La hipótesis de los “seis grados de separación” no nació como eslogan publicitario: surgió de trabajos matemáticos y experimentos sociales que, sin proponérselo, anticiparon el tipo de red que haría posible el crecimiento explosivo de plataformas como Facebook.
El origen moderno de la idea suele situarse en 1967, cuando el psicólogo Stanley Milgram realizó su famoso experimento del “mundo pequeño”.
Milgram pidió a participantes en Estados Unidos que hicieran llegar una carta a un destinatario final que no conocían, enviándola únicamente a alguien que sí conocieran y que, según su criterio, pudiera acercarla al objetivo.
El resultado, con todas sus limitaciones metodológicas, se volvió icónico: muchas cadenas exitosas rondaban los seis pasos.
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La conclusión era potente: incluso en una sociedad extensa, unos pocos “puentes” sociales pueden acortar distancias drásticamente.
Explicación matemática
La explicación matemática de por qué eso puede ocurrir llegó después con mayor precisión. En los años 90, el modelo de redes de “mundo pequeño” popularizado por Duncan Watts y Steven Strogatz describió un fenómeno clave: basta con que una red tenga mucha agrupación local (círculos cercanos de amistades) y unos pocos enlaces largos (conexiones que saltan entre grupos) para que la distancia promedio entre personas se desplome.
En otras palabras, no hace falta que todos estén conectados con todos; alcanza con algunos atajos.
Facebook, lanzado en 2004, prosperó exactamente sobre esa arquitectura social. La plataforma no inventó la sociabilidad ni los vínculos débiles, pero sí los midió, los mostró y los activó.
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Al digitalizar relaciones y hacerlas visibles —la lista de amigos, los contactos en común, las redes universitarias y laborales—, convirtió en interfaz lo que la teoría ya sugería: la conectividad humana es una infraestructura lista para escalar.
El “éxito predicho” por los seis grados no se reduce a una cifra; es un mecanismo. Una red en la que casi cualquiera está a pocos saltos de casi cualquiera tiene ventajas competitivas claras: crece rápido (porque encontrar a alguien conocido es probable), retiene usuarios (porque el valor aumenta con cada nuevo nodo) y facilita recomendaciones.
Funciones como “Personas que quizá conozcas” explotan la misma lógica: si dos usuarios comparten suficientes vecinos, hay alta probabilidad de que pertenezcan al mismo tejido social y de que un nuevo enlace sea plausible.
En términos de teoría de grafos, se trata de aprovechar la densidad de triángulos y la cercanía en la red para sugerir conexiones.
Un “mundo pequeño”
Con el tiempo, estudios con datos digitales —incluidos análisis publicados por investigadores vinculados a la propia plataforma— reforzaron la intuición del “mundo pequeño”: en redes masivas, la distancia media tiende a ser baja.
Pero esa constatación convive con una advertencia: que existan caminos cortos no significa que la información circule de forma neutral. Los mismos atajos que conectan también pueden amplificar desinformación, polarización o campañas coordinadas.
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Aun así, la historia detrás de los seis grados ofrece una perspectiva reveladora sobre la tecnología contemporánea. Facebook no fue solo un producto ingenioso; fue, en gran medida, la industrialización de una propiedad matemática de las relaciones humanas.
La teoría no anticipó el diseño exacto de una red social, pero sí el tipo de mundo en el que una plataforma así podía volverse inevitable: uno donde casi todos estamos, sorprendentemente, a unos pocos pasos de distancia.