Gregorio Gómez

El poeta y dirigente campesino Gregorio Gómez acaba de lanzar “Purahéi Pyenda” (Edit. Servilibro) en el idioma que ama y maneja con maestría, el guaraní, que le sirve para expresar sus ideas, pensamientos, sentimientos, alimentados desde su antigua experiencia de agricultor que ha padecido la dictadura de Stroessner. Tiene también poesías en castellano con la misma temática social y el mismo estilo. El libro lleva prólogo del periodista y poeta, Mario Rubén Álvarez.

Los versos de Gregorio están indisolublemente unidos a los sufrimientos de sus compañeros en el sueño de una vida mejor mediante la ayuda mutua, la solidaridad, la práctica de la doctrina cristiana. Con esta intención se organizaron en torno de una entidad que habría de sonar con fuerza en el país y en el exterior: Ligas Agrarias Cristianas. Nacieron en 1960, en Santa María, Misiones. Fue a raíz del despojo que sufrieron los pobladores de su campo comunal. El atropello vino de manos de un político influyente de la zona.

Este hecho, que dañó gravemente la economía de los vecinos, fue la inspiración, el punto de partida, para que los pobladores asumieran su indefensión, salvo que se unieran.

Uno de los objetivos más claros de las Ligas –leemos en “En busca de la tierra sin mal”, de los sacerdotes Meliá, Caravias y Munarris– era agrupar a los campesinos y formarlos para que tomaran conciencia de su situación y buscaran soluciones a sus problemas. La forma organizada de la solidaridad campesina era uno de los objetivos intuidos en forma compartida”.

El proyecto, concentrado en Misiones, prendió rápido también en otras regiones. Los resultados de “vivir como hermanos” eran atractivos. Permitían a los agricultores, por ejemplo, adquirir los artículos de primera necesidad a un precio muy inferior en los almacenes comunitarios; la ayuda mutua se materializaba en la construcción de viviendas; el uso común de las tierras; los niños aprendían más y mejor en las escuelitas de las Ligas; los mayores recibían enseñanzas de sacerdotes y laicos especialistas en los temas campesinos. Estas y otras realizaciones llegaron también a la colonia de San Isidro de Jejuí, en el distrito de Lima, departamento de San Pedro.

A Gregorio lo conocí personalmente apenas caída la dictadura, en 1989. Me visitó en el diario para que le publicara un documento de la recién formada Asociación Campesina San Isidro de Jejuí, dirigido a las autoridades judiciales y administrativas. Fueron los primeros pasos que durarían 43 años en la búsqueda de justicia consistente en la titulación de los terrenos por los que ya habían pagado en su totalidad, pero que el entonces Instituto de Bienestar Rural los había vendido a terceras personas. Fue otra de las formas de castigar a las familias que habían cometido “el error” de buscar una vida más libre de las perversidades de la dictadura.

¿Qué había sucedido? Que a las cuatro de la madrugada del sábado 8 de febrero de 1975, unos 70 soldados, a las órdenes del coronel José Félix Grau, asaltaron la colonia Jejuí. En esos momentos se encontraban en el sitio –desde hacía unos días– los norteaméricanos monseñor Roland Bordelón, director regional para Sudamérica de Catholic Relief Service; también el señor Kevin Calahan, director del Programa del citado organismo de asistencia. Ambos fueron apresados y llevados a Investigaciones de la Policía de la Capital sin que se les permitiera comunicarse con su Embajada. Al Padre Braulio Maciel, sacerdote de la colonia, lo hirieron con arma de fuego. Detuvieron a 120 colonos, incluyendo a mujeres y niños. Destruyeron plantaciones de poroto, arroz, soja, huertas, viviendas, galpones para animales. En estos sufrimientos se asienta la poesía de Gregorio.

Con las gestiones perseverantes, en 2013 se obtuvieron los títulos de propiedad de 182 hectáreas de las ya expróspera colonia que se alza como una de las expresiones de los padecimientos campesinos.

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