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Disrupción y seguro

Este artículo tiene 3 años de antigüedad

Cuando escuchamos el término moderno de disrupción, lo primero que pensamos es en un cambio tecnológico, pero en realidad, disrupción es en sí un cambio “brusco”, una interrupción brusca de algo, que impone, que “desbanca”, que transforma cualquiera sea la actividad. En esa línea podemos definir la disrupción como aquello mucho más fuerte que la simple evolución, es más radical, más abrupto y sin aviso previo. Y efectivamente coincidimos que esto ocurrió más visiblemente con la tecnología, en todos los campos, influyendo en la medicina, en la industria, en el comercio, en la publicidad y en todas las organizaciones.

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Y es que la tecnología rompió todos los esquemas y patrones definidos, y nos mostró una nueva forma más sencilla y más fácil de hacer las cosas. Así la innovación disruptiva nos permitió conquistar nuevos mercados, más oportunidades de crecimiento, nuevos modelos de negocios y una mejora increíble en los procesos.

Ahora bien, ese “impacto disruptivo”, aun con criterio de “evolución”, puede resultar negativo para determinada actividad u organización. Por ejemplo, lo que para el legislador, una nueva ley o regulación puede ser moderna o evolutiva, para el afectado puede ser catastrófica o de aplicación imposible. Para una empresa, un evento disruptivo puede impulsar su crecimiento, pero para otra, podría resultar potencialmente peligroso y de ahí la importancia de identificar aquellos riesgos que puedan afectar a la organización, mitigarlo y controlarlos como parte de un buen gobierno corporativo.

El seguro ha tenido que acompañar toda esta evolución. Hay quienes dicen que el seguro, como actividad milenaria, y como un mecanismo de reducir el inevitable temor y la ansiedad hacia lo incierto y lo desconocido desde sus primeros vestigios hacia el año 5000 A.C. en China, no evolucionó como otras actividades del sector económico financiero -hermanados en cierta medida– y que en teoría lograron una mayor evolución, pero lo cierto es que podemos afirmar que, el seguro, sí logró evolucionar y a un nivel disruptivo. Desde sus orígenes, la actividad aseguradora tuvo que acompañar el avance y la modernización de los procesos evolutivos en los distintos escenarios que intervino la costumbre y la inteligencia humana. Cubrió los primeros barcos de propulsión a vela, hasta los más modernos transatlánticos de pasajeros y cargas en la actualidad; hizo lo propio con los automóviles y aeronaves; ha estado presente en lo que se dio en llamar la revolución industrial y hasta hoy en día amparando las modernas fábricas industriales y agroindustriales; ha cubierto las primeras herramientas informáticas de hardware y software primitivos para hoy, hasta lo más actualizado en tecnología que se pueda presentar en la actualidad.

En toda esta evolución, principalmente de disrupción tecnológica en todos los campos, el seguro ha tenido que “entender” cada proceso, adaptar sus cláusulas y condiciones contractuales al riesgo a cubrir, convencer al regulador (Estado) de la importancia de acompañar al asegurado con pólizas de alguna manera innovadora; consensuar con su aliado principal –los reaseguradores–; capacitar y formar a sus recursos humanos en el conocimiento técnico de las nuevas coberturas y desafiar al riesgo en la medida en que los primeros eventos siniestrales iban sucediendo.

Pero ese proceso disruptivo recién comienza. Hoy, en la literatura de seguros y los grandes foros mundiales, ya se habla de la asegurabilidad de drones avanzados; de vehículos inteligentes sin conductor; de los ciber-riesgos; de la tecnología artificial y del metaverso como los desafíos en esta nueva era de la industria aseguradora.

(*) Abogado.

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