Tiempo concebido históricamente como de recogimiento. En Paraguay, está asociado además con tradiciones muy profundas, donde conviven lo religioso con la chipa, el silencio en Viernes Santo y los viajes al interior. Mal que nos pese, estas costumbres como que se desordenaron con la movilidad masiva.
Para muestra, basta un botón. O las cifras de la Patrulla Caminera. Entre el 31 de marzo y el 5 de abril, se registraron 41 siniestros viales, con 7 fallecidos y 29 heridos. La estadística señala una ligera reducción en relación a años anteriores, que ya es algo.
Se informa igualmente de 711 procedimientos, en los cuales fueron demorados 87 vehículos por diferentes infracciones. Algunos corresponden a gente “farreando” encima de puentes. Inconductas persistentes, que demuestran que no todo pasa por el control, sino por la falta de educación.
En otros registros, se realizaron más de 447 pruebas de alcotest, dando 29 positivo. No nos engañemos por la cifra en apariencia baja, un solo ebrio al volante puede destruir una familia entera. La de él y la de cualquiera que se cruce en su camino.
Las cifras continúan señalando 79 casos de adelantamiento indebido, factor repetido de accidentes. Aquí, habría que demorar también a los vehículos que no están en condiciones para transitar en una ruta. Y se refleja una vez más el descreimiento hacia las normas, que se consideran más una opción que una obligación.
Más de 400 agentes desplegados en las rutas clave como la PY01 y PY02, con mayor intensidad de tráfico. Porque claro “para conocer mi pequeña nación, debes recorrer ruta 1 y ruta 2”. Ambas caóticas por el flujo, sobre todo el domingo de Pascuas.
Misma cosa la terminal de buses de Asunción, con más de 180.000 personas que se movilizaron esa semana. La precariedad no puede contra la necesidad de desplazarse.
Aún con tanto control, la mayoría de los accidentes son a causa de factores humanos. Y tal vez sea eso, a final de cuentas, lo que nos deja esta Semana Santa: una oportunidad desperdiciada de ser coherentes entre lo que decimos valorar y lo que efectivamente hacemos. Porque la espiritualidad, si existe, debe empezar por reflejarse también por la forma en que nos comportamos en el camino.