Para Sebastián González, el alma detrás del proyecto, este disco no es solo una colección de ocho canciones, más bien es el saldo de seis años de transmutación, de mudanzas internas y de una lucha constante por no dejar que la industria apague al niño que alguna vez encontró en una guitarra la cura para todos los males. Listos para conversar sobre este lanzamiento, lo primero que surge no es el presente, sino el eco de una herencia que late fuerte.
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La herencia y el fin del juego
Para entender a Bastianes hay que viajar a esos paisajes de infancia donde la música era el lenguaje natural de la casa. Es que su padre, el bajista Roberto González, y su tío el guitarrista Derlis González, eran parte de grupos como Asunción Blues, Aftermad’s y Equipo 87.
“Siempre recuerdo los primeros acordes, el día que me regalaron la primera guitarra”, rememora Seba con una nitidez que traspasa la charla. “Me acuerdo que tenía fiebre, estaba re mal, y llega papá con la guitarra y cambió el día; seguía reventado, pero con una guitarra en la mano”.
Sin embargo, ese idilio tuvo un punto de quiebre. A los 20 años, la “escapatoria” se convirtió en elección de vida, y con la elección llegó la complejidad. Lo que en 2018 empezó como un juego bajo la mirada protectora de su padre en el estudio, chocó de frente con la realidad de una pandemia que lo cambió todo: amigos que se fueron, problemas familiares de salud y un regreso a una escena paraguaya que exigía nuevas responsabilidades.
“Ahí dejó de ser un juego, y ya no era tan divertido, hasta que te das cuenta de lo que estás haciendo”, confiesa. “La parte técnica, logística, de marketing... eso no pega. Tocar es un juego, pero igualmente no entiendo que lo es hasta que suena el primer acorde. Antes de eso, estoy totalmente tenso porque hay que ser ‘todólogos’ en esta industria, más todavía acá”.
Recuperar al niño en un mundo de adultos
Esa tensión entre la profesionalización y el disfrute es una constante en su relato. Seba habla de la “inocencia” no como falta de conocimiento, sino como la capacidad de seguir sorprendiéndose con lo mínimo, como ver el rocío sobre el pasto. En un mundo de algoritmos y perfeccionismo técnico, Bastianes intenta aplicar las lecciones de Rick Rubin: dejar que el mundo te sorprenda y silenciar al ego.
“Creo que los años te dan esa negatividad de pensar demasiado las cosas, de querer ser demasiado profesional, cuando en realidad tenés que ser vos mismo”, reflexiona. Como docente de música, lucha a diario con esa estructura que intenta encasillar la creatividad en escalas y acordes correctos.
Para él, la clave de “Todo lo que queda” fue, precisamente, soltar esa mezquindad del audio y la mirada del colega para volver a lo crudo. “Hay que dedicarle una hora a ese niño interno que tenés... siempre tiene que estar ese niño interno hambriento de experiencia y de explorar. Es lo que hace que todo sea un poco más interesante, al fin y al cabo”.
Un puente de seis años y diálogos con el pasado
Hacer un disco debut no siempre implica sentarse a escribir desde cero. En el caso de Bastianes, “Todo lo que queda” funciona como un archivo emocional que conecta al joven de la pandemia con el adulto de 2026. Es un puente de seis años donde conviven canciones escritas en 2019 con temas paridos apenas una semana antes de cerrar el proceso.
Esa arquitectura temporal no es casual. El álbum abre con “Para sanarme” (escrita en el encierro de 2020) y encuentra su réplica inmediata en “Por siempre”, la última canción en entrar al tracklist. “Quería escribir una respuesta a esa canción del 2020 que habla de un lado negativo”, explica Seba. “‘Por siempre’ es la visión más blanca: decir que al final esto no me va a bajar, no me va a atravesar. Hay que encontrar los grises para poder vivir”.
En medio, aparecen piezas como “Ya no es lo mismo”, una canción tan personal que le arrancó lágrimas en el escenario y cuyo significado prefiere proteger, dejándola abierta para que cada oyente la habite a su manera. Este ejercicio de mirar al “yo” antiguo fue también un acto de depuración: descartar lo que ya no vibraba y rescatar lo que, a pesar del tiempo, seguía siendo verdad.
“Me pasaba antes, en el afán de querer jugar o sobresalir, que componía historias ficticias esperando que la gente se identifique. Creo que no funciona así. El arte también es mentir a veces, pero siento que en este disco yo no pude mentir. Son canciones muy personales que las siento todavía cuando las canto”.
La vulnerabilidad como trinchera
En temas como “Cansado” o “Prisión”, la honestidad de Bastianes roza lo incómodo. Hay una exposición total de la ansiedad y el autoboicot, sentimientos que a menudo se guardan del ojo público, bajo siete llaves por miedo al juicio. Al preguntarle si le asusta mostrarse tan desarmado frente al micrófono, Seba separa el proceso creativo de la repercusión.
“Me da miedo sentir la ansiedad de cómo va a recibir la gente lo que escribo, pero miedo a exponerme, no”, aclara. “Me da miedo saber que hay un Seba del futuro que puede preguntarse si va a pegar o no, aunque sé que esa no debería ser la pregunta”.
Para él, la escena paraguaya actual está encontrando su fuerza precisamente en esa capacidad de relatar vivencias crudas, ya sea de forma metafórica o directa. Aun así, confiesa que hay un límite: “Estas canciones son las que son un poquito menos transparentes... hay cosas que ya me parecían demasiado y que deben permanecer en un círculo pequeño de confianza”. Es esa “ira reprimida” o el “amor crudo” lo que termina filtrándose en las letras, logrando una conexión que solo nace cuando el artista decide, finalmente, dejar de esconderse.
Lo que queda cuando se apagan las luces
El nombre del disco es una declaración de principios. Después de seis años de idas y vueltas, de “todología” industrial y de batallas contra el ego, el resultado son estas ocho canciones que actúan como el sedimento de una vida joven en constante movimiento.
Al soltar estas piezas, Bastianes deja de ser el único dueño de su historia para permitir que otros se reconozcan en sus prisiones y en sus mañanas. Sin embargo, en el interior del artista, el proceso ha dejado una huella que no se borra con el lanzamiento.
“Para mí, ‘Todo lo que queda’ es todo lo que estos años me hicieron sentir”, concluye Seba. “Siento que, por lo menos, lo más gris —esa mezcla perfecta entre lo que debería salir y lo que no— está plasmado en estas ocho canciones. Pero creo que hay mucho más”.
Ese “mucho más” queda suspendido en el aire, como una promesa. Por ahora, lo que persiste es la música: cruda, honesta y sin mentiras. Bastianes ha logrado lo más difícil en lo actual: transformar el cansancio en belleza. Al final del día, cuando el eco del último acorde se apaga, todo lo que queda es, sencillamente, la verdad.