Esta situación no es nueva, pero cada vez resulta más evidente y preocupante. El caso de Laureles vuelve a encender una alarma que hace tiempo viene sonando. La denuncia de los pobladores sobre la influencia de un precandidato colorado en los cambios dentro del puesto de salud deja al descubierto un patrón peligroso.
No se trata solo de una sospecha aislada, sino de una práctica que parece naturalizarse en varias comunidades. El manoseo político de las instituciones públicas refleja una cultura de poder que prioriza lealtades partidarias por encima del bienestar ciudadano. Esto genera desconfianza en la población y debilita el sistema sanitario. Lo más grave es que quienes pagan las consecuencias son los más vulnerables.
Resulta contradictorio que, mientras se niegan estas acusaciones desde las autoridades sanitarias, las mismas figuras aparezcan vinculadas a actividades proselitistas. La imagen del director regional participando activamente en campañas políticas erosiona la credibilidad institucional, el solo hecho de esa cercanía genera sospechas legítimas.
La salud no puede tener color partidario ni responder a simpatías políticas. Si antes esto no ocurría, como afirman los pobladores, entonces estamos ante un retroceso alarmante. Este tipo de prácticas fractura la equidad y pone en riesgo vidas humanas. Es una señal clara de que algo se está haciendo muy mal.
La situación se agrava aún más si se considera el aislamiento geográfico de Laureles. A más de 100 kilómetros de Pilar y sin caminos de todo tiempo, el acceso a la salud ya es de por sí limitado. En contextos así, cualquier irregularidad se magnifica y sus consecuencias pueden ser fatales. Permitir que la política interfiera en estas condiciones es una irresponsabilidad inadmisible.
Por su naturaleza, la salud debería estar blindada contra estas prácticas. Sin embargo, la falta de controles y la complicidad silenciosa permiten que el sistema se degrade. Es urgente recuperar el valor de la función pública como servicio y no como herramienta de poder. De lo contrario, la ciudadanía seguirá perdiendo.
Laureles no es un caso aislado, sino un reflejo de una enfermedad más profunda. Y como toda enfermedad, necesita diagnóstico, tratamiento y, sobre todo, voluntad de curarla.
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