"El trabajo de una vida esfumado en dos horas"

París, 19 oct (EFE).- Odile no puede contener las lágrimas cuando ve el destrozo de su farmacia, a dos pasos de la parisiense plaza de la República. "El trabajo de una vida esfumado en dos horas", asegura cerca de la estatua que representa a la República, todavía vestida de amarillo por la resaca de un fin de semana que sembró el caos en el centro de la capital y de muchas ciudades del país.

La farmacia de Odile es uno más de los cientos de comercios saqueados, incendiados, destruidos, unos 3.000 según las cifras oficiales del Ejecutivo, que pese a las promesas de acudir a su rescate no ha mitigado la desesperación de sus propietarios.

"Son animales, hasta han destrozado un robot que acabábamos de instalar", asegura la farmacéutica, que recibe el consuelo de algunos vecinos del barrio, que no dudan en destacar su implicación, su cercanía con una ciudadanía de edad avanzada.

Odile acababa de conseguir un tratamiento de difícil acceso para uno de sus pacientes. "Por fin lo había conseguido y ya no queda nada", repite entre sollozos.

"Llamamos a la policía pero nos dijeron que no podían hacer nada, que había muchos frentes", señala.

El poco consuelo que encuentra la farmacéutica lo tiene en que no lamentó ningún daño personal. "No abrimos ese día, habría sido todavía peor", asegura.

No tiene ni fe en el Gobierno, ni en los seguros, porque en el incendio que provocaron en su establecimiento se quemaron todas las facturas, todos los papeles. "¿Qué puedo hacer ahora?".

En una calle adyacente, Raju Dey no cree que vuelva a ver abierta la tienda de telefonía que abrió hace 16 años.

"Se lo llevaron todo, hasta el agua. Los teléfonos, el dinero que teníamos de clientes para enviarlo al extranjero... No dejaron nada", señala este comerciante de origen indio, que no tiene alivio por las promesas del Gobierno.

"No nos dejaron nada, no sé ni cómo vamos a pagar el alquiler de la tienda. Llevamos años aquí y nunca habíamos visto una violencia de esta magnitud", agrega.

Los alrededores de la plaza de la República guardan bien las cicatrices de un fin de semana explosivo. Apenas se puede dar dos pasos sin encontrar los escombros de la víspera o tropezarse con un comercio que guarda en su fachada las huellas del desastre.

"¿De quién es la culpa? Esto no lo puede justificar nadie. No hay protesta que pueda soportar esto", señala Philippe, un jubilado que mira atónito una montaña de cristales y chatarra a tiro de piedra de la estatua de la República.

"Hay que permitir a los comerciantes recuperar la actividad rápido", asegura el primer ministro, Sébastien Lecornu, en un intento de insuflar esperanza a un colectivo que la ha perdido.

Todavía es pronto para evaluar los daños, pero el presidente de las cámaras de comercio e industria del país, Alain di Crescenzo, lanzó la cifra de "cientos de millones de euros".

El Ejecutivo busca acelerar el pago de las indemnizaciones y algunos bancos han afirmado que suavizarán el pago de los créditos en curso de los comercios afectados.

"Está el país como para pedirle más dinero", señala Philippe, que oculta su rostro por temor. "Nunca pensé que tendría miedo en mi país".

La violencia afectó también a grupos más importantes. Los supermercados de la zona han reforzado sus escaparates y casi todos ellos están cerrados. Los dos últimos días vieron cómo el género partía en manos de los saqueadores.

"Encima presumen de ello, se graban y lo cuelgan en las redes sociales. Es odioso", señala Odile, impotente ante lo sucedido.

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