El 24 de febrero de 1867, en plena Guerra contra la Triple Alianza, un grupo de mujeres paraguayas protagonizó uno de los actos políticos más potentes —y menos leídos como tal— de la historia nacional: la llamada “Asamblea del Bello Sexo”. Sin derecho a voto, sin representación institucional y sin voz formal en el Estado, decidieron entregar sus joyas para financiar la defensa del país.
Pero ese gesto fue mucho más que una donación de oro: fue la primera gran red femenina organizada de acción colectiva en Paraguay.
Más de 150 años después, el país sigue en reconstrucción. No tras una invasión militar, sino frente a la pobreza estructural, la desigualdad en el acceso a derechos, la precariedad del sistema de salud o la degradación ambiental. Hoy, esa tarea histórica continúa en manos de mujeres que sostienen ollas populares, lideran organizaciones sociales, protegen territorios indígenas, enseñan arte en comunidades vulnerables o acompañan a pacientes oncológicas frente a las falencias del sistema público.
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Las joyas cambiaron de forma. Pero se siguen entregando.
La reconstrucción emocional desde la música
Para Mariela Cuevas, directora ejecutiva de la organización “Sonidos de la Tierra”, la reconstrucción del Paraguay nunca fue solo material. Tras la devastación de la guerra, explica, el país necesitó también recomponer su tejido emocional. Y en ese proceso, la cultura fue central.
“La enseñanza musical no es solamente una formación artística; es un proceso de contención y de encuentro, de descubrimiento de propósitos, de experimentar alegría y de construir, desde la esperanza, futuros posibles”, afirma.
En comunidades atravesadas por la exclusión, aprender a tocar un instrumento implica mucho más que dominar una técnica: significa aprender a escuchar, esperar turnos, trabajar en equipo y expresar emociones que muchas veces no encuentran palabras.
“Un instrumento se convierte en el arma más poderosa de una niña o un joven porque les da voz. Les permite decir ‘aquí estoy’ en un mundo que muchas veces los invisibiliza”, señala.
Ese trabajo, además, está sostenido mayoritariamente por mujeres. Madres, referentes comunitarias y lideresas integran las comisiones de apoyo que mantienen en funcionamiento las escuelas musicales en todo el país.
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“Ellas organizan, transmiten valores, acompañan procesos y llevan a cada hogar lo que definen como un nuevo aire de esperanza y alegría”, explica Cuevas.
También comento que las mujeres que lideran estos espacios siguen haciendo historia. “Son, verdaderamente, herederas y hacedoras del ritmo y arquitectas del tejido social que el Paraguay necesita para crecer”.
Igualmente, señala que aún son muchos los desafíos que tenemos como país para alcanzar la igualdad, pero es fundamental visibilizar y reconocer las historias de las verdaderas heroínas de nuestro tiempo, para que más mujeres se inspiren, se expresen, sean protagonistas y puedan ser auténticamente ellas mismas: nosotras, con ritmo, alegría y perseverancia.
“Eso es lo que queremos desde Sonidos de la Tierra: mujeres libres, talentosas, plenas y brillando en lo que aman. Para nosotros, promover el respeto y la igualdad es uno de los pilares clave para el desarrollo de toda la comunidad”, concluyó.
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El territorio como la nueva “joya” nacional
En comunidades del Chaco paraguayo, la reconstrucción tiene hoy forma de monte, semillas nativas y frutas silvestres. Eso nos muestra la Red de Mujeres Indígenas del Chaco.
Marina Bergen de Rempel, de la comunidad Enlhet Yalve Sanga, sostiene que la principal tarea de las mujeres indígenas es cuidar el bosque frente a las amenazas constantes sobre sus territorios.
“Esperamos que nos respeten, que no destruyan nuestro monte, que cuiden nuestro territorio en el Paraguay. Veo que acá en mi comunidad se está cuidando más ahora, no se quema el monte por eso crece más naturaleza, porque la naturaleza ayuda a la respiración. Hay que vivir del aire y de la naturaleza, así me enseñó mi abuelo cuando aún vivía. Cuidamos el bosque para que crezca nuestra economía como artesanas.”, afirma.
Ese cuidado también tiene impacto económico. Las mujeres dependen del monte para recolectar frutas que luego utilizan tanto en su alimentación como en la producción artesanal.
Rogelia Pérez, representante de mujeres recolectoras del algarrobo, destaca que la organización colectiva es clave para sostener a las familias.
“Nos organizamos y tenemos planeado qué día y hora ir a recolectar las vainas de algarrobo. También nos organizamos para ahorrar. No es mucho, pero algo tenemos siempre a mano y compartimos”, señala.
Para Lina Estela Benítez de Orué, integrante de la Red de Mujeres Chaqueñas, el trabajo comunitario ha permitido redescubrir recursos naturales que habían quedado en el olvido.
“En el bosque se puede encontrar muchas joyas. Al trabajar con la Red de Mujeres se volvió a despertar ese interés y se vuelven a buscar esas joyas comestibles”, explica.
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De la donación al reclamo ciudadano
Si en 1867 las mujeres donaban oro para sostener al Estado, hoy muchas exigen que ese mismo Estado funcione.
La abogada María Esther Roa - de la organización Somos Anticorrupción Paraguay- considera que el rol femenino ha experimentado una transformación profunda desde la posguerra hasta la actualidad.
“La historia paraguaya evidencia una transformación profunda del rol femenino, de aquella labor abnegada y silenciosa durante y después de la guerra grande a un presente protagonizado por actoras políticas que reclaman derechos, que no callan ante las injusticias y que luchan en distintos frentes para mejorar la calidad de vida de su gente y de su pueblo.”, afirma.
Sin embargo, advierte que el reconocimiento simbólico de las mujeres como “heroínas” no se traduce todavía en una participación real en los espacios de poder.
“Paraguay no necesita solo más candidatas; necesita reformas estructurales, transformaciones culturales y garantías institucionales efectivas que aseguren que las mujeres no solo participen, sino que también ejerzan plenamente el poder y gobiernen en igualdad de condiciones”, sostiene.
Desde su perspectiva, la defensa actual de los derechos civiles constituye la continuidad directa de la tarea histórica de reconstrucción nacional asumida por las mujeres tras 1870.
“No basta con honrar a las mujeres como heroínas del pasado o residentas, es tiempo de reconocerlas como constructoras del futuro”, subraya.
Defender la vida frente a la enfermedad
Para Bettina Cuevas, presidenta de AMACMA, la lucha por el acceso a la salud es hoy la forma moderna de defender la vida del Paraguay.
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“Muchas mujeres entregan algo aún más profundo: su tiempo, su energía, su estabilidad económica, su tranquilidad emocional y muchas veces su propio cuerpo atravesado por la enfermedad”, explica.
El cáncer de mama, señala, convierte al cuerpo en un territorio de batalla. Pero también en un espacio de resistencia colectiva.
Cada voluntaria que acompaña a una paciente recién diagnosticada forma parte de una red de contención que recuerda a aquella primera organización femenina de 1867.
“Frente a un sistema público con enormes limitaciones, somos nosotras quienes construimos puentes, gestionamos recursos y contenemos emocionalmente. Ninguna mujer debería ni debe atravesar el cáncer sola. Y si hoy muchas no lo hacen, es porque existe esa cadena invisible de sororidad que se activa apenas alguien escucha la palabra diagnóstico”, afirma.
Hoy, la “joya” que el Estado debería garantizar no es oro fundido, sino prevención.
“Mamografías accesibles y gratuitas en todo el país, equipamiento moderno, profesionales capacitados y educación masiva sobre detección precoz. Invertir en prevención no es un gasto, es una política de defensa nacional de la vida”, concluye.
Las mujeres que entregaron sus joyas en 1867 financiaron una guerra. Las que hoy organizan escuelas de música, defienden territorios o acompañan diagnósticos, sostienen la paz social.
La patria sigue en reconstrucción. Y ellas siguen dando lo más valioso que tienen por el bien de los demás.