Como todos los domingos, fuimos a comprar el diario. Una rutina que habíamos interrumpido por distintos motivos por un par de semanas y que ahora retomábamos. El puesto de don Damián está ubicado estratégicamente en el paseo central de la Avenida Brasilia, y hacia allí nos dirigimos.
Como usuario frecuente de plataformas de transporte en Asunción, y comparando el servicio con el que se recibe afuera, es inevitable preguntarse qué justifica tanta diferencia. Lo que empezó hace pocos años como una alternativa moderna, cómoda y económica, terminó en un sistema desordenado donde el pasajero queda muchas veces a merced de la suerte.
La expresión no precisa de mayores explicaciones y la usamos de tanto en tanto, mayormente en forma acertada. Hurgando en Wikipedia, nos enteramos de que su origen -por lo menos literario- se remonta al siglo 19. En ese entonces, un escritor llamado William Thackeray escribió en una de sus obras que determinado fallecido sentiría profundo enojo o disgusto ante cierto hecho actual, incluso capaz de generar en el muerto una reacción del tipo“roll over in their grave”.
Hay que reconocer que tiene su fama bien ganada. Es el día de la semana “que se reserva” para respirar, reunirse, comer en familia o sencillamente plantarse frente al televisor a ver cómo otros corren, chutan o aceleran. Y un montón de cosas más, según el gusto de cada quien. Una jornada que, en teoría, debería terminar con un gusto agradable y la sensación de haber vivido algo bueno. En teoría.
El Parque Guazú Metropolitano no es solamente uno de los pulmones verdes más importantes de Asunción. Declarado Área Silvestre Protegida -Ley 6941/22- gracias al empeño de gente que durante años defendió este espacio, representa también una victoria sobre ciertos sectores que a toda costa querían ceder una parte significativa de su superficie. Su protección por ley nacional tuvo sabor a victoria, pero esta lucha está lejos de haber terminado.
Estos días que pasaron dejan más que lindos recuerdos compartidos en las redes y a los parientes del interior con las heladeras vacías. La pausa también invitó a la introspección, a pasar tiempo de calidad y, en teoría, a la prudencia. Al mismo tiempo, fue como una especie de espejo social. Un espejo que no refleja lo que quisiéramos ver.
Como que nos cuesta entender los mensajes que vienen del Gobierno. Hace menos de un año, con una economía que -supuestamente- se promocionaba como la de mayor crecimiento de la región y con la inflación por buen camino a ser controlada, todo eran alabanzas y autoproclamaciones de un venturoso devenir. De pronto, el escenario cambió. Radicalmente. Resulta ser que la caja fiscal está a pocos años de colapsar y el gasto público debe ser recortado drásticamente. Sin embargo...
El tema surgió, entre tantos otros, en medio de la reunión de amigos. Esas reuniones en las que se habla de mil cosas, se comentan los acontecimientos con mayor o menor pasión y se ponen sobre la mesa los temas más dispares, que provocan algunas veces mucha, y otras, poca adhesión entre los presentes.
Hace un par de días celebramos, como cada último sábado de febrero, el Día Nacional del Tereré, declarado por la Secretaría Nacional de Cultura para honrar una de nuestras costumbres más arraigadas. No es una celebración estridente ni requiere de un ceremonial. Se festeja por y como lo que es: compartiendo en una ronda, cebando con paciencia hasta que nos toque el turno y disfrutando la conversación, como también el silencio.
