Cincuenta años después, la isla controla el 70,4% del mercado mundial de fundición de semiconductores y produce más del 90,0% de los chips más avanzados del planeta. Esta transformación no fue producto del azar, sino de la implementación del Modelo Hsinchu, un ecosistema integral que combina laboratorios de investigación y desarrollo, incubadoras, talento altamente especializado y una infraestructura robusta bajo un marco operativo completo. El Parque Científico de Hsinchu, establecido en 1980, fue la piedra angular de esta estrategia, logró conectar a las instituciones académicas con la comunidad industrial bajo un esfuerzo gubernamental sin precedentes.
Una de las claves maestras de este éxito fue la creación de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC, por sus siglas en inglés) en 1987 como una empresa de fundición pura. Su modelo de negocio consistía en fabricar chips para otros sin diseñar los propios, lo que evitaría conflictos de intereses con sus clientes y les permitiría centrarse exclusivamente en la excelencia de la fabricación. Sin embargo, el “secreto” taiwanés va más allá de la tecnología, reside en una política de suelo única: en Hsinchu, la tierra no se vende, se renta. El gobierno mantiene la propiedad del terreno y las empresas pagan una renta calculada en función del precio del mercado más el costo de la infraestructura pública. Si una empresa no innova o deja de generar valor, debe retirarse para ceder el espacio a nuevos jugadores. Este mecanismo de “depuración” evita la especulación inmobiliaria y obliga a las compañías a concentrar su capital en talento y tecnología.
El impacto social de este modelo es evidente. Hsinchu es hoy la ciudad más joven de Taiwán, con la tasa de natalidad más alta y los salarios más elevados del país. La riqueza no se concentra en el valor del suelo, sino que se distribuye a través de la inversión en conocimiento y en consumo. No obstante, Taiwán ya mira hacia el próximo horizonte: la era de la Inteligencia Artificial (IA). Según Jensen Huang, CEO de NVIDIA, el mundo compite ahora por construir “fábricas de IA”, instalaciones que pueden costar hasta 100 mil millones de dólares y que procesan inteligencia a escala industrial. Taiwán, que ya fabrica el hardware esencial para estas infraestructuras, se posiciona nuevamente en el centro de esta revolución.
En Paraguay, la firma de un acuerdo de cooperación con Taiwán para impulsar un Centro de Cómputo de Inteligencia Artificial Soberana marca un avance dentro de la estrategia tecnológica nacional. El proyecto busca aprovechar la disponibilidad de energía eléctrica de Paraguay y la experiencia de Taiwán en la industria de semiconductores, con el objetivo de desarrollar capacidades locales en inteligencia artificial y posicionar al país como un potencial polo regional en este ámbito. La iniciativa prevé una implementación por etapas y contempla una estrategia de desarrollo de largo plazo.
Finalmente, el desafío para los países de América Latina y el Caribe no es solo atraer inversión por proximidad geográfica, sino construir un ecosistema que, como el de Taiwán, pueda adaptarse a cualquier industria que surja en el futuro. Como señala la experiencia taiwanesa, las potencias tecnológicas no se construyen con una sola inversión, sino con la decisión de un país de apostar por el conocimiento durante generaciones. La verdadera ventaja competitiva no reside únicamente en fabricar el chip más avanzado, sino en poseer el ecosistema capaz de imaginarlo, diseñarlo y producirlo masivamente.
*Este artículo fue elaborado por MF Economía e Inversiones