…y un quemado

Nuevamente a Marcelo Martinessi, renombrado director de cine, le cupo la ocasión de honrar al Paraguay. Como otras veces, los artistas e intelectuales lavan la cara que los políticos se encargan de ensuciar.

Hace unos días, la película “Narciso” se alzó, en la afamada Berlinale, con el acreditado Premio FIPRESCI, otorgado por la crítica internacional. Nada menos. El film está basado en la novela de Guido Rodríguez Alcalá. A los dos talentos –director y autor literario- se unen conocidos artistas y técnicos nacionales. Todos juntos, hicieron una obra de arte cuyo tema nos remite a uno de los tiempos más oscuros de la dictadura.

El personaje central de la obra se llama Narciso detrás del cual se esconde el protagonista real de la historia, Bernardo Aranda. Guido evocó al personaje mitológico griego quien, al ver reflejado su rostro en el agua, se vio muy hermoso y se enamoró de sí mismo. Enamorarse de sí mismo, dijo Oscar Wilde, es el inicio de un largo idilio. Y Bernardo Aranda llevó ese idilio hasta el final trágico de su vida. Era bien parecido y lo sabía y lo explotaba. Mujeres y varones se gustaban de él. A más del físico, elaboró una imagen con talento y cinismo que le hacía muy popular y querido. Utilizó la radio y los espectáculos públicos para extender su obra más acabada: él mismo. Y se enamoró de esa obra. Podía llamarse también Pygmalión, que se enamoró de una estatua esculpida por sus manos. Esta historia llevó al teatro el genial Bernard Shaw. En cine se conoció como “Mi bella dama”, un musical para el recuerdo.

Bernardo Aranda, el Narciso o Pygmalión, terminó de la peor manera. En la madrugada del 1 de setiembre de 1959 se lo encontró en su pieza con el cuerpo calcinado, tanto que no se pudo identificarlo. Nada reconocible quedó de él, solo la deducción porque era su habitación ubicada en el mismo predio de la radio donde trabajaba, Radio “Comuneros”, en barrio Obrero, propiedad del también muy popular Juan Bernabé.

No fue el final de Aranda. En la desgracia estuvo pegado su nombre en otros hechos escandalosos alimentados por la intervención policial y la retorcida conducta de la gente.

La policía, sin ningún dato cierto, dedujo que se trataba de un caso relacionado con la homosexualidad. Entonces una activa redada policial dio con el apresamiento de 108 varones a quienes se los tenía por homosexuales. La revista “Ñande” sintetizó el alboroto, que alcanzó nivel nacional, con este título en primera: “108 y un quemado”. Pronto esta cifra se cuadriplicó y se utilizó para el insulto.

Yo trabajaba en el diario “El Independiente” donde cada día llegaban listas con nuevos nombres. Era la distracción malsana de muchas personas. No había información oficial. En la calle ya se sabía, o se creía saber, quiénes eran los autores y sus cómplices. Se nombraba con insistencia a un embajador de los Estados Unidos y al dueño de la radio.

La dictadura no se limitó a investigar con quién o quiénes frecuentaba la víctima. Por eso nunca se llegó a los autores. Aprovechó la ocasión para exponer a los homosexuales de forma que se los castigara con el desprecio público, tal como había sucedido. Se llegó al extremo de humillar a los citados obligándolos –“en consideración a mi familia”- a desmentir que fueran “108”. La desmentida solo sirvió para mucha gente como la confirmación de la “verdad” policial.

La dictadura consiguió su propósito de instalar el escándalo y el miedo. Luego fue por otros: aterrorizó a los jóvenes que tenían el cabello largo, de moda entonces. Sacó a los policías con tijera en mano para rasurar a los “delincuentes” donde se encontrasen: en las calles o a la salida del cine o una fiesta. Impuso el “recorte cadete” como expresión de hombría de la raza guaraní.

alcibiades@abc.com.py

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