Qué es un tardígrado y por qué fascina a la ciencia
Los tardígrados —conocidos como “osos de agua”— son animales microscópicos (habitualmente entre 0,1 y 1 milímetro) con ocho patas y un cuerpo segmentado.
Viven en musgos, líquenes, suelos, sedimentos y también en ambientes acuáticos marinos y de agua dulce. Se han encontrado desde el Ártico hasta el trópico, y desde cumbres montañosas hasta fondos oceánicos.
La razón de su fama no es estética: es experimental. Desde hace décadas, los tardígrados figuran entre los modelos más extremos de supervivencia animal.
Su “superpoder” no es una fuerza mística ni una inmunidad universal: es una estrategia biológica concreta para atravesar periodos en los que el agua —el requisito básico de la vida tal como la conocemos— desaparece o se vuelve inaccesible.
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La clave no es la resistencia “activa”, sino la criptobiosis
Cuando el entorno se vuelve hostil (sequía, frío extremo, falta de oxígeno o alta salinidad), muchos tardígrados pueden entrar en criptobiosis, un estado en el que su metabolismo cae a niveles casi indetectables.
En el caso más estudiado, la anhidrobiosis (por desecación), el animal se contrae y adopta una forma conocida como “tun”: una especie de cápsula biológica.
En ese estado, procesos como el crecimiento, la reproducción o la actividad celular se detienen en gran medida.
Lo crucial es que no se trata de “no morir” por arte de magia, sino de evitar el daño que normalmente rompe tejidos y ADN cuando falta agua o la temperatura se desploma.
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Cómo protegen sus células: proteínas, vidrio biológico y reparación del ADN
La supervivencia tardígrada combina varias defensas, distintas según la especie:
Una es la vitrificación: parte del interior celular pasa a un estado parecido al vidrio, lo que inmoviliza estructuras y reduce reacciones químicas destructivas.
En lugar de depender solo de azúcares como la trehalosa —muy común en otros organismos resistentes— varias especies de tardígrados emplean proteínas específicas (incluidas proteínas intrínsecamente desordenadas) que estabilizan membranas y componentes celulares durante la deshidratación.
Otra barrera es la protección del material genético.
En especies como Ramazzottius varieornatus se describió una proteína llamada Dsup (por “damage suppressor”), asociada a una menor acumulación de roturas en el ADN frente a radiación en ciertos ensayos.
Más allá de un “escudo” único, la evidencia apunta a un conjunto de mecanismos: protección física, control del estrés oxidativo y capacidad de reparación una vez que el animal se rehidrata y “vuelve” a la vida activa.
¿De verdad sobreviven al vacío del espacio y a la radiación?
La idea de un animal capaz de sobrevivir al espacio exterior se volvió popular por experimentos en los que tardígrados fueron expuestos a condiciones de vacío y radiación.
Algunos individuos lograron sobrevivir, especialmente cuando no recibieron radiación ultravioleta extrema de manera directa o cuando hubo cierto apantallamiento.
Pero hay matices importantes para no caer en mitos: el vacío y la desecación se parecen en un punto crítico —la pérdida de agua—, y la criptobiosis ofrece una ventaja. En cambio, la radiación ultravioleta intensa sin protección puede ser rápidamente letal.
Sobre radiación ionizante, varios tardígrados toleran dosis muy superiores a las de mamíferos, pero eso no los hace invulnerables: hay umbrales, daños acumulativos y variabilidad entre especies y condiciones experimentales.
Temperaturas, presión y límites: no son inmortales
En el imaginario popular, el tardígrado “sobrevive a todo”. En el laboratorio se han registrado resistencias notables a frío extremo, a periodos prolongados de desecación y a presiones muy altas. También se han documentado tolerancias puntuales a calor elevado, aunque típicamente por tiempos cortos y con condiciones controladas.
Sin embargo, su biología no rompe las leyes de la vida: las confirma.
Si el daño supera la capacidad de protección y reparación —por calor sostenido, radiación directa intensa o tóxicos específicos— el tardígrado muere.
Lo extraordinario es lo estrecha que logra ser la frontera entre vida y no vida durante la criptobiosis, y lo bien que puede regresar cuando el entorno mejora.
Por qué importan: de la astrobiología a la biotecnología
El interés científico va más allá del asombro. Los tardígrados se han convertido en referencia para preguntas de alto impacto:
En astrobiología, ayudan a delimitar qué significa “habitabilidad” y qué condiciones pueden tolerar organismos multicelulares en periodos cortos. No prueban que la vida viaje entre planetas, pero sí ofrecen datos para discutir la resistencia biológica a entornos extremos.
En biotecnología y medicina, sus estrategias de estabilización celular inspiran líneas de investigación sobre conservación de vacunas, enzimas o células sin cadena de frío, y sobre cómo reducir daño por desecación o estrés oxidativo. La promesa no es “copiar” un tardígrado, sino aprender de sus soluciones moleculares.