Un gran dilema en Villarrica

El dilema de la Terminal de Ómnibus de Villarrica no pasa por los fondos ejecutados ni por la calidad de la infraestructura. Está en la reorganización integral del tránsito urbano, que será imprescindible para que la nueva estación de buses funcione sin colapsar el ya saturado microcentro de la capital guaireña.

Nadie discute que Villarrica necesita con urgencia una terminal moderna, segura y digna. La antigua infraestructura era una postal del abandono: deteriorada, insegura y absolutamente inadecuada para una capital departamental. La nueva responde a una necesidad largamente postergada y, en términos edilicios, representa un avance innegable.

Sin embargo, el debate que durante años frenó la concreción del proyecto cobra hoy mayor vigencia, cuando la inauguración se encuentra cada vez más cerca. No se trata solo de construir una terminal nueva, sino de decidir dónde y cómo integrarla al entramado urbano sin generar nuevos problemas mayores a los que se buscaba solucionar.

El punto más sensible es el acceso desde el boulevard Bicentenario por la calle Gregorio Benítez. Por allí deberán circular grandes ómnibus, incluidos los de larga distancia e internacionales, obligados a atravesar una de las zonas más congestionadas de la ciudad, en las inmediaciones del Mercado Municipal Nº 1, con tránsito intenso y actividad comercial permanente.

Casillas improvisadas, puestos comerciales ocupando veredas e incluso parte del pavimento convierten la circulación en un cuello de botella diario. Pensar en el ingreso constante de buses de gran porte sin una intervención profunda equivale a trasladar el problema de la vieja terminal a la nueva.

La operatividad de la terminal exigirá no solo semáforos, señalizaciones y desvíos, sino decisiones políticas firmes. Ordenar el tránsito implica también ordenar el espacio público, históricamente evadido por el costo político que conllevaría enfrentar ocupaciones irregulares y prácticas naturalizadas en el centro urbano.

Estos elementos explican por qué chocaron durante tanto tiempo dos visiones: reconstruir la terminal en el mismo corazón de la ciudad o trasladarla fuera del microcentro, donde el crecimiento urbano aún es maleable y las calles permiten una planificación más racional. Se optó por la primera alternativa, pero sin resolver el caos.

La nueva terminal puede convertirse en un símbolo de progreso o en un nuevo foco de desorden urbano. Todo depende de si las autoridades están dispuestas a resolver el dilema, porque la obra no termina con el corte de cinta.

siro.benitez@abc.com.py

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