Politiquería y cacería de brujas

En mayo de 1692 varias jovencitas de la religiosa ciudad de Salem, próxima a Boston, empezaron a tener conductas extrañas. La voz corrió, el miedo se instaló entre los ciudadanos convencidos de que las jóvenes fueron poseídas por el demonio por culpa de Tituba, una esclava caribeña que practicaba el vudú. Tituba y 150 mujeres fueron acusadas de brujería ante un tribunal en medio de una intensa conmoción popular. Diez y nueve de las acusadas fueron ahorcadas. Poco más tarde, cuando los habitantes de Salem se habían calmado, un nuevo tribunal anuló los procesos y devolvió la libertad al resto de las acusadas.

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En 1953, cuando arreciaba en los Estados Unidos la campaña del senador McCarthy que veía infiltrados comunistas por todas partes, el dramaturgo Arthur Miller escribió “Las Brujas de Salen”, una obra de teatro de fuerte impacto. Sospechado por el “macartismo” de subversivo comunista, Miller se defendió diciendo “el fanatismo ideológico de este tiempo es igual al fanatismo religioso que había en Salem”

La moraleja de “las brujas de Salem” y de la histeria macartista es que cuando en una sociedad se instalan y fogonean creencias que insuflan el miedo y la indignación colectiva, la gente no duda en embestir contra los presuntos culpables pidiendo sus cabezas, sin antes detenerse a analizar la ecuanimidad de las acusaciones.

La derogación, aprobada por los diputados, del apoyo económico que la Unión Europea brinda a la educación paraguaya, podría entenderse como un episodio de las brujas de Salem en Asunción. En tiempo de elecciones y ante la necesidad de hacer campaña para obtener el apoyo popular en un nuevo sistema electoral de listas desbloqueadas, no son pocos los políticos que utilizan ciertos temas que detonan la irritación colectiva generando así el clima propicio para venderse luego como los “defensores de los intereses de la nación, de las familias y de los niños”.

Convencida de la amenaza satánica, la gente apoyará el exorcismo, privando al país de recursos que sirven para proveer meriendas escolares a miles de niños carenciados. Más adelante, tal como ocurrió en Salen, la acusación podría ser infundada y los acusados no culpables, pero el daño causado es irreversible.

En busca de votos, los políticos no dudan en poner en riesgo no solo la educación y la asistencia a los niños paraguayos, sino la imagen país ante el mundo. Aprovechan los espacios en medios que la trascendencia del tema les da, para presentar (en lenguaje politiquero barato) soluciones mágicas a temas tan delicados como el Plan Nacional de Transformación Educativa, que requieren de análisis y pensamiento racional.

Pero a los politiqueros eso no les importa, le importan los votos y los cargos de poder. Para conseguirlos, la estrategia es generar antagonismo con el Plan Nacional de Transformación Educativa y la satanizada cooperación económica de la Unión Europea. Porque, como bien se sabe, “El diablo tiene que existir, para que el agua bendita, sea bendita”

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