Payo Cubas, pudo ser y no fue

La expulsión de Payo Cubas del Senado, tras haber protagonizado una clara acción violenta de uso indebido de su influencia parlamentaria, nos deja una sensación de decepción y lástima. Al ser electo senador representaba la llegada a los círculos del poder de una nueva generación de políticos, con una carga de esperanza de cambio en la dirección correcta. Ahora, todo fue al tacho de basura.

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Payo pertenece al batallón de jóvenes que lucharon contra la dictadura stronista, pusieron el pecho, fueron perseguidos y persistieron en su ideal de una patria mejor para nuestro sufrido pueblo. Tras la caída de la dictadura, el joven rebelde incursionó en la política creando su propio movimiento, Cruzada Nacional, hasta obtener, en las últimas elecciones, nada menos que un curul en la Cámara de Senadores.

Constituye una premisa universalmente admitida que el poder, habitualmente, ocasiona mareos en los que logran ocupar puestos públicos de importancia. Localmente, se ha registrado dicho fenómeno con los entonces presidentes Duarte Frutos, Lugo y Cartes, quienes pisaron sobre sus palabras y olvidaron muchas promesas hechas una vez instalados en el sillón de los López.

Con Payo sucedió algo similar. Apenas ocupó su banca en el Senado, empezó a realizar acciones insólitas como derramar agua a un colega en medio de una sesión legislativa, agredir físicamente a un empleado de seguridad, proponer que se cuelgue en una plaza pública al Presidente de la República y, hace algunos días, dar un akãpete a un policía, patear una patrullera y atropellar una comisaría del interior.

Cubas ya había sido sancionado en dos ocasiones con suspensiones temporales, sin goce de sueldo, por sus acciones de inconducta. Con el nuevo escándalo, se venía una tercera sanción, sin lugar a dudas, y fue la más drástica: pérdida de investidura y, en consecuencia, expulsión de la Cámara de Senadores.

Mucha gente, sobre todo en las redes sociales, manifestó su estado de estupor y de lástima por la grave sanción al ahora exsenador pero, al mismo tiempo, estuvo de acuerdo en que no había otra salida porque el político sobrepasó la raya de la cordura y protagonizó acciones de violencia y apología del delito, que no son compatibles con ningún ciudadano respetuoso de las leyes.

Las acciones de Payo constituyen una clara constatación de las contradicciones, ideales y limitaciones de los seres humanos. Habitualmente, todos tenemos grandes ideas con respecto a la sociedad modelo que anhelamos, criticamos con dureza a las autoridades negligentes y corruptas, pero cuando asumimos algún nivel de poder, nos empiezan a aparecer los defectos propios, las equivocaciones, el acoso del nepotismo y las tentaciones de incrementar los ingresos particulares a costillas del Estado.

Payo tenía los méritos suficientes, por sus antecedentes de joven luchador por la democracia, para ser un buen senador pero, estando ya dentro de la cancha, no pudo controlar su temperamento, su nerviosismo le indujo a acciones inaceptables, su sed de justicia lo llevó a atropellar a autoridades e instituciones y su impaciencia incluso lo empujó a amenazar de muerte a otras personas.

Es una gran verdad que, tanto en el Senado como en Diputados, hay cuestionadas figuras, acusadas de graves delitos, que no deberían estar en el Parlamento sino en la cárcel, pero eso es harina de otro costal. Lo que está mal no puede arreglarse con acciones violadoras de la ley.

Lo extrañaremos a Payo en las sesiones del Senado, porque decía muchas verdades que los políticos y autoridades no querían oír, pero cruzó el límite de la legalidad y recibió el castigo correspondiente. Ahora que volvió a ser un ciudadano común, tal vez reflexione sobre lo que ha hecho, la calma le imponga mayor madurez y en los comicios del 2023 tendrá una segunda oportunidad, si llega a esa fecha con la lección aprendida.

ilde@abc.com.py

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