Argentina coincidirá con la llegada de Rafael Barrett a Buenos Aires. No es extraño, pues, que a ello dedique uno de sus primeros artículos en la prensa porteña. Será sobre la ley de Residencia y las trabas que el Estado argentino y sus dirigentes van a imponer para frenar la corriente migratoria. Lleva la fecha del 26 de julio de 1904 y en él está descrita, ya con un acento cada vez más propio, la realidad con la que se ha encontrado: “El obrero latino apenas alimentado en su patria da a su acción social el halo trágico de la furiosa resistencia a la muerte; pero desembarca en la Argentina y come carne”.

En “A manera de prólogo”, de sus obras completas, Montevideo, 1988, Francisca López Maíz de Barrett —casi puramente anecdótico—dice: “…hastiado de la vida de señorito que había llevado hasta entonces, vino con el Dr. Bermejo a Buenos Aires, en 1904, cuando estalló la revolución de los liberales contra los colorados en el Paraguay —que ya mandaban hacía 30 años—. El Dr. Vega Belgrano le ofreció a Rafael la corresponsalía de su diario ‘El Tiempo’ en Asunción, que aceptó ‘por ver si encuentro la bala que me mate’. Vino al Paraguay, y después de recorrer la capital sin ver a las damas de la sociedad que salían a la calle en camisa —como se lo habían dicho en Buenos Aires—, se presentó en el campo revolucionario al jefe —general Benigno Ferreira—, que lo recibió muy bien, haciendo amistad con los intelectuales rebeldes: Gondra, Guggiari y otros. En Villeta se plegó a la lucha armada como jefe de ingenieros. Triunfante el movimiento, Rafael quedó en Asunción, donde pronto se hizo estimar por la sociedad paraguaya, que lo eligió secretario general del Centro Español, el de más significación de los ‘altos círculos’. En ese club lo conocí”.

La explicación que da José Concepción Ortiz a la venida de Barrett al Paraguay no puede ser más expresiva: “…Cuando Barrett llegó a la Asunción, conducido por el azar, guía de los infortunados, la ‘patriada’ del 1904 epilogaba con una parodia política en que si algo se pactó fue, seguramente, no considerar redimido al país hasta reventarlo. El aquel ambiente de vía crucis grotesco, Barrett, yendo a Villeta y volviendo a entrar con los redentores indígenas, se nos figura un Cristo adviniendo entre bandidos. ¡El rapsoda del ‘dolor paraguayo’ en un campamento! Es verdad que hay una parte del mundo donde no se conocen más que dos maneras de vivir: matando o dejándose matar. Pero no hablemos, bajo el pretexto de Barrett, de nosotros.

En los primeros tiempos de su estada en el Paraguay, vive en una casa de huéspedes (después vivió como pudo), observa y calla. Callaba todavía. Aún no había surgido en él aquel combatiente intelectual que había de perdurar en su obra de escritor apostólico. En el año 1905 reanuda aquí su labor en la prensa, iniciada en Buenos Aires, y colabora en ‘Los Sucesos’ y ‘La Tarde’, publicando sus primeros artículos en este primero de los periódicos citados el 21 de octubre y el 18 de noviembre de aquel año. Nacía el glosador inconfundible, próximo a definirse. En efecto: esos primeros trabajos anunciaban ya al Barrett definitivo, el que nos quiso, nos honró y castigó con su gran amor y su gran talento; el mismo, en fin, a quien buscamos ahora, porque es nuestro y somos de él, como de nadie”.

Casi toda su obra fue producida como artículos, notas, comentarios y alguno que otro ensayo, alguna que otra conferencia para la prensa periódica o para auditorios no siempre dispuestos a calar, a recibir con entusiasmo fértil estos mensajes. Sin embargo, esta obra tiene la consistencia y coherencia de un corpus que un pensamiento poderoso hubiese forjado a lo largo de una extensa vida. De esta obra, de estas crónicas, dijo Vaz Ferreira: “Son de las más hermosas y puras y ardientes condensaciones de pensamiento y sentimiento de hombre: como radium espiritual”.

Augusto Roa Bastos, el gran novelista paraguayo reconocido universalmente reconocido, dice: “Su faena —con palabras de Martí— fue ‘arte de fragua y de caverna, que se riega con sangre y hace una víctima de cada triunfador’. Alumbró en las tinieblas de una noche demasiado larga la memoria o el presentimiento no demasiado utópico, en el que el sol de todos los días alumbrara por fin para todos esa pobre, esa inerme, esa inextinguible posesión de la dignidad humana cuya plenitud no adviene más que cuando se la comparte en la comunión y en la solidaridad”.

Y agrega: “Por mi parte, debo confesar, con gratitud y con orgullosa modestia, que la presencia de Rafael Barrett recorre como un trémolo mi obra narrativa, el repertorio central de sus temas y problemas, la inmersión en esa ‘realidad que delira’ que forma el contexto de la sociedad paraguaya y, sobre todo, una enseñanza fundamental: la instauración del mito y de las formas simbólicas como representación de la fuerza social; la función y asunción del mito como la forma más significativa de la realidad.

“En muchos de mis cuentos, en mi novela Hijo de Hombre, en particular —cuyo núcleo temático es la crucifixión del hombre por el hombre y también el hecho de que el hombre más que hijo de Dios es el hijo de sus obras—, está presente el ejemplo del ‘rapsoda del dolor paraguayo’; están presentes la dignidad de su vida y de su muerte, los símbolos y los mitos que Barrett excavó en la cantera viviente de una colectividad, en su trans historia, la forma en que él supo revelar una realidad llena de enigmas y secretos”.

Citamos de nuevo al periodista y escritor Gregorio Morán, que dice casi al final de su libro Asombro y búsqueda de Rafael Barrett: “Morirá el 17 de diciembre, cuando terminaba ese año agridulce de su vida que fue 1910, el de las grandes y únicas satisfacciones, y el de las inequívocas frustraciones. Murió en la cama del Hotel Regina de Arcachon, acompañado por una sola persona, el amable fantasma de la tía Susie. Falleció a las cuatro de la tarde, frente a su mar , el Cantábrico, el de su infancia.

“Ese mismo día en Asunción, Paraguay, los lectores de El Diario podían acercarse a la segunda entrega de sus ’Cartas de un viajero’. Para conocer bien una época, hay que aguardar a que el tiempo haya destruido casi todos los vestigios. No se puede afirmar nada con exactitud si se sabe mucho. Una prudente escasez informática es madre de la certidumbre”. Quizá se tratara de una buena sugerencia para la historia en general, pero una paradoja maldita cuando se refiere a un hombre. Porque ése es el caso de Rafael Barrett.

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