Vulnerabilidad rima con invisibilidad

En abril, se daba cuenta en las noticias de que al tiempo de que comenzaba la escasez de alimentos, la cuarentena impuesta por pandemia del covid-19 había dejado a su suerte a un poco más de mil niños y niñas que se encuentran en los 45 hogares de abrigo existentes en todo el país.

audima

Sus casos se encuentran sin resolver porque el engranaje judicial también se detuvo y no se contempló el bienestar de los menores como una prioridad en esta crisis. Según denuncias, en esos lugares escasean los recursos para alimentos, insumos de higiene personal y también se han visto afectados los pagos de salario del personal que se encarga de los cuidados de esos menores.

Para agregar dramatismo, algunos de esos albergues son destinados a niños y niñas con VIH y otras enfermedades y requieren el doble de cuidados especiales tanto en términos sanitarios como de alimentación y ni qué decir afectivos.

La Ley de Emergencia simplemente se olvidó de ellos pues además de los problemas propios que conlleva la estancia en un lugar lejos del calor de una familia, el fantasma del hambre ha comenzado a recorrer los pasillos de estos albergues.

En la mayoría de los casos, los menores de edad (que en promedio pasan casi cinco años viviendo ahí a la espera de la resolución de sus casos) eran alimentados gracias a la solidaridad de empresas que acercaban los insumos para que esto ocurriera.

Sin embargo, muchas de ellas, ante la pandemia han quedado sin obtener ganancias ya que se encuentran cerradas temporalmente y como consecuencia han dejado de asistir a este casi medio centenar de centros. Dicen los expertos, como Anja Goertzen, de la organización Paraguay Protege Familia (PPF) que los niños, niñas y adolescentes que viven separados de sus familias por problemas judiciales de protección son gravemente afectados en esta crisis. Son los invisibles para los programas de subsidio alimentario.

Por citar solo un ejemplo tenemos un hogar en la zona de J. Augusto Saldívar, “Unidos por Cristo” en el que se encuentran alojados 120 niños, niñas y adolescentes, cuya sostenibilidad está en entredicho ya que en este momento no cuentan con la cantidad y calidad de alimentos acordes a las necesidades de su desarrollo. Sobreviven como pueden.

Del otro lado de las noticias tenemos a repatriados inconformes con el “servicio” que se les ofrece en los albergues en los que deben cumplir la cuarentena obligatoria. No son todos, tampoco es para estigmatizarlos, pero los pocos que arman desastre valen por todos.

Ya con el cuento de que “nadie está preparado para una pandemia” se han validado verdaderas infamias. Llevamos considerable cantidad de tiempo en este trance para corregir errores estratégicos que tienen que ver con el bienestar de los ciudadanos y ciudadanos de este país, sean menores o mayores de edad. Hay muchas cosas que no están bien. Esas cosas no están bien tanto en la cabeza de quienes lideran las instituciones que deben velar por nuestros menores de edad, como en la cabeza de algunas personas que guardan cuarentena en las unidades militares.

Mientras tenemos niños en situación de alta vulnerabilidad a quienes, además de tener la gran carencia afectiva de una familia propia y también les falta comida, otros personajes que rayan la imbecilidad patean sillas y protestan por tener que quedar unos días más al dar positivo al test de covid-19. Estos tienen todo gratis y “servido” con el mejor esfuerzo que hacen las personas encargadas de esas unidades militares, algunos hasta sacan de sus bolsillos para darles confort, pero no, los señoritos se pegan el lujo de indignarse. Mientras, los pequeños indefensos pasan, incertidumbre hambre de afecto y de comida. A ver si maduran y son conscientes de que no están en un hotel todo servicio.

mescurra@abc.com.py

Lo
más leído
del día