Terapeuta de acupresión ('shiatsu') y jardinero, Miran tenía 44 años y dos hijas menores de dos años cuando milicianos palestinos liderados por Hamás atravesaron la valla fronteriza de Gaza e irrumpieron en territorio israelí, al tiempo que lanzaron salvas de cohetes, causando la muerte de unas 1.200 personas y el secuestro de otras 251.
Junto a su mujer y sus hijas, lograron esconderse en su refugio en el kibutz Nahal Oz e inicialmente pretendieron no estar allí, pero se vieron forzados a salir al escuchar la voz en hebreo del hijo adolescente de unos vecinos, que les dijo que los terroristas le matarían si no abrían la puerta.
"Pusieron un AK-47 en la cabeza de mi hija de dos años. Esto es lo que vivimos como padres e imaginamos lo que ella vio desde su perspectiva: sus padres y su hermana bebé de rodillas, con pistolas apuntándoles. No me puedo quitar esta imagen de la cabeza", explica.
Junto a otro vecino que acababa de ver morir desangrada a su hija adolescente en el ataque, los milicianos trasladaron a Miran a Gaza, a donde llegaron en ropa interior y descalzos y donde este padre de familia pasaría 25 meses privado de comida, agua, sueño e higiene en más de veinte localizaciones, a veces con familias gazatíes o en túneles bajo tierra, según su relato.
"Cada día no sabía si ibas a morir ese día o si viviría para ver el siguiente. No sabía nada sobre mi mujer. Cuando les preguntaba (a sus captores) me prometían que, como musulmanes, no se les permitía atacar a mujeres o niños, pero yo sabía que eso no era verdad", explica.
En paralelo, su mujer, Lishay, lanzó una campaña masiva en medios de comunicación y redes sociales para pedir la liberación de su marido; Miran sólo supo que estaba viva al verla "por accidente" en televisión durante su cautiverio. "Entonces pude respirar", asegura.
"Después de eso, sólo pensaba en una cosa: fui padre muy tarde, a los 44, y me decía a mí mismo que lo había disfrutado durante dos años después de no tenerlo durante toda una vida. Sabiendo que ellas estaban bien, estaba tranquilo con la posibilidad de morir porque había experimentado la paternidad", relata.
Omri Miran fue uno de los liberados tras el acuerdo de alto el fuego diseñado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el 13 de octubre de 2025.
En Estrasburgo, le acompaña uno de sus vecinos del kibutz, Omri Balla, quien ese día logró ocultarse en un refugio durante 16 horas junto con su familia. Mientras estaba escondido, supo por redes sociales el impacto del ataque en su comunidad, ya que los propios terroristas usaron el móvil de una de sus víctimas -la hija del hombre que fue secuestrado junto a Miran- para emitir en directo por Facebook la situación a escasos metros de su casa.
"Escuchas historias sobre las guerras mundiales y piensas que el mundo ha aprendido algo. No me podía creer algunas de las cosas que escuchaba hasta que vi las fotos, los vídeos. Según pasaban los días, cada cosa nueva que sabíamos era peor", recuerda Balla, que sólo regresó a su hogar en 2025.
Aunque no ha podido volver a su kibutz, Miran ahora enseña con orgullo las fotos de sus hijas. La mayor, que pronto cumplirá cinco años, recuerda perfectamente la mañana del 7 de octubre y, según cuenta su padre, es ahora la primera en correr al refugio las veces que han sonado las alarmas debido a la guerra contra Irán iniciada por Estados Unidos.
"La primera vez que tuvimos que escondernos, nos preguntó a quién se iban a llevar los malos esta vez", rememora.