Según expertos consultados, esa falta de conversación pública y privada complica el duelo sobre los abortos espontáneos y abre el camino a la desinformación, la banalización y las supersticiones, como atribuir lo ocurrido a la “mala suerte” o al “destino”, según se lee en El País, de España.
Una realidad global poco visible
Aunque no siempre se conoce con exactitud la causa concreta de cada pérdida, los especialistas insisten en que el aborto espontáneo no es un fenómeno puramente azaroso.
Cristina Trilla, jefa de la Unidad Funcional de Pérdidas Reproductivas del Hospital Sant Pau de Barcelona, lo resume así: “Un aborto no pasa porque sí. Otra cosa es que no siempre se planteen estudios diagnósticos para saber el motivo. Y de ahí salen mitos e ideas preconcebidas”.
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La dimensión del fenómeno es elevada: un estudio publicado en The Lancet en 2021 estima que cada año se producen 23 millones de abortos espontáneos en todo el mundo, lo que equivale a 44 pérdidas de embarazo por minuto.
El duelo oculto: culpa, incomprensión y sesgo de género
Virginia de Vega, enfermera de 38 años, vivió cuatro abortos espontáneos, todos en el primer trimestre. “Me sentía superfracasada como mujer. Me preguntaba: ¿Qué está mal en mí que no consigo mantener a mis hijos con vida?”, relata al medio español.
En su experiencia aparecen elementos que, según los expertos, se repiten con frecuencia: la culpa, el desconocimiento social, la minimización del dolor y el sesgo de género en la atención sanitaria.
De Vega explica que, tras un primer aborto complicado, durante su baja laboral una médica escribió “trastorno de histeria”, un concepto médico desterrado desde hace años.
En el plano social, cuando comunicó la pérdida, recibió respuestas que percibió como invalidantes: “Me decían que eso le pasaba a muchas, que no me preocupara o que casi mejor ahora que en el parto. Pero todo eso solo invalidaba mis sentimientos”.
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Su conclusión fue de soledad e incomprensión: “La gente no le da importancia. Como es una pérdida que no se ve, no se valora. Se minimiza el dolor. Nadie nos considera madres”.
Pérdidas tempranas: invisibles y sin datos
Diana Marre, antropóloga de la salud e investigadora del grupo AFIN de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), lleva años estudiando el abordaje de estas pérdidas.
“La pérdida en el primer trimestre es invisible y silente en todos los sentidos”, afirma. A diferencia de las pérdidas del tercer trimestre —que, según indica, han ido ganando visibilidad y cuentan con protocolos de acompañamiento al duelo perinatal—, en torno a los abortos espontáneos tempranos persiste “una profunda soledad”.
Marre subraya un problema adicional: ni siquiera se conoce con precisión cuántos abortos espontáneos se producen. “Y si no hay datos, no hay visibilidad, ni recursos, ni políticas”, advierte.
Riesgos y creencias: entre la normalización y el pensamiento mágico
El imaginario colectivo también condiciona la respuesta social. Una encuesta de opinión coordinada por la socióloga María José Rodríguez, de la Universidad de Alicante, y presentada recientemente en unas jornadas organizadas por la UAB, mostró que solo una de cada cuatro personas es capaz de identificar tres factores de riesgo de aborto espontáneo con base científica (como la edad materna avanzada o el tabaquismo).
Además, el 17% de los encuestados atribuye estas pérdidas a la “mala suerte” y el 6% al “destino”.
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Marre interpreta estos datos no tanto como “pensamiento mágico” aislado, sino como un efecto de la idea de que “esto es normal”: se normaliza tanto el aborto espontáneo que puede deteriorar la calidad de la atención.
En su análisis, que sea frecuente no significa que no deba estudiarse ni que las mujeres no requieran apoyo.
También critica un enfoque asistencial que, según expone, suele postergar estudios adicionales hasta que la mujer ha pasado por dos o más pérdidas tempranas.
Qué se sabe sobre las causas: genética y múltiples variables
La literatura científica estima que, detrás del primer aborto, en el 60% de los casos hay causas genéticas esporádicas, como anomalías cromosómicas incompatibles con la vida.
Sin embargo, cuando las pérdidas se repiten, Trilla señala que pueden intervenir múltiples factores: “malformaciones uterinas, trombofilias adquiridas, alteraciones hormonales, problemas inmunológicos o alteraciones en el semen de la pareja”, entre otros.
La ginecóloga describe la dificultad de señalar un único origen: el embarazo requiere que numerosos mecanismos se activen para la viabilidad del embrión, por lo que a menudo no hay un solo elemento responsable.
Trilla afirma que, cuando se investiga, en el 98% de los casos se encuentran causas o factores asociados, aunque la interpretación de los hallazgos es compleja.
Y advierte sobre los límites: se pueden identificar aspectos tratables para un futuro embarazo, pero no siempre es posible prometer que se hallará una causa o que la mejora de determinados factores garantice un embarazo exitoso.
Juanjo Espinós, presidente de la Sociedad Española de Fertilidad, coincide en esa incertidumbre: “Cada embarazo es un hecho único y no necesariamente tiene que ver con una gestación pasada o futura. Nosotros podemos hacer cosas para que el embarazo vaya a mejor, pero hay factores que no controlamos”.
Factores de riesgo: edad, hábitos y contexto demográfico
Los especialistas enumeran variables asociadas a un mayor riesgo de aborto espontáneo. Entre ellas, factores demográficos como la edad de la gestante: al aumentar la edad, crece el riesgo de trisomía 16, una anomalía cromosómica descrita como la causa más común de aborto.
También se citan como factores de riesgo un índice de masa corporal alto en la mujer o que el hombre tenga más de 40 años. A esto se suman hábitos y condiciones como fumar, el consumo de alcohol, el estrés o una ingesta elevada de cafeína.
Estos factores adquieren relevancia, señalan, en un contexto en el que las mujeres buscan ser madres cada vez más tarde y variables como la obesidad están en aumento.
Espinós añade que el significado social de una pérdida también ha cambiado: “Hace 50 años, cuando había relativa abundancia de embarazos e hijos vivos, las pérdidas fetales no se consideraban tan importantes. Ahora, en un contexto de baja fertilidad y que solo se quiere tener uno o dos hijos, que se pierda una gestación adquiere mucha importancia”.
Trilla coincide en el mayor impacto social actual, pero introduce el peso del sesgo de género para explicar el silencio persistente: sostiene que el impacto físico y emocional en la mujer siempre fue grande, aunque antes se restara importancia a los problemas de las mujeres.
“Si los hombres fueran los que abortaran, seguro que ya se habrían hecho muchos más estudios sobre el tema”, afirma, y sitúa el momento presente como una etapa de cambio, con demanda social de “más escucha”, “dar espacio” y “hacer estudios”.
Abortos recurrentes como “centinelas” de la salud
Trilla defiende que este tema “se ha tratado como una nimiedad”, pese a su impacto. En su explicación, los abortos de repetición son “centinelas de la salud de la mujer” porque pueden reflejar aspectos cardiológicos, endocrinológicos o inmunológicos, y también se relacionan con riesgos de depresión, ansiedad o suicidio.
Añade que los abortos recurrentes se han asociado con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y tromboembolismo venoso.
En este marco, la ginecóloga reclama hablar e investigar más, de forma integral, especialmente sobre causas y mecanismos.
También vincula conocimiento y duelo: “Al haberlo normalizado, se invisibiliza el duelo del primer aborto. No saber qué pasó en el primer embarazo crea mucha ansiedad. El hecho de tener una explicación ayuda en el proceso de duelo”.
Cuando llega el diagnóstico —y cuando no llega
Marta Gómez, de 38 años, pasó por tres abortos, los tres en las primeras 12 semanas de gestación. “Tras el segundo, a mí ya me parecía todo raro, pero me dijeron que hasta no tener tres no podían hacerme pruebas”, cuenta.
Tras el tercero, inició reproducción asistida y, después de múltiples estudios, llegó el diagnóstico: “tengo una translocación genética que hacía los embriones no viables”. Con esa información, pudo procesar lo ocurrido y buscar una solución mediante técnicas de reproducción asistida. Hace tres años dio a luz a su hijo, Álex.
Sin embargo, la incertidumbre no siempre desaparece. El año pasado, Gómez volvió a quedarse embarazada por reproducción asistida, pero en la semana 21 perdió a la niña que esperaba. No sabe por qué.
Sobre el silencio social, describe un patrón conocido: cuando comenzó a compartir su experiencia, surgieron testimonios cercanos similares. Su suegra y una amiga le contaron que también les había ocurrido. “Les dije: ¿Y esto por qué no nos lo contamos, señoras?”, recuerda.
Un problema frecuente, con ciencia detrás y necesidad de apoyo
Los expertos consultados coinciden en el diagnóstico social: la normalización y el silencio en torno a las pérdidas gestacionales tempranas favorecen mitos, dificultan el duelo y pueden retrasar estudios y apoyos.
Frente a la idea de la “mala suerte” o el “destino”, subrayan que hay ciencia, causas y factores implicados, aunque no siempre sea posible precisar el motivo exacto de cada caso.
En paralelo, reclaman más datos, más escucha y una atención que no minimice una pérdida que, aun siendo común, tiene un impacto profundo en la salud y la vida de quienes la atraviesan.
Fuente: El País