NICOSIA, Chipre (AFP). Fue una ola de esperanza súbita, sin límites, contagiosa. La voz del pueblo se alzó como una sola, no solo en un país sino en toda la región, derrocando a algunos de los dictadores más enquistados y sanguinarios y estremeciendo a millones de personas en el mundo.
Hace 10 años el mundo árabe vivió una serie de revueltas que significó un soplo de libertad, antes de dar lugar a la frustración. Un acontecimiento histórico que cambió de manera irremediable a la región.
Desde el colapso cual castillos de naipes de regímenes que parecían intocables hasta el auge y caída del califato yihadista, la llamada “Primavera Árabe” que nació a finales de 2010, convirtió a Oriente Medio en teatro de constante agitación durante la segunda década del siglo XXI.
A las protestas populares que surgieron en Túnez, Egipto, Libia y Yemen les siguieron, en el mejor de los casos, reformas decepcionantes, pero a menudo los países se han desgarrado por guerras intestinas y nuevos regímenes dictatoriales.
No obstante, el espíritu de las revueltas no se apaga, como lo demuestra la segunda ola de levantamientos –aunque menos intensas– que surgieron en Sudán, Argelia, Irak y Líbano ocho años después.
El poder de la redes
Nunca una revolución se había expandido así. Gracias a las redes sociales y los teléfonos móviles, el espíritu de la Primavera Árabe se extendió por Oriente Medio y contribuyó a derrocar a viejas dictaduras, pero desde entonces, la contraofensiva digital de los Estados autoritarios silenció a muchos militantes.
En aquel momento, ante la falta de control de estas herramientas, regímenes del norte de África y de Oriente Medio se vieron sorprendidos por la rápida propagación del fervor de estos levantamientos populares en internet.
Hiperconectadas y en su mayoría sin líderes, estas movilizaciones se propagaron a todos los niveles sin prácticamente ningún control de las autoridades.
Desde entonces, los Estados autoritarios hicieron los deberes y se dotaron de un arsenal de cibervigilancia y de censura en internet, así como de ejércitos de “trols”, perfiles creados en las redes para avivar la polémica, criticar o extender rumores.
La esperanza que nació con la Primavera Árabe se fue esfumando, bajo los embistes de nuevos regímenes aún más represivos o guerras devastadoras en Siria, Libia o en Yemen.
No obstante, los primeros militantes prodemocracia consideran estas revueltas como un gran cambio digital, que fue seguido después en el mundo por “manifestaciones de hashtag” o etiquetas, como Occupy Wall Street y Black Lives Matter en Estados Unidos o el Movimiento de los Paraguas en Hong Kong.
Hoy, según los ciberactivistas árabes, los Estados ya no controlan tanto lo que los ciudadanos pueden ver, saber y decir, como lo demuestran las protestas de 2019 y 2020 en Argelia, Sudán, Irak o Líbano.
Pese a la censura reforzada, el soplo de libertad permitió mejorar la vida cotidiana. En especial en el país donde empezó todo: Túnez.
Todo inició el 17 de diciembre de 2010 cuando un joven vendedor ambulante, agobiado por años de acoso policial, se roció de combustible y se prendió fuego en frente de la oficina del gobernador de la ciudad de Sidi Bouzid. La inmolación de Mohamed Bouazizi no era la primera en la región, ni siquiera en Túnez, pero fue la chispa que inflamó una rabia nunca antes vista.
En las semanas siguiente, las protestas prodemocracia llegaron a Egipto, Libia y Yemen. Cuando la ira se propagó por las calles de El Cairo, la mayor ciudad de la región y crisol político histórico, el contagio empezó a conocerse como “Primavera Árabe”.
Un nuevo paradigma nació en Oriente Medio con la constatación de que los tiranos no eran invencibles, que el cambio podía venir desde dentro y no únicamente como resultado de otra jugada en el tablero de la geopolítica mundial.