La odisea de Varela (Ciudad de México, 2000) comenzó cuando, sin permiso de nadie, se escapó de la escuela y escaló aquel pico inexplorado, ubicado entre las alcaldías de Tláhuac e Iztapalapa, dos de las demarcaciones con menor cobertura de áreas verdes de la capital mexicana, con un promedio inferior a 5 metros cuadrados por habitante.
Al llegar a la cima descubrió que, como muchos otros vecinos de la zona, ignoraba que no se trataba de un cerro más, sino de un volcán monogenético que llevaba décadas siendo devorado por la "mancha urbana y la extracción ilegal" de materiales pétreos, pese a estar situado en el área natural protegida de Santa Catarina.
"Nadie me creía que era un volcán: ese fue mi primer impacto. Me hizo demasiado ruido que nadie supiera lo que era… Y nadie salva lo que no se conoce", confiesa el ambientalista en una entrevista con EFE al recordar la anécdota que puso el primer peldaño de lo que sería su proyecto de turismo regenerativo Inlandmex, fundado hace tres años.
A las 4:00 de la mañana, Varela carga una camioneta con fresnos -árboles endémicos del Valle de México- y se encuentra con un grupo de turistas a unos 2 kilómetros del Tetlalmanche.
"Bienvenidos a Iztapalapa, lugar de arte, cultura y naturaleza", dice, decidido a cambiar la narrativa de su alcaldía, asociada a "prejuicios clasistas" y a una percepción de inseguridad y violencia.
"Nadie debe sentir vergüenza de su lugar de origen", añade mientras entrega a cada turista un fresno que terminarán plantando en algún bache o banqueta del barrio para sustituir su concreto caliente por árboles jóvenes.
En las faldas de la reserva, ya se observa el traspaso del asentamiento irregular y el deslave provocado por la extracción minera.
Varela recalca que Iztapalapa, la demarcación más poblada de la capital mexicana, no necesita "ni turistificación ni gentrificación", sino personas dispuestas a reforestar sus calles y proteger a los siete volcanes de la reserva de estas amenazas.
Antes del amanecer, el grupo está a punto de alcanzar los 2.820 metros sobre el nivel del mar, donde se encuentra el cráter del Tetlalmanche, el tercero más elevado de Ciudad de México.
A esa altura, el sueño de José se cumple: todos somos capaces de tocar las nubes.
"Si no se hace nada, este cráter va a desaparecer, se puede fracturar", lamenta sobre este espacio de suelo volcánico que absorbe los escurrimientos pluviales, previene inundaciones y contribuye a la recarga de los mantos acuíferos de la ciudad.
De pronto una línea de cruces y tumbas se atraviesa en el camino. Varela dice que son los guardianes de la reserva.
"Las pocas personas que suben tienen un arraigo muy fuerte con el ecosistema", relata, al tiempo que lamenta que solo uno de cada 10 vecinos conozca el Tetlalmanche.
Para el activista, esa distancia de la población con la naturaleza es consecuencia de vivir en los márgenes de la ciudad: "Aquí la gente pierde más o menos cuatro horas de su día en ir a trabajar… no tiene tiempo de ocio".
Con la ayuda de cientos de turistas, Varela ha sembrado más de 500 árboles en las calles de su colonia, una labor que continuará pese a que las autoridades locales han talado algunos de ellos.