¿Quién en Paraguay no ha vivido u observado dilemas parecidos? Situaciones en la que el afectado colapsa en la desesperación, se resigna en las manos de Dios o se rebusca entre polladas y otras presentaciones de la heroica solidaridad nacional.
¿Cómo puede ser Itaipú una llave de esperanza en la situación?
Es casi rutina ciudadana padecer la espera en los hospitales gubernamentales, sufrir las carencias del transporte público, madrugar por un sueldo que no cubre las necesidades básicas, ver a hijos soportar el calor, el frío y el peligro en las instalaciones de la escuela, etc. Una rutina muy alejada del desarrollo, del progreso, de las oportunidades para trabajar dignamente. Alejada de las posibilidades de hacer ciencia o incursionar en el deporte o en el arte, para que el país trascienda fronteras en todas las disciplinas.
Pero las problemáticas parecen acentuarse, en un país donde al menos el 85% de la tierra está en manos de solamente 2,5% de la población, autenticando los siete millones de hectáreas regaladas en el pasado, a las amistades del partido. Teniendo una inversión por debajo del promedio regional (como porcentaje de PIB) en educación, un sistema de salud desorientado y un esquema de producción desfasado.
Parece ser que la única carta de salvación, para las 1.800.000 personas con empleo informal (de mayoría que no llega al sueldo mínimo) y para las 240.000 sin ocupación laboral alguna, es la utópica industrialización masiva, aprovechando el superávit de energía y materia prima. Pero ese supuesto tiene decenas de barreras, todas ellas estructuradas por la mediocre y malintencionada clase política dominante, a lo largo de esta inacabable transición a la democrática.
Es innegable que la energía hidroeléctrica ha sido y seguirá siendo, por unos años más, un importante recurso de oportunidades para la economía paraguaya. En el caso de Itaipú, se ha llegado a un nuevo momento, capaz de consolidar nuevas bases para ese país soñado, pero, una vez más, se coincide con gobernantes que no transparentan sus intenciones y sus acciones; mucho menos son capaces de aceptar una participación minúscula de los distintos sectores, como si de un negocio familiar se tratará.
Se sabe, por el momento, que hay una negociación en torno a la tarifa de Itaipú (con el país vecino), con lo que pueden aparecer nuevos fondos para inversiones, pero resulta ser que el uso de esos posibles nuevos valores será a criterio de un pequeño grupo, que, a su vez, integra a partidarios que, por ejemplo, están imputados por corrupción o vinculados a extensos casos de nepotismo y que, además, dicho grupo controla prácticamente todos los poderes e instituciones del estado.
Todas esas peligrosas combinaciones, entre otras, nos llevan a la pregunta sobre si será Itaipú para unos pocos o lo será para todos, teniendo muy en cuenta las inmensas necesidades que existes en el injusto país y que, en contrapartida a la situación, el gobierno actual ha mostrado que le interesa más ayudar al entorno y perseguir a los críticos ante su forma de gobernar.
Debe entenderse que la generación de nuestros padres es una de luchadores que sobrepasó obstáculos, sin hospitales, sin escuelas, sin voz, sin dignidad, en su gran mayoría. Hoy, muy probablemente enfermos y resignados, esperan un mejor futuro para sus hijos y nietos. Es una obligación natural, involucrarse, en la medida que se pueda; organizarse en el sentido necesario, para concretar un desarrollo país, verdaderamente para todos y todas.
Itaipú, que recientemente alcanzó el récord de 3.000 millones de MWh de energía generada, con deuda cero ante las entidades financieras, es 50 % paraguayo y cada ciudadano o ciudadana tiene, hoy día, el derecho a opinar, el derecho a reclamar (más allá del tema tarifario) y el derecho a impactar en el cambio, para avanzar hacia el verdadero desarrollo.