Munificencia

Celebramos un nuevo aniversario del querido «Manú», el poeta paraguayo Manuel Ortiz Guerrero (Villarrica, 6 de julio de 1897-Asunción, 8 de mayo de 1933), con este artículo en el que Catalo Bogado nos recuerda su legado no solo de artista sino de «curador de almas», más necesario que nunca en medio de las presentes crisis que nos afectan.

Manuel Ortiz Guerrero (sentado, el primero a la derecha) en 1914.
Manuel Ortiz Guerrero (sentado, el primero a la derecha) en 1914.Archivo, ABC Color

Este sábado, 8 de mayo, se cumplirán ochenta y ocho años de la partida de Ortiz Guerrero, víctima de la lepra, al misterioso mundo del «más allá», del que nadie ha regresado. Y este 2021 es un año bipolar, pues el coraje y la solidaridad de la gente común contrastan con la actitud de las autoridades, que serán recordadas por la lepra moral con la que han castigado a la nación que juraron defender.

Desde hace más de un año, la pandemia nos mantiene aterrorizados: somos los leprosos del siglo XXI. Vivimos encerrados en casa sin saber qué hacer con el tiempo que nos sobra. Si salimos a la calle y vemos venir a un vecino o un amigo, cruzamos a la otra vereda disimulando nuestro miedo y desconfianza. Y si nuestros padres o abuelos nos visitan, no podemos compartir con ellos un mate ni un tereré ni mirarnos de cerca ni darnos un abrazo. Vivimos con el rostro cubierto y las manos enguantadas. El terrible modo covid de vivir hace que, para quienes la conocen, la solitaria vida de Ortiz Guerrero cobre relevancia.

Se sabe que a Manú, con la muerte de su madre en el parto al traerlo al mundo, el destino quiso amedrentarlo, llenando su conciencia de ponzoñosas espinas que se hundieron en su alma como el mal de Hansen hizo jirones su piel de joven galán obligándole –por la enfermedad, que se creía contagiosa y atemorizaba a la gente– a llevar una vida solitaria, con un «protocolo covid».

Sin embargo, para Ortiz Guerrero –recordado como un Santo Laico que nunca nombró sus penas– el marginamiento social no fue impedimento para luchar por un país mejor, por justicia para obreros e indígenas, por una cultura paraguaya fuera de la chatura a la que la condenaron los vencedores de la Guerra Grande, que no terminó en 1870.

Manú, a quien la sociedad impuso el «quédate en casa», se sobrepuso a todos los prejuicios y convirtió en poemas y rosas la sangre que fluía de sus llagas. Poeta y obrero, fue un faro luminoso en la oscuridad para los jóvenes de su generación, un artista con profundo amor por su profesión que veía el futuro del país con desmesurado optimismo y pasión. Así lo recuerdan quienes llegaron a conocerlo de cerca, y así lo sentimos los hombres y mujeres que amamos su obra y su ejemplo. Lo decía Elvio Romero: «Manú es un gran curador de almas; el que tiene una pena, debe leer a Ortiz Guerrero».

¿Cuál es la magia de Manu para superar el tiempo y afianzarse más cada día, cada año, en el afecto de la gente del pueblo? Conociendo nuestra cultura, huérfana y mediterránea, la vigencia de Manú huele a milagro. Su obra, pese al desdén de grandes «críticos literarios», ha sobrevivido intacta. A más de un siglo, sigue vigente, venciendo a todas las sombras del silencio, y al olvido oficial, y, desde la fosa que a todo ser acalla, sigue irradiando luz y esperanza.

Vale recordar que nadie como él en su tiempo procuró de manera tan decidida generar una cultura auténticamente paraguaya. Desde su casa-taller Zurucuá, alentó a artistas de todas las disciplinas. A su morada de puertas abiertas llegaba gente de teatro, como Julio Correa o Roque Centurión Miranda –él mismo fue actor en sus años mozos, presentándose en el Teatro Municipal de Asunción con la obra Los Mártires de Chicago–; la sombra del árbol de su patio era el parnaso donde se discutía sobre arte, filosofía, política y religión... Hasta allí llegaban dramaturgos y periodistas, y la lista puede ser interminable si mencionamos a los poetas y músicos que buscaron su amistad, sus opiniones y consejos.

La pregunta que nos hacemos muchos es: ¿cómo un hombre plagado de llagas pudo predicar sobre la virtud del amor y la paciencia? Él mismo, en su soneto «Munificencia», nos sugiere la respuesta y nos descubre su carácter con simplicidad, sin asomo de fantasía, con un despojamiento cercano a la desnudez, solamente con la verdad de la poesía.

Como lectores, tras leer este poema, podemos agregarle aquello que creemos saber sobre Manú, pero también todo aquello que presentimos y anhelamos en nuestra propia vida, en nuestro espíritu: el lugar donde se esconde la felicidad en medio del dolor por el aislamiento obligado que hoy nos mortifica.

Ortiz Guerrero predicó en su momento, no ahora que la pandemia nos demuestra que la felicidad no está en las cosas materiales, que la alegría de vivir está en momentos de mirarnos a los ojos y en valores que sobrepasan el oro y toda pretensión de premio. Que el sentido de la vida está en cosas que pasan desapercibidas por ser tan corrientes que parecen carecer de significado, como nacer, crecer, trabajar, plantar un árbol, escribir un poema... En el vivir, y hasta en morir con dignidad.

Hace ochenta y ocho años que Manú partió hacia la eternidad, y aún resuenan en nuestros oídos, llenos de nostalgia, sus poemas. Su existencia de Job en la tierra, llena de amor al arte y a la vida y sin temor a la muerte, es parte de su legado. Su mensaje, siempre cargado de un humanismo conmovedor, se repite cada vez que alguien, en algún lugar del mundo, pone en escena una obra o lee un poema de Ortiz Guerrero, como Loca o Munificencia.

Munificencia

¿Por qué extrañáis, amigos, que yo también sonría,

que también yo os regale con rosas y con trinos,

si en mi jardín interno jamás hubo sequía,

y en mi médula anidan zorzales peregrinos?

No dudéis de la excelsa virtud de la poesía.

Del lodo se levantan los lirios matutinos;

succionan impurezas las viñas de grata umbría

cuyos maduros frutos dan los sagrados vinos.

No dudéis de la excelsa virtud de la poesía.

La peste, el hambre, el frío son fantasmas mezquinos

que inútilmente rondan por la soledad mía

desde hace diez años, sin mirarme de frente.

Y, pues no tengo oro, reparto rosas, trinos...

Perdonadme este modo de ser munificente.

catalobogado@gmail.com

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