En Tokio, en Buenos Aires o en un pueblo de la sierra andina, en la intimidad de la noche se repite la misma experiencia: alguien se despierta sobresaltado tras caer al vacío, intentar correr sin avanzar o alzar el vuelo sobre la ciudad.
La ciencia del sueño lleva décadas registrando el fenómeno y coincide en un dato: ciertos argumentos oníricos se repiten con asombrosa precisión en culturas, idiomas y generaciones muy distintas.
Aunque el contenido de un sueño es profundamente personal, los investigadores del sueño identifican cinco grandes temas que aparecen una y otra vez en los relatos: volar, caer, correr sin avanzar, ser perseguido y llegar tarde o no estar preparado para algo crucial, como un examen o una presentación.
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Volar: la euforia de desafiar la gravedad
Los sueños de vuelo suelen estar asociados a sensaciones de placer, libertad y poder.
A menudo aparecen en etapas de cambio vital: nuevos trabajos, mudanzas, inicios o finales de relaciones.
Para la psicología contemporánea no son un “mensaje oculto”, sino una metáfora que el cerebro construye a partir de experiencias pasadas y deseos conscientes: la idea de “elevarse”, “superar” o “escapar” adopta la forma más literal posible.
Caer: el vértigo del descontrol
En el extremo opuesto están los sueños de caída.
Pueden ir desde un tropiezo al borde de la cama hasta un descenso interminable desde un rascacielos.
Suelen aparecer en momentos de incertidumbre económica, inestabilidad laboral o conflictos afectivos.
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El cerebro, hiperactivado durante la fase REM, dramatiza esa pérdida de control en forma de vacío sin suelo.
Correr sin avanzar: la frustración hecha escena
Pisar el acelerador y no moverse, correr a cámara lenta mientras el peligro se acerca: pocas imágenes describen mejor la impotencia que sienten muchas personas en su vida diaria.
Estos sueños se asocian con periodos de bloqueo: metas que no llegan, trámites que se atrasan, conversaciones que nunca se dan. El cuerpo onírico se esfuerza, pero la trama lo condena a la inmovilidad.
Ser perseguido: el miedo que no se quiere mirar
Otro argumento universal es la persecución. Un desconocido, un animal o una sombra nos sigue por pasillos interminables.
Más que un presagio, la psicología lo interpreta como la dramatización de un miedo que la mente despierta evita afrontar de forma directa: deudas, culpa, responsabilidades aplazadas. El perseguidor cambia de forma; la sensación de amenaza, no.
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Llegar tarde: la ansiedad del rendimiento
Exámenes para los que no se estudió, vuelos que salen sin nosotros, funciones para las que olvidamos el texto. Son sueños especialmente frecuentes en sociedades en las que el rendimiento académico y laboral se convierten en medida de valor personal.
El escenario exagera la angustia cotidiana ante la posibilidad de fallar, decepcionar o quedar expuestos.
Todas estas tramas tienen un denominador común: ponen en juego la relación del individuo con el control, el miedo y la propia capacidad de actuar en el mundo.
Desde la neurociencia, se recuerda que no existe un diccionario universal de significados oníricos, pero sí patrones emocionales: la amígdala —centro del miedo— se mantiene muy activa durante el sueño REM, mientras áreas vinculadas al pensamiento lógico se desactivan parcialmente. El resultado son historias intensas, ilógicas y sorprendentemente parecidas en cualquier punto del planeta.
Más que buscar profecías, los especialistas invitan a ver estos cinco grandes temas como un espejo emocional: un recordatorio nocturno de aquello que nos entusiasma, nos desborda o nos aterra… y que, al parecer, nos une a todos cuando cerramos los ojos.