Lo que nos dejó el domingo

Hay que reconocer que tiene su fama bien ganada. Es el día de la semana “que se reserva” para respirar, reunirse, comer en familia o sencillamente plantarse frente al televisor a ver cómo otros corren, chutan o aceleran. Y un montón de cosas más, según el gusto de cada quien. Una jornada que, en teoría, debería terminar con un gusto agradable y la sensación de haber vivido algo bueno. En teoría.

Algunos lo dedican al asado, otros al fútbol, y algunos más, a siestas tan interminables como injustificadas. También es el día de los eventos al aire libre, donde la gente se reúne formando multitudes. Y en esas ocasiones es que, a veces, el domingo muestra su otra cara.

Sin ir más lejos, ayer fue uno de esos domingos en que como que nos surgen preguntas sin encontrar respuestas, y un par de imágenes incómodas que se empecinan en borrar los recuerdos felices.

En Argentina, durante el circuito de un rally un vehículo perdió el control y fue a dar contra el público. El resultado: una persona muerta, varios heridos, escenas tristes y caóticas y la genial pregunta de siempre: ¿por qué la gente se arriesga tanto para ubicarse en lugares de riesgo? No es la primera vez, ni será la última.

Pero ahí están, filmando con el celular, ubicados a metros de donde tienen que pasar los bólidos por caminos de tierra. Un hambre a ese vértigo y adrenalina que, lastimosamente, se paga muy caro en ocasiones.

Por aquí, el clásico Olimpia-Cerro prometía bien: pasión, rivalidad, fútbol con mayúscula. Lo entregado fue distinto. Incidentes violentos, bochorno, una jornada con más partes policiales que análisis deportivos. Tanta expectativa acumulada durante la semana, tanta bonanza para gente que vive de eso, para terminar en este cuadro patético de nuestra realidad sociocultural.

Y vamos a un tercer cuadro del mismo domingo: Ocurrido en Caapucú y totalmente distinto a los dos primeros casos. Un camión transportando ganado vacuno perdió el control y terminó volcando en una cuneta profunda. Unos quince o veinte vacunos resultaron muy dañados y el dueño autorizó el sacrificio. El Intendente apareció, convocó a los cuchilleros disponibles y organizó la faena en el mismo lugar. La carne fue distribuida aleatoriamente entre la población, sin distinción de bandería política, lo que se informó con indisimulado orgullo.

Tres hechos sin relación entre sí, que pintaron el domingo de distintos colores: el rojo del descuido, el gris del espectáculo frustrado y, curiosamente, algo parecido a un ocre que -al margen de las circunstancias- al menos tiene el tinte de una solidaridad improvisada.

En lo personal, si me dieran a elegir -salvando el sufrimiento que pudieron haber padecido los animales- me quedo con Caapucú. Allí nadie planeó nada, todo resultó mal y, aun así, algunos salieron gananciosos. A veces, los domingos nos dan estos regalos.

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