La trasgresión y la lucha contra una cultura

Decía Oscar Wilde que el arte es “la única cosa seria en este mundo”. En Atajo, de Esteban Cabañas (Carlos Colombino) lo vemos así. En un despliegue sin precedentes en la literatura paraguaya contemporánea, Cabañas, con su estilo poético refinado, nos desnuda la crudeza de la excelencia contra cualquier forma de mediocridad. El libro es una obra de arte, al inicio como al final. No se puede desaprovechar página alguna, salvo, quizás, algunos recuerdos reiterativos de la protagonista, Margot, una ciudadana francesa que se instaló en Puerto Pinasco para conocer el amor, en los inicios del siglo XX, y lo que finalmente conoció fue un infierno bañado por un río indiferente, con gente enferma por la cotidianeidad y la ignorancia.

Dice el filósofo Umberto Eco que “el narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones?”. Esto lo tiene presente el autor de Atajo, que incluso se mete en la trama, a propósito, interrumpiendo al lector y, a veces, confundiéndolo. Actúa como un intruso que provoca despertar la imaginación del que está conociendo o cree conocer a Margot.

La francesa es víctima de los instintos de los que la rodean, pero tampoco ella parece querer salir del juego primitivo de la especie a la que pertenece. Presa de una sociedad supersticiosa, altanera, machista y conformista, se refugia en la música, en la literatura y en el arte de la colección privada. Su mayor temor es su libertad y el supuesto único lazo que la mantiene viva, su hermano en Francia. Sin embargo, la mayor preocupación y a la vez esperanza que genera su nieto Rolando en la protagonista ocupa un lugar importante en la historia.

Margot se siente libre, no tiene amigos, es la atea de una comunidad católica hipócrita. Es la gringa que no se anima a juntarse con los demás, no por una xenofobia barata y chabacana, sino porque los otros (ese infierno, a decir de Sartre) simplemente no la entienden. Aún así, ella se libera, se divierte como puede, y muy a pesar de un marido, “hombre paraguayo promedio”, ayuda a los indígenas del Chaco, olvidados por todos.

Pero con el trascurrir de los años y con el contexto sociopolítico de una nación que adora el pasado y teme al futuro, a los desafíos, a lo nuevo, Margot no sabe cómo lidiar consigo misma, con sus errores de antaño, con la vida que ha elegido hace tanto tiempo, cuando se instaló la fábrica de tanino y la grandeza parecía florecer en manos de los habitantes. Su niñez no fue diferente, tuvo que sufrir hambre y frío en una Francia desarrollada, en una París centro del mundo, en una familia sacrificada. Sufrió acosos, violación, destrucción, soberbia barata y desprecio.

Pero Margot ya no puede más. Poco a poco va enfrentándose a los fantasmas propios, peores contrincantes que los de carne y hueso. Se va avejentando, sus ideas son carcomidas por una locura que se veía venir. Ella se transforma: ni el sexo, ni las cartas de su madre, ni un futuro diferente la esperan para mejorar.

Atajo seduce a los lectores impacientes, a aquellos también cansados de leer las grandes obras basadas en la dictadura stronista. Es un libro que no solo contiene lenguaje poético transgresor, sino también alguna que otra propuesta filosófica, muy difícil de hallar en la narrativa paraguaya. Quizás porque los personajes no están acostumbrados a reflexionar sobre su propia existencia o porque los escritores temen repeler a un público no familiarizado con la filosofía.

La obra de Esteban Cabañas es un canto a la poesía, un decreto contra el decreto de la muerte de la literatura. Es una obra que penetrará en las profundas crisis individuales de los lectores sagaces, sedientos de buena calidad. Atajo es una herramienta para entender y conocer a un escritor que se animó a romper esquemas en un siglo XXI convulsionado por la literatura barata. Es una opción para aquellos que sufren los bombardeos estilísticos mediocres de un Paulo Coelho o JJ Benítez. No sería redundante afirmar que la obra fue ganadora del “Premio Augusto Roa Bastos de novela 2012”, de Santillana. Bien merecido, por cierto.

Atajo deslumbra por su gran choque con otras novelas, por presentarnos una visión alternativa de lo que podría significar la nueva literatura paraguaya. Pero lo más sorprendente, es que en Margot vemos no la lucha interna de una extranjera que se va volviendo “loca” por las propias limitaciones que tiene, sino que vemos a un escritor que pone, conscientemente o no, a un personaje que protagoniza una guerra contra toda una cultura. Esa cultura que, a pesar de los grandes esfuerzos de intelectuales, artistas, escritores y científicos del Paraguay, no termina hacer despegar a toda la nación del oscurantismo.

equintana@abc.com.py

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