Para los tártaros de Crimea, una minoría musulmana cuyas esperanzas de renacimiento cultural y nacional dependen de que Crimea vuelva a estar bajo control ucraniano, esa medida legitimaría las “políticas de etnocidio” de Rusia, según el Mejlis, su órgano representativo prohibido por Moscú.
La ocupación rusa ha supuesto la detención de cientos de activistas, la supresión de prácticas religiosas, la rusificación forzosa y la destrucción del patrimonio cultural. El traslado masivo de rusos a Crimea ha alterado su composición demográfica y marginado aún más a la población autóctona.
El Mejlis advierte de que el reconocimiento del dominio ruso también ignoraría la deportación soviética en 1944 del pueblo tártaro de Crimea, un genocidio que define su historia junto a la conquista rusa de su Estado en 1783.
Un legado de represión y renacimiento
Ajmet Bekir, de 51 años, del Centro Cultural Tártaro de Crimea en Leóplis, sostiene una foto de sus bisabuelos mientras comparte con EFE la historia de su familia. “Ni una sola generación ha vivido sin sufrir la violencia de Rusia, desde el hambre hasta la deportación”, afirma.
Bekir, nacido en Uzbekistán tras la deportación en 1944 de los tártaros de Crimea a Asia Central por Stalin, se trasladó a Crimea en 2001, junto con miles de connacionales que pudieron regresar a su patria tras el colapso de la Unión Soviética.
Bekir se refiere a los 13 años anteriores a 2014 como un “pequeño renacimiento”, durante el cual los tártaros de Crimea empezaron a revivir su lengua y su cultura, y su propia voz política se hizo más fuerte.
Este progreso se vio truncado en 2014 cuando Rusia, aprovechando la agitación en Ucrania tras las protestas que derrocaron al presidente prorruso Víctor Yanukóvich, ocupó Crimea. Decenas de miles de personas, entre ellas Bekir, huyeron.
“Crimea se ha convertido en una isla del miedo”, dice Bekir, describiendo su separación de Ucrania como “arrancar a un niño de su madre”.
Siguió una “deportación silenciosa”, espoleada por Rusia al detener a activistas y acosar a sus familias, y escaló en 2022, cuando muchos huyeron para escapar de la movilización forzosa al ejército ruso. “Mis hijos vuelven a no vivir en su tierra de origen”, dice Bekir.
Unidad con los ucranianos
Los tártaros de Crimea y los ucranianos comparten profundos lazos históricos y culturales, reforzados por sus heridas compartidas que no cicatrizan debido a la constante agresión de Rusia, señala Bekir.
“Fuera de Ucrania, no tenemos otra patria”, subraya, hablando en una sala donde los tártaros de Crimea locales se reúnen para practicar su lengua, crear bordados étnicos y otras artesanías, y recordar así la vida en Crimea y soñar con su futuro.
Alrededor de 2.000 tártaros de Crimea sirven en las fuerzas armadas ucranianas, a menudo de forma anónima, para proteger a sus familias en Crimea de las represalias rusas.