La vocación mística de los guardaparques que conservan la Amazonía peruana

Tarapoto (Perú), 25 jul (EFE).- Pese a que la deforestación y la aparición de actividades ilegales en la Amazonía de Perú son amenazas constantes, el compromiso y silenciosa labor de los guardaparques ha logrado casos de éxito como el Parque Nacional Cordillera Azul, que permanece intacto gracias a la articulación con comunidades que rodean esta inmensa extensión de bosque tropical.

El Parque Nacional Cordillera Azul engloba 1,35 millones de hectáreas repartidas en cuatro regiones del centro y norte del país: San Martín, Loreto, Ucayali y Huánuco, y su estado actual de conservación alcanza el 99,96 %.

En su interior esconde un millar especies de animales vertebrados como el jaguar y el puma, 6.000 especies de plantas y su extremo sur forma parte del territorio del pueblo kakataibo, clasificado como PIACI (Pueblos Indígenas en Situación de Aislamiento y Contacto Inicial).

Este parque, que toma su nombre porque las montañas que lo rodean se tornan azules en el atardecer debido al reflejo de la vegetación verde, es gestionado por Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp) y se ha convertido en un modelo de gestión sostenible, gracias en mayor medida al trabajo de los guardabosques.

Lejos de la imagen popular de que un guardaparque trabaja solo observando el paisaje, la labor en este parque es mucho más activa y variada: además de patrullajes y vigilancia, el grupo de 59 profesionales trabaja intensamente con las comunidades que habitan en la zona de amortiguamiento.

El guardaparque Wilder Casamayor explica a EFE desde el centro de observación y donde vive junto con otros dos compañeros que, tras estudiar ingeniería ambiental, se animó a ejercer esta particular profesión porque su vocación “es la conservación”.

"Me gusta mucho la interacción que tenemos con los centros poblados, con las personas que viven en ellos, ya que nosotros les apoyamos en distintas actividades. Asimismo, me siento muy contento de contribuir a un desarrollo sostenible en las comunidades", comenta Casamayor.

En este punto de observación, ubicado cerca de la imponente catarata Aucayacu, están destinados tres guardaparques que viven y trabajan juntos durante 21 días y luego descansan nueve, cuando viajan para ver a sus familias.

Una humilde cocina y cuartos compartidos no parecen ser un problema para los compañeros cuando estos poseen una "vocación mística" de cuidado del ambiente, como indica el analista del parque nacional, Darwin Córdoba.

"Este es un trabajo muy valorado por las poblaciones porque ven al guardaparque como referente. Un guardaparque participa también en las actividades comunales, en las asambleas, en las labores agrícolas, es consultado por los niños para hacer algún trabajo que les dan en la escuela y también son consultados por las autoridades locales", señala a EFE Córdoba.

Casamayor, que es guardaparque desde hace dos años, cuenta que, entre sus tareas habituales, realizan talleres en colegios para sensibilizar a niños y adolescentes del cuidado ambiental y la importancia de preservar el parque.

También mantienen estrechas relaciones con las comunidades que habitan la zona de amortiguamiento, un espacio de transición entre la reserva y el territorio circundante, a quienes escuchan sus problemas y les ayudan con su conexión con el Estado.

Incluso miembros de las comunidades les acompañan en patrullajes y colaboran en el cuidado del parque, por ejemplo avisando si aparecen extraños para llevar a cabo actividades ilícitas como la deforestación.

El analista sostiene que gracias a la gestión participativa han logrado acuerdos de conservación con comunidades nativas, organizaciones y el propio Estado, y por tanto llegar a un porcentaje de preservación único en este biodiverso país.

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