BRP: nueva esperanza para controlar el apetito sin efectos adversos

Mujer se inyecta medicamento para bajar de peso.Shutterstock

Un equipo de Stanford identificó con inteligencia artificial un péptido natural —BRP— que en animales redujo peso actuando sobre el hipotálamo, el circuito cerebral del apetito. Según un informe de la Deutsche Welle, la vía podría recortar efectos como las náuseas asociadas a fármacos tipo GLP‑1.

La última ola de medicamentos para bajar de peso ha cambiado el panorama clínico de la obesidad. Inyecciones como Ozempic, Wegovy y Mounjaro han demostrado que es posible alcanzar pérdidas de peso considerables sin recurrir a cirugía, impulsando además un fenómeno de enorme impacto sanitario y comercial.

Concepto de fármacos para bajar de peso.

Pero esa eficacia también ha venido acompañada de límites conocidos: en una parte de los pacientes se reportan náuseas, vómitos, diarrea, dolor abdominal y estreñimiento, efectos que condicionan la adherencia y, con ella, la capacidad de sostener el descenso de peso.

En ese contexto aparece BRP, una molécula supresora del apetito de 12 aminoácidos identificada por un equipo de Stanford Medicine (California).

De acuerdo con un artículo de la Deutsche Welle (DW), el compuesto destaca por un posible rasgo diferencial: su acción se concentraría en el hipotálamo, una región clave en la regulación del hambre.

Qué hace distintos a los fármacos tipo GLP‑1

Los tratamientos hoy más extendidos imitan la hormona GLP‑1, una señal que participa en el control del apetito y otras funciones. Su efecto, sin embargo, no se limita a un único punto del organismo: actúan en “varias partes del cuerpo” para reducir el consumo de alimentos.

Esa amplitud explica parte de su potencia, pero también ayuda a entender por qué no todos los pacientes los toleran bien.

Según explicó a DW Giles Yeo, profesor de neuroendocrinología molecular en la Unidad de Enfermedades Metabólicas del Consejo de Investigación Médica del Reino Unido, la barrera hematoencefálica restringe qué regiones del cerebro “leen” con claridad las hormonas circulantes.

En su descripción, hay dos zonas especialmente relevantes: el hipotálamo y el rombencéfalo (cerebro posterior).

La distinción importa por el tipo de señal que domina en cada sitio:

  • Hipotálamo: opera como un “sensor” de hambre, modulando un continuo que va desde la privación extrema hasta la ausencia total de apetito.
  • Rombencéfalo: se asocia más al componente visceral de la ingesta, vinculado con la saciedad intensa y la sensación de “estar demasiado lleno”.

Para Yeo, los fármacos tipo Ozempic impactan también el hipotálamo, pero su influencia principal se canaliza a través del rombencéfalo y esa saciedad visceral.

En esa misma lógica ubica el origen de un problema frecuente: si el circuito predominante es el que genera la sensación de empacho, el costo puede ser un aumento de náuseas.

BRP: un candidato que apuntaría al hipotálamo

El BRP parece comportarse de otro modo: afectaría solo al hipotálamo, lo que abre la posibilidad —todavía preliminar— de suprimir el apetito sin disparar con la misma intensidad la sensación visceral asociada a malestar.

DW añade un segundo elemento que alimenta el interés científico: en ensayos con animales, los ratones tratados con BRP perdieron grasa, pero no músculo, un punto sensible porque la pérdida de masa muscular se menciona como un posible efecto no deseado en terapias basadas en GLP‑1.

En los experimentos referidos, los ratones obesos que recibieron inyecciones diarias del péptido bajaron de peso, mientras que los no tratados lo aumentaron.

El método de hallazgo: IA para rastrear péptidos en el genoma humano

La historia del BRP no es solo la de un candidato farmacológico, sino también la de una forma de búsqueda.

En su intento por hallar alternativas a los análogos de GLP‑1, el grupo de Stanford desarrolló una herramienta de inteligencia artificial llamada Peptide Predictor.

El sistema:

  1. Examinó unos 20.000 genes humanos.
  2. Identificó 2.683 péptidos potenciales con características similares a las hormonas (cadenas cortas de aminoácidos).
  3. Tras filtros adicionales, los investigadores analizaron alrededor de 100 candidatos.
  4. BRP emergió como el más prometedor.

El cirujano e investigador Randy J. Seeley, profesor en la Universidad de Michigan (EE. UU.), destacó a DW el alcance del procedimiento: calificó de asombrosa la “audacia” de clasificar una cantidad tan grande de péptidos para llegar a un puñado de opciones evaluables.

De los ratones a las personas: promesa, pero con advertencias

El siguiente desafío es el más habitual y el más duro en biomedicina: trasladar resultados de animales a terapias humanas. Katrin Svensson, autora principal del estudio, cofundó una empresa con la intención de iniciar ensayos clínicos en humanos “en un futuro próximo”.

Seeley, no obstante, plantea el punto crítico: incluso si un compuesto funciona, debe demostrar seguridad suficiente para convertirse en un tratamiento aprobado.

En obesidad, el listón es particularmente alto porque se trata de una enfermedad crónica que suele requerir manejo prolongado. Dicho de otro modo: no alcanza con que el fármaco haga bajar de peso; debe ser tolerable y seguro para uso sostenido.

DW recuerda además que los medicamentos tipo GLP‑1 son versiones adaptadas de una hormona natural, modificadas para durar más tiempo en el organismo. El BRP podría, en principio, ser alterado de manera similar para mejorar su estabilidad o duración, aunque el artículo no presenta datos clínicos en humanos.

Un lugar posible en un arsenal terapéutico que seguirá ampliándose

Incluso si BRP superara las etapas de evaluación clínica, los tratamientos actuales no quedarían necesariamente desplazados. Los análogos de GLP‑1 tienen valor más allá del peso: por ejemplo, se han asociado a reducción del riesgo cardiovascular.

La idea que proponen los especialistas citados es más bien la de un repertorio ampliado. “Cuantas más herramientas tengamos” para reducir el peso corporal, sostiene Yeo en declaraciones a DW, más probable será que cada persona encuentre una combinación efectiva y tolerable; y esa tolerancia es clave porque facilita la continuidad del tratamiento y, con ella, el mantenimiento del peso.

El argumento se enmarca en una dimensión global: Yeo afirma que hay mil millones de personas con obesidad en el mundo y que hoy mueren más personas por obesidad que por hambruna. En ese escenario, un compuesto que reduzca el apetito con menos efectos adversos —si se confirma en humanos— podría convertirse en una pieza adicional en la respuesta a una epidemia sanitaria en expansión.

Fuente: Deutsche Welle

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