Sociedad cómplice, ciudadanos cobardes

Hace apenas una semana, un nuevo escándalo en la Penitenciaría Nacional de Tacumbú dejó en evidencia –una vez más- la pésima administración de los establecimientos penales en nuestro país, una de las consecuencias de la ausencia de una política carcelaria real. Fueron separados inmediatamente del cargo el Director y Jefe de Seguridad, como una medida de urgencia para demostrar de cara a la opinión pública que se hizo algo al respecto, siendo estos dos eslabones importantes, pero finalmente solo eslabones de todo un intrincado mecanismo perverso. Los memes, burlas, comentarios irónicos y hasta chistes sobre lo acontecido -algo que en realidad nos debería hacer temblar de miedo como sociedad- apenas se estaban calmando cuando un nuevo hecho que guarda estrecha relación al tráfico de drogas nos sacude, con la noticia del asesinato en un espacio público muy concurrido de una persona relacionada a varios casos que están siendo investigados.

Lo primero, ocurrido en nuestro principal establecimiento penitenciario, en realidad no sorprendió demasiado a nadie; la venalidad de sus autoridades y de todo el entorno que rodea a ese edificio es más que conocido. El sistema penitenciario es una máquina para exprimir a los miserables, y recordemos aquí al británico –ex convicto él también- que realiza documentales en cárceles alrededor del mundo, que después de salir de Tacumbú, dijo que “todo este edificio debería ser dinamitado”. Cada una de las personas recluidas allí paga diariamente un canon para asegurar cierto estándar de vida, que dependerá de su aporte. Y realidades como esta que en otros países causarían protestas y marchas, aquí están tan normalizadas que nadie dice nada, nadie reacciona realmente.

La muerte sin sentido durante un concierto hace un año de una mujer que era madre y esposa, consternó a la sociedad… hasta que otras noticias fueron suplantando esa consternación. No hubo una reacción que obligara a los municipios y empresas organizadoras a agotar medidas preventivas para que situaciones así no se repitan o eventualmente, una vez acontecidas, se activen protocolos eficaces para actuar en consecuencia. Por otro lado, el consumo de drogas antes, durante y en las adyacencias de los espectáculos públicos y privados sigue tan campante; el mismo consumo que forma parte de toda una red tan poderosa y que mueve tanto dinero, que resulta más cómodo –y lucrativo- mirar hacia otro lado.

La persona abatida en un lugar público estaba sindicada como narcotraficante y habría sido supuestamente el objetivo real de los sicarios que asesinaron a esta mujer. Llegó hasta el lugar donde fue posteriormente ultimada en un vehículo blindado y sin patente. Alguien que debería estar en el ojo de los investigadores y monitoreado todo el tiempo, se pasea libremente… o no tanto. Para qué estaba allí, en compañía de quién y qué fue de las personas que acabaron con su vida, son informaciones que no sabremos a ciencia cierta, al igual que el destino del Director y Jefe de Seguridad de Tacumbú. Nos queda un amargo sabor en la boca ante tanta desidia, desinterés y apatía de las autoridades.

Tampoco los ciudadanos estamos exentos de culpa: Desde hace años, el consumo de drogas ha ido permeando todos los estratos sociales y hoy es omnipresente, constituyendo un flagelo que nos daña enormemente. La atractiva cocaína, de uso limitado hace 30 años a glamorosas élites, se ha extendido hoy, con el agregado de que es alterada y estas “variantes” más económicas hacen más daño a quienes la consumen. Y no nos olvidemos de su primo pobre el crack, que se enseñorea desde los cinturones de pobreza de Asunción hacia adentro, y cuyo uso por un par de semanas arruina de por vida a los adictos. Si tiene alguna duda, haga un paseo por el microcentro de Asunción esquivando a los zombis.

La producción de marihuana sigue vigente y más sana que nunca en el interior, pero el consumo y tráfico de esa y muchas otras drogas se han instalado en los orbes, y la corrupción que conllevan igualmente. La comodidad de tener el problema lejos ya no es tal: Con el guiño complaciente de las autoridades, este pulpo ha ido extendiendo sus tentáculos, siempre seguro de ser acogido en el seno de una sociedad cómplice, que se ufana de los “beneficios” que tal o cual personaje trae a la comunidad, empresa o donde sea, sabiendo de sobra el origen del dinero que permite estas obras tan generosas.

A nivel individual, se ha creado toda una casta de ciudadanos, aglutinados en torno al brillo y glamour que rodean a las personas que se manejan en esos círculos y hacen ostentación de riqueza, y el cinismo, la codicia y la pérdida de valores llegan a tal punto que básicamente es considerado de tontos no aprovechar los mendrugos que tiran estos personajes, sin temor ni vergüenza algunos a quedar pegados a ellos. De esta forma, la cantante se declara inocente por haber actuado ante ese público, “contrato es contrato” así sus palabras, el Fiscal paga con dinero mal habido la beca de su hijo y justifica de esa forma sus dictámenes y un barrio entero festeja la llegada del nuevo vecino ejecutivo de frontera, siendo todo un privilegio posar con él para una foto.

Mientras observamos a nuestro alrededor y recordamos escenas idénticas a la serie de Pablo Escobar, caemos en la cuenta de que, sobre lo ocurrido en las últimas semanas, no se ha manifestado aún con firmeza ninguno de los candidatos serios a la Presidencia de la República para las próximas elecciones. Seguiremos atentos esperando que lo hagan, preocupados por la marcha inexorable que estamos dando hacia un estado fallido, en el que hemos perdido el dominio sobre nuestra territorialidad ante los grupos de poder que operan en las fronteras y nuestras instituciones no funcionan por la corrupción generalizada, paralizadas en gran medida por el dinero mal habido.

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