La adicción no afecta por igual a todas las personas. Mientras algunos desarrollan un consumo problemático con rapidez, otros no se enganchan con la misma intensidad. En ese debate, entran en juego factores como la genética, la infancia y los circuitos cerebrales, un marco que ayuda a explicar por qué la vulnerabilidad no es idéntica en todos los casos.
Un caso que ilustra el inicio temprano del consumo
El hijo mayor de Juan (nombre ficticio) empezó a consumir cannabis con apenas 15 años. Dos años más tarde, con 17, inició lo que su entorno describe como un peregrinaje por unidades de conductas adictivas, un recorrido asistencial que marcaría el siguiente tramo de su vida, se lee en un informe de El País, de España.
A los 22 años, el joven ha sido atendido en numerosas ocasiones en la unidad de psiquiatría de su hospital de referencia por trastorno bipolar, patología dual e intentos de suicidio. En la actualidad, se encuentra ingresado nuevamente en estado grave, según el relato de su familia.
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Juan sitúa parte de las preguntas en el pasado. “Mirando hacia atrás, posiblemente nuestro hijo fue un TDHA (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) de libro, pero los colegios no estaban ni están preparados para detectarlo, así que posiblemente su recorrido ha sido TDHA, bullying, adicción al cannabis, bipolaridad”, apunta, dejando en el aire el resto de una reflexión que conecta los primeros años con el desarrollo posterior de problemas más complejos.
Un enfoque que apunta a múltiples factores
La historia reúne varios elementos —inicio temprano del consumo, contacto con recursos especializados y evolución hacia cuadros psiquiátricos graves— en un contexto donde se plantean explicaciones que van más allá de una sola causa, con la genética, la infancia y los circuitos cerebrales como ejes de comprensión del fenómeno adictivo.
Juan, integrante de Asepadual —una asociación que agrupa a familiares de pacientes con patología dual en toda España— también expone un elemento persistente: el estigma.
Asegura haber escuchado repetidamente que su hijo no deja el consumo por “falta de voluntad”. Frente a esa idea, plantea una comparación habitual en el debate público: mientras los trastornos mentales como la depresión se perciben como algo que “te toca”, la adicción se interpreta como una elección.
“Si bajo tu voluntad empezaste a consumir, bajo tu voluntad debes frenar dicha adicción, lo cual es imposible sin la ayuda necesaria”, sostiene.
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Qué dice la ciencia: la adicción como trastorno mental
La evidencia científica hace tiempo que dejó atrás la noción de la adicción —con o sin sustancias— como vicio o simple falta de autocontrol.
Se considera un trastorno mental, comparable en su naturaleza clínica a cuadros como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia. Sin embargo, la idea social de que “si no lo deja es porque no quiere” continúa vigente, un argumento que, como se suele señalar, resultaría impensable aplicado a la depresión.
En la práctica clínica se observa una variabilidad importante entre personas. Celso Arango, jefe del Servicio de Psiquiatría del Niño y del Adolescente del Hospital Universitario La Paz de Madrid, apunta que hay quienes consumen repetidamente sin desarrollar adicción y otras que, desde el primer contacto, no consiguen dejarlo.
En la misma línea, Néstor Szerman, del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, subraya el cambio de enfoque: durante años se interpretó el trastorno por uso de sustancias como un problema de conducta o de entorno, y no como una enfermedad mental y, por tanto, cerebral.
“La evidencia científica cada vez nos demuestra con más claridad que no es adicto quien quiere, que nadie quiere, sino quien tiene la predisposición para desarrollar la enfermedad”, afirma.
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Diferencias cerebrales tempranas y vulnerabilidad: lo que apuntan los estudios
Pese al avance del conocimiento, no siempre ha calado —ni socialmente ni entre parte de los profesionales médicos— la posibilidad de que existan diferencias cerebrales previas que aumenten la vulnerabilidad al consumo temprano y a la adicción.
Esas diferencias se vinculan a la genética y a experiencias vitales tempranas, especialmente las adversas.
Un estudio financiado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, con datos de casi 10.000 adolescentes, utilizó resonancias magnéticas para identificar características neuroanatómicas visibles a los 9-11 años asociadas con un inicio temprano del consumo de sustancias antes de los 15.
Ese inicio precoz se considera un marcador de mayor vulnerabilidad a sufrir adicción a lo largo de la vida.
Entre las diferencias descritas, se menciona:
- Una corteza prefrontal más delgada, que según Szerman podría implicar un “menor desarrollo” de regiones vinculadas al control de impulsos, regulación emocional, toma de decisiones e inhibición de conductas de riesgo.
- Un volumen global mayor y subcortical, que, de acuerdo con Szerman, podría relacionarse con rasgos como la búsqueda de sensaciones, mayor reactividad emocional y diferencias en el procesamiento de recompensa o memoria, factores que podrían favorecer conductas de riesgo.
Alex Miller, autor principal del estudio y profesor adjunto de psiquiatría en la Universidad de Indiana, advierte que estos hallazgos deben entenderse como marcadores probabilísticos, no deterministas.
Según explica, esas diferencias estructurales solo describen “una fracción” de lo que distingue a adolescentes que han consumido sustancias de quienes no lo han hecho, y no permiten determinar quién desarrollará problemas relacionados con el consumo.
Otra investigación, publicada recientemente en Nature Mental Health, halló que niños con antecedentes familiares de trastorno por consumo de sustancias ya muestran patrones distintivos de actividad cerebral que podrían reflejar predisposición a la adicción.
Más allá de la prevención, los especialistas señalan un obstáculo asistencial que afecta directamente a la recuperación: la atención no siempre integra adicciones y otros trastornos mentales, a pesar de que con frecuencia aparecen juntos.
Arango indica que en una proporción elevada las adicciones se presentan con depresión, trastornos de ansiedad, psicosis o TDAH, entre otros. Sin un tratamiento integrado de ambos problemas, advierte, la recuperación se dificulta.
Fuente: El País