El «efecto magdalena de Proust» Hollywood, la memoria y el primo Henri (Bergson)

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¿Alguna vez un perfume le recordó de pronto algo que había olvidado y le hizo revivirlo con mucha intensidad? ¿Alguna vez un sabor lo llenó a usted de una profunda nostalgia de otro tiempo o de otro lugar o le trajo a la mente la imagen o la voz de alguna persona quizás desaparecida que perteneció al mundo de su tierra natal o al de su niñez, por ejemplo? Si ha tenido usted alguna experiencia de este tipo, entonces conoce lo que se llama el «efecto magdalena de Proust» o simplemente el «efecto Proust», que es la asociación inesperada, súbita, de una determinada impresión sensible (auditiva, olfativa, gustativa, táctil o visual) y de un recuerdo que viene de golpe a la memoria y que es poderosamente vivido como «actual» por la consciencia y por las emociones del sujeto debido a dicha impresión sensorial. Si se me permite ilustrar el fenómeno, este infeliz redactor persiguió, siguió el rastro, enhiesta la nariz cual hocico de sabueso, durante toda una agotadora tarde, en cierta ciudad española en la que vivía entonces, por el área vasta, imprecisa, de los alrededores de cierta plazoleta próxima al Corte Inglés, un impalpable, sutil, delicuescente, inasible aroma que quien escribe nunca supo qué puerta de su propia vida y de su alma (y que –¡oh, desesperación!– si no lograba atrapar ese perfume y llenar de él sus pulmones, se le quedaría para siempre cerrada) lo atraía a su umbral con ese olor para revelarle quién sabe qué misterios que no supo jamás, porque aquel día terminó y cayó la noche sin que vuestro cronista encontrara la fuente de ese aroma que a esa hora se había desvanecido del todo.

LA MEMORIA EN HOLLYWOOD

Lee Strasberg, director del Actor’s Studio, en el que tantos célebres actores de Hollywood se dedicaron a evocar sus historias personales a la caza de emociones que pudiera resultar artísticamente útil u oportuno revivir, tomó esta técnica, la, así llamada, técnica de la «memoria emocional», del ruso Stanislavski, que a su vez se inspiró en las teorías de Théodule-Armand Ribot, aquel psicólogo experimental que disecó la experiencia subjetiva del pasado en su otrora famoso libro Las enfermedades de la memoria (Les Maladies de la mémoire, 1881) para elaborarla. Sucintamente, en esta técnica hay dos partes: primero, volver a vivir la emoción de un instante pasado, «sentir» con la imaginación lo que vio, olió, oyó, tocó, gustó el sujeto aquella vez, y, segundo, utilizar esa emoción resurrecta en el papel que se está interpretando. Si se vuelve a vivir sensorialmente un momento, se lo volverá a vivir también emocionalmente, y el actor sentirá la emoción que sintió entonces de nuevo. Dará así convincente realidad al deseo, la pasión, el amor, la furia, la pena o la alegría de su personaje. Es, como ya has notado, oh sapiente lector, el «efecto Proust».

PROUST, BERGSON Y LOS ASADACHOS FAMILIARES DEL DOMINGO

Se suele hablar de una posible influencia de la filosofía de Bergson, su primo político, en Proust, ya que comparten la aventura de la exploración de la memoria, pese a que esa influencia es solo eso, posible. Además, Proust dijo en Le Temps: «No me avergonzaría que mi libro fuese como una serie de novelas del inconsciente, de novelas bergsonianas, si lo creyese, porque en cada época la literatura ha incorporado la filosofía del momento. Pero en mi caso no sería exacto porque la distinción entre memoria voluntaria y memoria involuntaria domina mi obra, mientras que no figura en la filosofía de Bergson, y hasta la contradice». Bergson, como se sabe, se casó en 1892, cuando él tenía treinta y tres años y su nuevo primito Marcel veintiuno, con Louise Neuberger, prima de la madre de Proust. Y Proust no solo fue a la boda, sino que fue parte del cortejo nupcial. En todo caso, si hay influencia o no, no lo sabemos, pero sus caminos, distintos y paralelos, a veces se acercan, lo que no es raro, dado que la memoria les interesa a los dos. Su relación parece civilizada y poco intensa; intercambiaron cartas sobre la traducción que hacía Proust de La biblia de Amiens, de Ruskin; se encontraron como miembros del jurado del premio Blumenthal y coincidieron en premiar a Jacques Riviére; cuando en 1920 le dieron la Legión de Honor a Proust, su primo el filósofo le escribió felicitándolo; conversaron, sin duda, en ineludibles reuniones familiares. Aunque en 1919 Proust observa en una carta, al hablar del Trional que el novelista y el filósofo tomaban contra el insomnio: «Hace mucho que no veo a Bergson». Pero aun si no fueron muy sociables entre sí, estaban bastante cerca de otro modo, y si para Bergson la memoria permite una experiencia de otro orden que la de lo presente y no cabe considerarla una mera fotocopia desteñida de otra cosa más real, en Proust, de modo parejo, recordar es construir, es edificar lo vivido, significarlo, vivirlo, esta vez sí, por completo: se acercan pues en esta internación en los engranajes de una facultad que es poiética más que solo mimética tanto para Bergson como para Proust; y si para Bergson la memoria llena el presente con sus contenidos, en Proust a cada instante el pasado, siempre activo, afecta la experiencia sucesiva.

EL POSTRE MÁS FAMOSO DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Tal vez el lector sepa (cosa que nadie más puede saber) que existe un sabor que no puede describir, pero que es el de las vacaciones de su niñez. O que existe un olor a verano. O a soledad. O una combinación de sonidos y luces que solo corresponde a un día único, enterrado en lo profundo de su inconsciente, que pasó en la casa de su abuelo. Tal vez ha sentido alguna vez al doblar una esquina, cruzar un umbral, pisar una baldosa floja en un patio vacío, un aroma, el tacto sobre la piel de una oscilación de luz y sombra, el tintineo de un utensilio que lo hizo regresar a un lugar de sí mismo que ya había dejado.

En la primera parte de la Recherche publicada en 1913, hace cien años, por Marcel Proust, novela titulada Por el camino de Swann, el narrador nos cuenta que, en su caso, fue así:

«…Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. [...] Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. [...] En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía me daba (aunque aún no había descubierto y tardaría mucho en descubrir por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.»

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