El público puede encontrarse con una sorpresa porque la exposición evita explicitar que se trata de arte ruprestre paraguayo, incluso desde el título, según reconoce Fernando Allen.
La intención es que el visitante descubra poco a poco unas imágenes que se alejan deliberadamente de la mirada científica para acercarse al territorio de la emoción y la experiencia estética, en una muestra que puede visitarse hasta finales de octubre.
Su propuesta utiliza los recursos del arte para alterar las escalas y transformar la percepción de unos grabados que, en muchos casos, apenas miden unos centímetros sobre la roca.
En Altamira aparecen convertidos en enormes fotografías textiles, algunas de más de metro y medio de tamaño, que resaltan la fuerza visual y la belleza de unos signos cuyo significado sigue siendo un misterio.
La exposición se muestra en un museo creado en torno a la cueva prehistórica de Altamira, una joya del paleolítico, célebre por la gran calidad, realismo y conservación de sus pinturas, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad.
La elección de la tela como soporte tampoco es casual y el resultado aporta una textura que recuerda a la piel y a la propia roca, generando una sensación de volumen que el papel no consigue reproducir.
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‘La piedra y la luz’
El título de la exposición resume buena parte de su filosofía; ‘La piedra y la luz’ son, para Allen, los dos elementos que hicieron posible este encuentro con el pasado.
La piedra conservó durante milenios los grabados realizados por los antiguos habitantes de la región paraguaya de Amambay y la luz es la que permite contemplarlos y fotografiarlos.
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Esas imágenes siguen transmitiendo algo profundo que hablan de espiritualidad, de emociones y de rituales ocurridos en un tiempo remoto, en medio de una selva inmensa donde la vida y el peligro convivían constantemente, explica el artista.
Allen recuerda que la historia de esta exposición comenzó hace quince años cuando el Museo de Altamira impulsó uno de sus proyectos como fotógrafo y colaborador local del equipo encabezado por el entonces director del centro, José Antonio Lasheras.
Meses de prospección y documentación
Durante meses realizó labores de prospección y documentación junto a investigadores españoles mientras registraba los motivos que interesaban a los arqueólogos, también buscaba sus propias imágenes, jugando con las calidades de luz que encontraba a lo largo del día.
Por eso, la muestra tiene para él una fuerte carga emocional ya que presentarla en Altamira supone un motivo de orgullo, pero también un reencuentro con compañeros y amigos vinculados a aquel proyecto.
“Parecería que se cierra el círculo, pero en realidad continúa la dinámica”, afirma.
La exposición completa una idea compartida hace años: abordar el arte prehistórico desde una perspectiva que vaya más allá de la arqueología para conectar con las emociones que despierta.
Para Paraguay, donde a menudo se invisibiliza el pasado indígena, Allen ve, además, una oportunidad para reivindicar una herencia cultural que precede a la historia escrita.