Lejos de las críticas y de las normas legales o de echarle la culpa a alguien, el caso del niño baleado por policías nos llama a la reflexión. Se lo notó muy sincero al padre del chico de seis años. Ni veinticuatro horas pasaron de ese lamentablemente episodio y seguía relatando lo sucedido en medio de impotencia. Pese a su dolor, seguía narrando con lujo de detalles.
Varias de sus expresiones se ajustarían a la realidad. Primero, creyó que los “dueños” de aquella barrera solo estaban, según él, para “coimear”. Lo segundo: transportaba dos menores de edad. Que si no justificaba una urgencia no los habría llevado porque incurriría en una violación de la cuarentena y dio a entender que era una de sus preocupaciones. Al ver a los efectivos de la fuerza pública, el padre tuvo segundos para decidir. Él estaba con los papeles del auto en regla. Tampoco era buscado por la justicia. Pero decidió girar en "U".
Ya en la semana, muchos aclararon que evitar llegar a un puesto de control no es delito. Aunque otros hablan de que sí debió llegar y ser consultado sobre qué hacía en ese instante por la calle y si tenía consigo algún salvoconducto. Otros refieren que este procedimiento de verificación por parte de la Policía Nacional no corresponde.
Como en la mayoría de las ocasiones, cuando un agente policial ve que alguien elude una barrera, automáticamente su subconsciente le indica que algo esconde o tiene cuentas pendientes por algún delito. En este caso, estos dos policías hoy imputados también atravesaron por ese corto lapso de segundos para decidir.
Las posibilidades son varias: dejar sin efecto la persecución, creer en una sospecha y seguirlo con la ayuda de comisarías jurisdiccionales entre San Lorenzo y Luque o, por último, ser lógicos según el manual y no disparar si desde el otro vehículo no se efectúan disparos con arma de fuego. A las pruebas me remito, se acostumbra decir en la jerga judicial. El auto donde iba una familia recibió más de cinco disparos, tres de ellos en un niño que hoy paga los “platos rotos”. La Policía no tenía conocimiento de que inocentes iban a bordo. Debió en primer lugar tener certeza que ahí iban supuestos delincuentes.
Lo actuado por ambas partes nos obliga como sociedad a ser conscientes de lo importante de tomar correctas decisiones. De estar sicológicamente preparados para enfrentar lo que uno supone que pueda pasar. El padre del niño tuvo sus miedos y desconfianza. Quiso proteger a su familia de un mal momento. La Policía debe estar mejor capacitada para tomar decisiones rápidas y acertadas. A los agentes se les debe exigir que cumplan sus prerrogativas, tal como lo establece su protocolo. No disparar porque creían que con eso iban a detener el automóvil en persecución. Hoy el mote de “Gatillo fácil” reaparece como otras tantas veces. La justicia deberá investigar cómo se dieron esas decisiones y con qué justificativo.
La ciudadanía está indignada. Todos esperamos que el pequeño siga evolucionando rápidamente. Hay buenos pronósticos, pero hay que ser cautelosos. Darle tiempo al tiempo y que los médicos sigan con su meritorio trabajo. Como en varias ocasiones, el Hospital de Trauma nuevamente saca lo mejor de sí para recuperar a personas que sufrieron impactos de bala.
El hecho -que pudo ser más trágico- debe encender la alerta de los que preparan a los policías académicamente. Esto que pasó el fin de semana último debe derivar en que los altos mandos de esta fuerza de seguridad revisen cómo se hacen los test o perfiles sicológicos de los postulantes antes de su egreso. ¿Cuál es el grado de eficiencia de esa parte de su educación? ¿Hay falencias en el seguimiento una vez que forman parte de alguna comisaria? ¿Cuántos casos más de irresponsables con arma en mano veremos? Preguntas que necesitan respuestas para estar seguros de la idoneidad de los encargados de velar por nuestra seguridad fuera de casa.
Si un policía del rango que sea tiene una base sicológica óptima, quizá en esos segundos que tiene para decidir la elección de sus actos sean más precisos y no errantes. Porque en manos de ellos está en que se jale o no el gatillo y está en juego la vida de los ciudadanos.