La ruptura entre el ministro de Urbanismo, Juan Carlos Baruja, y la gobernadora de Paraguarí, Norma Zárate de Monges, expuso reclamos de varias cocineras que denunciaron que no se les confirmó la continuidad de sus contratos. A estas críticas se sumó el diputado Héctor “Bocha” Figueredo, señalando supuestas irregularidades en el manejo del programa. Lo preocupante no son solo los contratos; es que estas denuncias revelan cómo la política puede anteponerse a necesidades básicas.
Muchos de los que hoy alzan la voz conocían desde hace tiempo las versiones de que las empresas adjudicadas terminaban tomando decisiones políticas sobre quién podía ser contratada como cocinera. La gobernadora, por su parte, aclaró que la selección del personal corresponde a la empresa adjudicada, Ladero Paraguayo SA, cuyo representante legal es Luis Jean Pujol, y lamentó que el programa social se utilice como un “garrote político” en el marco de las próximas elecciones municipales.
Este escenario no es nuevo. La historia de los programas sociales en Paraguay muestra un patrón repetido: iniciativas diseñadas para atender necesidades básicas terminan convirtiéndose en herramientas de control político. Primero se quitó la gestión a las municipalidades, luego se centralizó en las gobernaciones, y ahora la discusión gira más en torno al poder político que a la alimentación escolar.
Cuando un programa destinado a garantizar la alimentación de los niños se convierte en escenario de disputas políticas, su propósito se diluye. No se trata solo de contratos o favoritismos: se trata de niños que dependen de esa alimentación para estudiar, crecer y desarrollarse. El hambre no es solo física; también es hambre de oportunidades, de justicia y de equidad.
Si la política sigue por encima de la necesidad social, el mayor riesgo es que un programa creado para combatir el hambre termine debilitado por el “hambre” de poder de los propios políticos.
Hambre Cero debería ser un derecho, no un premio político. Y mientras los políticos sigan “hambrientos” de poder, quienes realmente sufren seguirán siendo los mismos de siempre: los niños.
emilce.ramírez@abc.com.py