Las orejas de un perro son un pequeño radar emocional. Se mueven, se tensan, se aplastan o “bailan” con cambios mínimos que, para un observador atento, pueden revelar intención, miedo, curiosidad o calma antes de que aparezca un gruñido, un ladrido o una huida.
Veterinarios y etólogos coinciden en que leerlas bien exige algo clave: no interpretarlas aisladas, sino como parte de un “paquete” de señales corporales.
Orejas hacia delante: atención y posible excitación
Cuando las orejas se orientan al frente —a veces con un ligero avance del cuerpo— el perro suele estar focalizando un estímulo.
Puede ser simple interés (un ruido, una persona nueva), pero también una elevación de la excitación.
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En un contexto tenso, esa atención puede preceder a conductas de control del espacio o reactividad. La diferencia la marcan otros detalles: mirada fija, rigidez, cola alta y cuerpo endurecido sugieren alerta defensiva; una postura suelta y movimientos fluidos suelen indicar curiosidad.
Orejas “de avión” (hacia los lados): ambivalencia y búsqueda de información
Muchas personas interpretan estas orejas laterales como “simpáticas” o “tiernas”. A menudo lo son: indican que el perro está procesando información, intentando calmar la situación o mostrando incertidumbre.
Es frecuente verlas cuando alguien se acerca demasiado rápido o cuando el perro no está seguro de lo que ocurrirá.
Si vienen acompañadas de lamidos de nariz, bostezo o giro de cabeza, suelen ser señales de apaciguamiento.
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Orejas hacia atrás o pegadas: miedo, incomodidad o sumisión
Las orejas retraídas, especialmente pegadas al cráneo, suelen ser una bandera de incomodidad. Puede ser miedo (un ruido fuerte, una visita invasiva), pero también dolor o anticipación negativa.
Si el perro además baja el cuerpo, evita la mirada o muestra el blanco del ojo, conviene aumentar la distancia y reducir la presión social. No es “culpa”: muchas veces es estrés.
Una oreja sí, otra no: escucha selectiva y doble atención
La asimetría —una oreja hacia el estímulo y otra en otra dirección— es común cuando el perro “divide” su atención: vigila el entorno mientras sigue interactuando.
En paseos urbanos puede ser normal. En casa, durante el juego, suele indicar que está atento a vos y a lo que ocurre alrededor.
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El contexto importa: raza, corte y movilidad
No todos los perros “hablan” igual con las orejas. Las razas de oreja caída (como beagles o cocker) pueden mostrar señales más sutiles, porque el pabellón tapa parte del movimiento.
En perros con orejas recortadas —una práctica cada vez más cuestionada— se pierde capacidad expresiva y, según especialistas, también parte de la comunicación con otros perros.
Cómo “traducir” bien: mirar el conjunto
Para evitar malentendidos, conviene observar tres cosas a la vez: orejas, ojos y tensión corporal.
Orejas adelantadas con cuerpo suelto suelen ser interés; orejas atrás con jadeo, rigidez o intentos de escapar apuntan a estrés. Y una regla práctica: si el movimiento de orejas viene acompañado de congelación (quietud repentina), es una señal de advertencia.
Entender las orejas no es un truco para “controlar” al perro, sino una herramienta para respetar sus límites. En muchos casos, leer a tiempo ese lenguaje silencioso es lo que evita conflictos y mejora la convivencia.