La conquista de la región de Novorosia (Nueva Rusia), una quimera imperialista rusa que incluía la mitad oriental del territorio de Ucrania, ha dejado paso a la triste realidad sobre el terreno: el ejército ruso es incapaz de derrotar al ucraniano.
En las últimas semanas el Kremlin no ha hecho ninguna referencia pública a las otras dos regiones anexionadas en 2022, las sureñas Zaporiyia y Jersón, cuyo tercio norte es controlado aún por el ejército ucraniano.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lo dejó bien claro después de las consultas mantenidas durante la madrugada del viernes entre Putin y los emisarios de la Casa Blanca: Steve Witkoff y Jared Kushner.
La principal condición para un acuerdo de paz duradero es "la retirada" del ejército enemigo de las regiones de Donetsk y Lugansk. Nada sobre las otras dos, un dogma irrebatible hasta hace bien poco.
A día de hoy, los rusos controlan casi el 80 % de la primera, donde los ucranianos controlarían unos 5.000 kilómetros cuadrados, y la práctica totalidad de la segunda.
Ese es un objetivo de mínimos, ya que Rusia reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk tres días antes de iniciar el 24 de febrero de 2022 la actual campaña militar en el país vecino.
Este asunto centró el viernes y también lo hará el sábado las negociaciones entre ambos bandos en Abu Dabi, en los que la delegación rusa es encabezada por primera vez por un almirante, Yuri Kostiukov, número dos del Estado Mayor y jefe de la inteligencia militar.
Tanto Estados Unidos como Ucrania no verían con malos ojos la creación de una zona desmilitarizada, más aún cuando Kiev considera que la pérdida de todo el Donbás allanaría el camino para nuevas ofensivas rusas contra el norte y centro del país, mucho más llano que el Donbás.
Aunque la renuncia a tomar todo el sur de Ucrania granjeará muchas críticas al Kremlin de los sectores más nacionalistas, los rusos tienen muy pocas opciones tanto de tomar la capital homónima de Zaporiyia como de cruzar el río Dniéper y capturar la capital de Jersón, de donde se retiraron en 2022, su mayor derrota en toda la guerra.
Aunque los políticos rusos siguen repitiendo que Odesa es una ciudad rusa, la realidad es que el principal puerto ucraniano tampoco está al alcance de las tropas rusas ni de su Armada, que pagó un alto precio en su intento de bloquear la ciudad en el mar Negro.
Los rusos ya lograron en el primer año de la guerra uno de sus objetivos estratégicos, convertir el Azov en un mar interior para proteger la península de Crimea de cualquier agresión ucraniana.
Con todo, la supervivencia de Crimea no sería viable si el ejército ruso no hubiera tendido un corredor terrestre al sur de Donetsk, Zaporiyia y Jersón que une el continente ruso con la península, acuciada por crónicos problemas de suministro de agua.
Putin confía en que el presidente de EE.UU., Donald Trump, convenza ahora al congreso para que reconozca a Crimea como territorio ruso. La comprensión mostrada por el Kremlin con las ansias del jefe de la Casa Blanca de apropiarse de Groenlandia iría en línea con esa política de apaciguamiento mutuo.
El Kremlin insiste desde hace meses en un supuesto y secreto 'consenso de Anchorage', donde tuvo lugar en agosto de 2025 la cumbre entre Putin y Trump, que entonces dejó de exigir un alto el fuego a Moscú como condición sine qua non para el arreglo del conflicto.
Pero se cuida mucho de desvelar el contenido de esa fórmula, ya que, según la prensa, significa controlar todo el Donbás y congelar el frente en Zaporiyia y Jersón, lo que sería un reconocimiento público de la incapacidad del ejército ruso.
La cuestión es que, según el Instituto sobre el Estudio de la Guerra, los rusos necesitarían más de un año para tomar Donetsk, ya no digamos el tiempo y esfuerzo que requeriría conquistar las cuatro regiones.
Putin aventuró durante muchos meses un inminente colapso del frente, pero, aunque la deserción en las filas ucranianas es un hecho, la férrea resistencia enemiga y la ineficiencia de las tácticas militares rusas han sido factores mucho más decisivos.
Si fuentes occidentales cifran en 25.000 las bajas diarias rusas, los blogueros cercanos al Kremlin hablan ya de entre 300.000 y 400.000 muertos desde 2022, una cifra desorbitada comparada con los 15.000 muertos en los diez años de invasión soviética de Afganistán.
Además, Rusia herederá no sólo un Donbás rico en carbón, acerías, plantas metalúrgicas y tierras raras, sino una tierra de nadie, despoblada y destruida por los incesantes bombardeos rusos, cuya reconstrucción tomará décadas.