La inflamación no “engorda” por sí misma, pero puede dificultar la pérdida de grasa al favorecer picos de azúcar en sangre, resistencia a la insulina, mayor sensación de hambre y retención de líquidos.
Y ahí aparece una trampa cotidiana: alimentos que se perciben “ligeros” o “saludables”, pero que, por su composición, tienden a sostener ese ruido inflamatorio.
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Los “inocentes” habituales en la dieta moderna
Yogures saborizados y postres lácteos “fit”: aportan proteínas y calcio, pero muchos incluyen azúcares añadidos, jarabes, espesantes y aromatizantes. El resultado puede ser un producto con perfil similar al de un postre, aunque con halo saludable.
Jugos, licuados y bebidas “naturales”. Un vaso de jugo concentra azúcar de varias frutas y casi nada de fibra. Sin fibra, la glucosa llega más rápido a la sangre. Incluso cuando la bebida no “se siente” calórica, puede contribuir a picos repetidos de insulina.
Cereales de desayuno, granolas y barritas. Se asocian a energía y vida activa, pero suelen mezclar harinas refinadas, mieles/jarabes, aceites y sal. El envase puede prometer “integral” o “con vitaminas”, mientras el producto se comporta como un ultraprocesado.
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Panificados y “snacks” de harina refinada. Galletas de arroz, tostadas, crackers “livianas”: la textura engaña. En porciones fáciles de exceder, suelen tener baja saciedad y alta carga glucémica.
Salsas y aderezos listos. Kétchup, “salsas light”, mayonesas reducidas en grasa: a veces recortan calorías pero añaden azúcar, sodio y emulsionantes. En una dieta cotidiana, esos extras pueden sumar más de lo que se cree.
Alcohol social. No siempre se contabiliza como comida, pero el alcohol puede alterar el sueño, aumentar el apetito y desplazar elecciones más nutritivas, además de asociarse a procesos inflamatorios en exceso.
Por qué frenan el progreso
La evidencia sobre patrones alimentarios sugiere que el consumo frecuente de ultraprocesados, azúcares añadidos y harinas refinadas se vincula con mayor inflamación y peor control metabólico.
Para quien busca perder grasa, eso puede traducirse en más hambre, menos saciedad, antojos y semanas sin cambios pese al esfuerzo.
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Qué mirar para salir del estancamiento
Más que demonizar alimentos, el foco suele estar en el patrón: priorizar comida mínimamente procesada, proteínas suficientes, fibra (fruta entera, legumbres, verduras), grasas de calidad y bebidas sin azúcar.
Y, si hay estancamiento prolongado, vale una consulta profesional para ajustar el plan sin caer en restricciones extremas.