No fue una afirmación explícita. Al contrario, apareció dispersa entre anécdotas, recuerdos y bromas. Ismael Ledesma bromeó con que la venta de discos ayudaría a terminar la casa que construye en Areguá. Más adelante volvió sobre el tema, entre risas, al admitir que todavía no era tiempo de regresar definitivamente al país.
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Sin embargo, el verdadero hogar ya parecía estar construido mucho antes de que terminara el concierto: en la ovación que lo recibió apenas apareció sobre el escenario, en los “¡bravo!” que interrumpieron varias de sus intervenciones y en un público que lo acompañó durante todo ese viaje hacia sus propios recuerdos.
Vestido completamente de oscuro y con una sonrisa que no abandonó en ningún momento de la noche, Ledesma abrió el concierto con “Bayón de Ana”, acompañado por Rubén Melgarejo en guitarra, Paula Rodríguez en bajo eléctrico y Ramón González en percusión. Era la primera estación de un recorrido por “Revivir”, su nuevo disco que rescata el repertorio con el que comenzó a abrirse camino en Europa tras llegar a Francia en 1982.
“Hoy les presento algo nuevo, pero viejo... viejo, pero nuevo”, dijo entre risas. Después explicó que aquellas canciones lo hacían volver a sus 19 años. Esa idea fue el hilo conductor de toda la presentación.
Cada interpretación funcionó como una postal de aquella etapa. “Ansiedad” y “Canción para Puerto Rico” recordaron los sonidos latinoamericanos que encontraba al otro lado del Atlántico cuando todavía empezaba de cero. “Vale la pena hacer revivir esta música”, afirmó antes de explicar que la idea del disco nació al escuchar a espectadores franceses lamentarse porque ya no interpretaba aquellas piezas de los años ochenta.
En ese sentido, el viaje fue tanto musical como emocional. Cuando presentó “Flores de Asunción”, la sala pasó de la celebración y la efusividad a una escucha muy silenciosa e íntima. Ismael contó que aprendió sobre la figura de José Asunción Flores recién estando en Francia, gracias a la lingüista y pedagoga Delicia Villagra. Dijo que comprendió al creador de la guarania porque él mismo experimentó el dolor de vivir lejos del país, de extrañar incluso los gestos más cotidianos, como compartir un tereré.
Entonces vio entre el público a Lizza Bogado. “¿Por qué no me avisaste?”, le respondió ella entre risas cuando la invitó espontáneamente al escenario. Volvieron a interpretar la obra, ahora con la letra escrita por la cantante. El abrazo entre ambos, las sonrisas de los músicos y la naturalidad del momento terminaron diciendo mucho más que cualquier discurso sobre la amistad.
Ese espíritu volvió a aparecer con la incorporación de la violinista Andrea González y el guitarrista Orlando Rojas, integrantes de Ysando, durante “Revivir”, la única composición original del nuevo álbum. Más adelante, antes de interpretar “Arcoíris”, Ledesma confesó que el encuentro con ellos le había hecho pensar precisamente en ese fenómeno donde distintos colores conviven sin perder su identidad.
La idea del encuentro atravesó toda la noche. Cuando presentó “La balada del indio”, recordó que Berta Rojas realizó un arreglo para guitarra que terminó dándole una nueva vida a la obra. “Prácticamente ya no me pertenece”, comentó con una mezcla de orgullo y desprendimiento. Después de una de las ovaciones más fuertes del concierto, aprovechó para reivindicar otra de las constantes de su creación: la naturaleza. Habló de los árboles, de los ríos, de la tierra roja y de la necesidad de proteger ese patrimonio, para luego interpretar “Amazonas”. También reafirmó con serenidad su origen indígena como parte inseparable de su identidad artística.
El concierto nunca perdió ese tono conversado. Ledesma parecía disfrutar tanto de tocar como de contar las historias detrás de cada composición. Habló de los exiliados latinoamericanos que conoció en Europa antes de “Cuando salí de Cuba”, recordó al arpista venezolano Hugo Blanco antes de “El cable” y explicó el origen italiano de “Dime cuándo”.
Uno de los momentos más cálidos llegó cuando presentó al guitarrista mexicano Rubén Melgarejo, responsable de la orquestación completa de “Revivir”. Contó que la idea del disco había nacido apenas unos meses atrás y destacó la rapidez con la que ambos lograron construir el proyecto. Melgarejo respondió cantando “Sabor a mí”, acompañado luego por todo el ensamble, mientras parte del público seguía la melodía en un murmullo colectivo.
La conexión latinoamericana continuó cuando el propio Melgarejo interpretó la guarania “Mis noches sin ti”, demostrando que las fronteras son inexistentes cuando la música circula de un país a otro con tanta naturalidad.
Hacia el final, Ledesma dedicó “De Paraguay a Venezuela” al pueblo venezolano y, antes de “Colores latinos”, recordó un episodio ligado al Teatro de las Américas. Confesó que ese escenario también ocupaba un lugar doloroso en su memoria: allí había ofrecido un concierto para ayudar a cubrir los gastos médicos de su madre durante su enfermedad. El público respondió con un silencio respetuoso antes de volver a aplaudir con fuerza.
Cuando parecía que todo había terminado, comenzaron los pedidos de “¡Otra, otra!”. Él sonrió, volvió a bromear con que todavía no era tiempo de instalarse definitivamente en Paraguay y confesó que prefería no llorar, aunque suele hacerlo.
Entonces llegó “Yacaré” con una gran ovación final, completamente de pie, que terminó dándole sentido a todo lo que había ocurrido durante casi dos horas.
“Revivir” se presentaba como un disco dedicado a recuperar las canciones que acompañaron sus primeros años en Francia. Sin embargo, sobre el escenario se terminó tejiendo algo implícito: que después de tantos años lejos, Ismael Ledesma descubrió que algunas casas no se construyen con ladrillos, sino con memorias compartidas, afectos y un público que sigue esperándolo como si nunca hubiera partido.
*Fotografías gentileza de Dani González.